LAS NUBES GRISES

Me pregunto a quién pretendo engañar…

Pese a los buenos pronósticos e intenciones y a las condiciones favorables de la navegación, las vacaciones en mi barco nunca resultaron idílicas ni mucho menos perfectas. Además de algún abordaje intempestivo por parte del pirata de turno sin respeto por el descanso ajeno, los propios tripulantes, especialmente los pequeños grumetes, consiguen arruinar cualquier oasis soñado.

Así es la vida. No todo iba a ser sol, cielo azul, mar en calma y estado zen…Como dice mi amigo Ricardo “las nubes grises también forman parte del paisaje”.

Con perspectiva parecen anécdotas divertidas…A los niños les encanta recordarlas y se sienten orgullosos de su intervención protagonista y decisiva en esta epopeya particular.

Sus entradas triunfales en los hoteles son dignas de comedia americana de sobremesa y presagio inequívoco y negro de lo que nos espera en la estancia: subirse a las maletas de ruedas y caer mientras nos entregan las llaves de la habitación, terminar en un segundo dentro de una fuente decorativa de la recepción, tirar de una cortina y de paso mancharla de chocolate, llenarse de barro hasta las orejas de forma inexplicable en una exclusiva y silenciosa piscina de un Parador mientras nos reciben con un refresco o quedar atrapado un tierno piececillo en la misma puerta giratoria de entrada desatando en mí una fuerza insospechada de madre coraje capaz de elevarla a pulso para salvar a mi pequeño ante la lentitud del personal son algunos ejemplos ilustrativos de lo que estoy hablando.

Simplemente quieres que te trague la tierra y que nadie sepa que son de tu familia. De nada sirve advertirles previamente, amenazarles o incluso sobornarles…te ponen en evidencia sin contemplaciones y ya está. No queda más remedio que resignarse y aceptarlo: quizás es culpa tuya…no ves a nadie más dando la nota…¿¿¿Estarás educándoles bien???

Las horas de comer también son momentos peliagudos. La elegancia del restaurante es directamente proporcional a su mal comportamiento. Comprobado. Es una ley no escrita que se cumple inexorablemente. Han llegado a dormirse cual angelitos encima del plato durante la espera en una ceremoniosa y elaborada (también carísima) cena inglesa sin llegar a probar bocado, a amargar la tranquilidad del desayuno de unos complejos y misteriosos personajes de novela de Ágatha Christie, a provocar incendios en las tostadoras por su mal entendido espíritu de independencia y a corretear por los asientos de un antiguo refectorio de un convento del siglo XVI obligándome a dejar la comida a medias y a salir de allí a toda prisa antes de que nos echaran por vándalos.

El resto del tiempo… pues hay de todo, la verdad. Como los alaridos de pánico y lloros a pleno pulmón al pasar delante de unas armaduras decoradas por algún ser maquiavélico con inquietantes luces rojas a modo de ojos diabólicos destelleantes entre el casco de hierro, o el nerviosismo al atravesar el claustro para llegar a nuestra habitación después de cenar, lleno de murciélagos volando en la oscuridad (debo reconocer que en este caso estaba más que disculpado… yo me contenía de puro milagro e incluso valoré detenidamente la idea de pasar de la cena) o como el mal rato que pasé durante la visita guiada por el Monasterio de Yuste cuando llegué a pensar que iban a a destrozar el mobiliario que con tanto mimo y cuidado habían traído de Flandes hace cinco siglos los fieles servidores del Rey Carlos I de España y V de Alemania o el dolor de cabeza insoportable que me acompañó en la Semifinal del Open de Tenis de Madrid por motivos que afortunadamente olvidé pero que me llevaron a desear ser ingresada en un hospital como plan alternativo mucho más apetecible. Muchas veces me digo a mí misma que en casa estábamos mejor, que para qué se me ocurriría ir a ninguna parte. Que eso no son vacaciones ni nada que se parezca. Me estoy acordando de los momentos de angustia que vivimos cuando Zipi se perdió en una kilométrica playa de Cádiz mientras estábamos atareados construyendo un delfín de arena para darle el capricho. Y del miedo que pasamos tras el hallazgo de un escorpión en la habitación de los niños…Vaya nochecita, los cinco en nuestra cama…También de París, cuando Zape rompió de una patada la nariz de un horrible perro de diseño de material indescriptible y tuvimos que pegarla y rezar para que no nos reclamaran un dineral por los desperfectos causados. Por no hablar de aquella noche tan romántica y mágica en la que el Director del Observatorio de Jaén nos enseñaba a los huéspedes del hotel las constelaciones y varios secretos del cosmos y que terminaron por fastidiarnos: que si tenían frío (fuimos por abrigos y mantas), luego hambre (les trajimos galletas) y por último sueño (se durmieron en una tumbona de la piscina)…

No voy a mencionar el tema heridas e incidentes en Urgencias…Otro día, no quiero que estas líneas se conviertan en un auténtico drama…

Con todo, no cambio mis vacaciones por nada. Son momentos únicos e intransferibles que forman parte de nuestra imperfecta existencia familiar. Sonrisas y lágrimas. Rosas con espinas. Sol espléndido y nubes grises. La vida misma.

A fin de cuentas está de moda el Wabi-Sabi

VACACIONES

Mar en calma

Anarquía, libertad, libros, despertar sin sobresaltos, tiempo, calma, buganvillas, rayos de sol, música, caminar sin rumbo, volar a cualquier parte, siesta, imaginar otras vidas, pensamientos desordenados, familia, silencio, desconexión tecnológica y vital, espuma del mar, recuerdos de otros veranos, soledad, películas hasta las tantas, adivinar la forma de las nubes, atardeceres infinitos, caracolas, lápiz y papel en una tumbona, abandonar con bandera blanca las trincheras y los frentes abiertos…

Por fin mi barco está en medio del mar en ninguna parte. Guardé en el armario mi uniforme de invierno de súperheroína y me alejé por completo del agobio angustioso de los días previos a las vacaciones: reuniones  del colegio y de las múltiples actividades extraescolares y sus correspondientes fiestas de fin de curso (por desgracia proliferan por doquier las reuniones  por cualquier motivo y las fiestas de tirar la casa por la ventana… qué afortunados nuestros padres que no perdieron tanto tiempo y nosotros que disfrutábamos como locos con los momentos de celebración, muchísimo más escasos y auténticos: los niños de ahora están hartos de hinchables y fiestas del agua, de la espuma, de pijamas, de cumpleaños, de graduación, de despedidas varias, de disfraces, de gymkanas, de primeras comuniones, de cucuruchos de chuches, de tartas, de búsquedas de tesoros…¡Una pena!), grupos de whatsapp con distintas disculpas y misiones pero similares comentarios redundantes y pelotas, exámenes finales y pocas ganas de estudiar, orden de armarios, revisiones médicas, recopilación de gafas de bucear, gorros, chanclas y demás utensilios veraniegos, torneos agotadores de última hora, compromisos, kilómetros absurdos y desesperados de un lado para otro, búsqueda infructuosa de huecos para escribir unas líneas, cansancio acumulado, imprevistos que atender y solucionar con carácter urgente, desaires inesperados, hartazgo social…

La perspectiva desde mi atalaya marina descubre otro horizonte. El reflejo del agua que me envuelve me deslumbra y me impide ver las imágenes de una realidad lejana ahora gracias a una  bendita ilusión óptica, el sonido de las olas ensordece el ruido de todos mis miedos y mis batallas perdidas y los vientos alisios se llevan todo lo malo y me acarician el alma con suavidad. 

Esta tregua permite descubrir una vez más que nos complicamos la existencia, que vivimos en una rueda cruel que no deja de girar, que cada día es una prueba de obstáculos desde que ponemos un pie fuera de la cama, como en esos concursos de televisión que consisten en superar retos disparatados en tiempo récord (solo que aquí no hay premio al final del día ni viaje a Cancún, ni coche último modelo ni apartamento en Torrevieja: únicamente estrés y ojeras), que nuestro equipaje importante cabe en una mochila ligera, que la vida es otra cosa, que no necesitamos apenas nada para ser felices.

Sólo hay que elegir muy bien a los compañeros de viaje o atreverse de una vez por todas a una reconciliación con la soledad, dirigirse hacia un mar en calma de noches estrelladas y luna llena, a salvo de piratas, corsarios, bucaneros, filibusteros y otros navegantes en general, arriar las velas dispuesto a perder el norte, el sur, el este y el oeste sin brújula ni mapas y con una isla a mano para naufragar, dejarse abrazar por la brisa, cerrar los ojos para olvidar, flotar libre sin lastre, bucear por los sueños y recuperar la paz perdida.

السَّلاَمُ عَلَيْكُم

DIVERGENTE

«Y si se apagan las luces
Y si se enciende el infierno
Y si me siento perdido
se que tú estarás conmigo
con un beso de rescate
acompáñame a estar solo»
Ricardo Arjona

Estamos dejando de soñar. Si echamos a volar la imaginación la acrobacia termina en la mayoría de los casos en nuestro ombligo. No somos capaces de impulsarnos más allá. El horizonte se limita a la zona de confort, al territorio conocido. Los anhelos que nos mueven se traducen casi siempre en dinero, convertido ahora más que nunca en genio de la lámpara de los deseos y en llave de cualquier puerta. Todo y todos tenemos un precio. El surrealismo se impone a menudo como una realidad cierta y verificable. Hay noticias en los telediarios que parecen una inocentada. Pero no, resulta que no. El presentador no se ríe al acabar de hablar ni pasan una nota al pie comentando que se trata de una broma. Tomas aire y mueves la cabeza negando incrédulo, asimilando que el mundo está loco, que no puedes hacer nada…

Hemos desistido de la utopía. Nos conformamos con quedarnos como estamos, porque aún podría ser peor. No confiamos en nuestra capacidad de avanzar por la senda que nos trajo hasta aquí. No creemos que un mundo mejor sea posible. No somos felices a pesar del Estado de Bienestar y de los avances científicos y tecnológicos. Las novedades enseguida nos enganchan y nos esclavizan, creándonos necesidades que se vuelven adicciones en tiempo récord y nos controlan, absorbiendo la poca energía que nos queda. Las redes nos atrapan y nos obligan a estar expuestos en un continuo escaparate de atrezo. Y no nos damos cuenta de que somos la presa de un pescador anónimo que nos cenará el día menos pensado.

Es cierto que en todas las épocas han existido visionarios que previeron y anticiparon lo que iba a ocurrir varios siglos después o inventaron un mañana diferente, adelantándose incluso a las posibilidades de la ciencia. Pero ahora proliferan las distopías por doquier. Y lo que es peor: tienen muchas papeletas de materializarse en un futuro más o menos próximo. 

El presente que vivimos es desalentador: estamos destruyendo el planeta, vulnerando derechos humanos, contribuyendo a una desigual e injusta distribución de la riqueza, cronificando la pobreza, amparando la violencia, sometiéndonos a la manipulación del consumo y a la tiranía de las drogas, otorgando patente de corso a la locura de unos pocos que mueven los hilos de nuestras vidas, renunciando a la libertad aunque no lo sepamos…La yesca preparada para un gran fuego.

No es de extrañar que un buen día cualquier chispa prenda y arrase todo. Éste es precisamente el punto de partida de estas sociedades distópicas: una hecatombe terrible en forma de guerra cruenta, pandemia letal o desastre ecológico que marca un antes y un después en la vida en la tierra. 

Entonces una élite corrupta y sin escrúpulos recoge las cenizas de una humanidad perdida y articula una sociedad con una férrea división de clases donde la desigualdad es evidente e insalvable, ejerciendo un poder absoluto, despiadado y sanguinario sobre un pueblo oprimido y resignado al que despojan, sin contemplaciones, de derechos irrenunciables tan importantes como la dignidad y la propia esencia del individuo en aras de la seguridad colectiva. El recurso a los mitos clásicos o a juegos romanos como hilo conductor de la historia con un guiño a los reality shows contemporáneos y la omnipotencia de la tecnología como instrumento al servicio del mal son la guinda del pastel de estas representaciones ficticias y fatalistas.

Los únicos rayos de luz en este panorama lúgubre son la relación amorosa de  los protagonistas que les ayuda a vencer las dificultades, los valores de empatía, compasión, lealtad y hermandad que destacan frente a la apatía, egoísmo, codicia y ambición imperantes y, sobre todo, la existencia de alguien que lucha y se revela por subvertir este orden injusto y cruel.

Ese alguien es, por supuesto, altruista, inteligente y moralmente superior. Alguien que se ve obligado por las circunstancias a alzar la voz y a salir del anonimato gris de la colectividad dominada aunque eso le sitúe en el punto de mira. Alguien diferente al que, también por supuesto, intentarán doblegar y destruir. Su triunfo final representa la desaparición de esa etapa ominosa y la esperanza de que otro futuro sea posible para el planeta y sus habitantes.

Es cierto que la pertenencia a la masa nos proporciona seguridad. La fuerza del rebaño nos protege y nos da calor. Mirar hacia otro lado nos evita problemas, callar es lo más prudente.

La sociedad actual premia casi siempre al que no sobresale, al que no saca los pies del tiesto, al que no molesta, al que cede sin protestar. La envidia, la ignorancia, los complejos y sobre todo, la estupidez de los que ahora mueven el mundo son implacables con quien no se adapta a sus planes ni a sus objetivos disparatados.

Pero no por ello debemos dejar de soñar. La humanidad avanza gracias a esas personas divergentes que creen y luchan por sus ideales. Por favor, no les condenemos al ostracismo ni les cortemos la cabeza, dejémosles seguir soñando. Porque, si todo estalla un día y estos oscuros presagios terminan por hacerse realidad, serán ellos los que rescaten y nos devuelvan lo que hemos perdido por el camino…

EL MANUAL DE URBANIDAD Y BUENAS MANERAS

Supongo que todos, cuando éramos jóvenes, nos prometimos no decir nunca a nuestros hijos una serie de frases lapidarias y fastidiosas que los adultos repetían a modo de verdad absoluta, sacándonos de quicio y provocando las ganas de mascullar a escondidas las cansinas palabras con mueca burlona.

Sólo salvaría de esa lista negra un refrán: “El saber no ocupa lugar”. Me lo recuerdo a mí misma a veces cuando mi marido coge el mando de la televisión y tengo que ver un documental de animales o un programa de ciencia para aficionados («Science of stupid») o sobre la vida de algún pirado solitario y su familia en Alaska o sobre fabricación de objetos variopintos. Superado el fastidio inicial por no haber estado más espabilada con el mando, la resignación siempre se convierte en atención extrema. Lo mismo me ocurre al escuchar historias de gente diversa o al leer noticias o artículos sobre diferentes temas. La curiosidad por aprender en general, aunque el asunto escape en principio de nuestro ámbito de interés y aficiones, es una herramienta más útil que cualquier aparato tecnológico de nueva generación. De hecho me gusta pensar que no hay ordenador más potente que nuestro cerebro, capaz de absorber datos e información y conectarlos de la forma más adecuada según la ocasión, ya sea de forma automática o bien tras un proceso de razonamiento pausado y a la vez experto en analizar emociones, imágenes, sonidos, texturas, matices, circunstancias, variables previsibles o no, recuerdos…

En todo este proceso nuestra memoria juega un papel fundamental, mucho más complejo que un sistema binario. Y es que la memoria, esa facultad ahora denostada y proscrita, es, en realidad, nuestra esencia. Ya lo decía Borges: “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Pero de nuevo me enredo y me pierdo en mi pensamiento caótico que enlaza simultáneamente varias ideas de forma incontrolada a toda velocidad, desviándome del camino que, en principio, quería recorrer. Así que intentaré reconducir el discurso y centrarme, aunque presiento que no va a resultar fácil.

Ahora que los niños son nativos digitales y nacen con un móvil en su extremidad superior, ya sea derecha o izquierda y pegan gritos a sus amigos a través del micrófono de sus auriculares en la soledad de su habitación (sin que debamos pensar por ello que están locos) gracias al Fornite y nos miran por encima del hombro, sabiéndose superiores por dominar el ciberespacio, cabe preguntarse qué somos los pobres mortales nacidos en la era analógica, arrinconados en tierra de nadie por la autoridad moral y académica de Google, moderno Libro Gordo de Petete y árbitro supremo de cualquier discusión.

Yo, en particular, me veo como una abuela Cebolleta, contando y añorando batallas de un pasado tan lejano para los ojos del siglo XXI como la Edad Media, pero tan cercano en realidad como antes de ayer.

Cuando les recuerdo a mis hijos que no tuve móvil hasta los 21 años y que fui una privilegiada por tener una especie de zapatófono de Motorola que supuso el fin de las colas a partir de las diez de la noche en algún locutorio o cabina (previamente tuve que explicar qué era y para qué servía un locutorio o una cabina así como el término “conferencia” y la conveniencia de llamar a partir de las 10 de la noche salvo casos de emergencia o fuerza mayor) es que no se lo podían creer.

Por esa misma razón, cuando les conté la historia de Sor Concepción mientras les corregía por enésima vez a la hora de comer, abrieron los ojos como platos y se sintieron transportados a la misma Prehistoria. 

Pues bien, la pobre Sor Concepción era mi profesora de inglés en sexto de EGB. Y digo “pobre” a pesar de ser de armas tomar y de malograr nuestro primer contacto con la lengua de Shakespeare, haciéndonos temblar de miedo cada vez que nos mandaba salir a la tarima. Con el tiempo he comprendido que detrás de esa imagen de severidad y disciplina se escondía una persona honrada y perfeccionista, que sólo pretendía llevar a cabo su tarea de enseñar de forma digna y correcta . No era culpa suya que le hubieran obligado a impartir una asignatura que desconocía tanto como sus alumnas por causa de los nuevos planes de estudio que relegaban el francés, materia que dominaba y a la que había dedicado su vida docente.

Cada mañana llegaba con semblante circunspecto, parapetada por un enorme radio cassette dispuesta a enfrentarse con amargura a una clase de cuarenta y seis niñas. Ante cualquier duda que se le planteaba al margen del guión del libro del profesor pulsaba sin vacilar el botón del Play y volvíamos a escuchar la cinta. Y punto. Debíamos aprender los diálogos con el mismo tono de la grabación. Si no nos ponía un cero y nos ordenaba sentar, sin contemplaciones, hasta que lo repitiéramos de forma exacta. Aún podría recitar fragmentos de esos textos, no os digo más…

Para colmo de males era nuestra tutora, así que disfrutábamos de su presencia una hora extra semanal. Al principio decidió que iríamos a misa, lo cual no me pareció nada bien: ya teníamos otra misa los viernes y la tutoría no estaba prevista para ese fin.

Pero de pronto, un día, apareció con un libro: “Manual de Urbanidad y Buenas Maneras” se llamaba. Y nos anunció que, a partir de entonces, dedicaríamos esa hora a su lectura. Hubo protestas, claro, “vaya rollo” se escuchaba por las filas de atrás. A mí me encantó la idea: “el saber no ocupa lugar” me dije a mí misma. Mucho mejor que la opción de la misa.

Mientras nos lo leía su rictus tenso y serio se relajaba e incluso desvelaba cierta satisfacción por contribuir a nuestra instrucción en materia de modales y buena educación. Por supuesto había pasajes obsoletos y rancios que no pasarían la prueba del algodón de la moda y los usos actuales (ya nos lo parecía entonces), pero abordaba también temas interesantes y útiles.

Cuando veo a ejecutivos o profesionales que no saben saludar o comer o comportarse de forma mínimamente cortés, me acuerdo de la iniciativa de Sor Concepción y pienso en lo bien que les hubiera venido.

La educación en minúscula, en su acepción de cortesía y urbanidad facilita la convivencia, fomenta el respeto hacia el prójimo e impregna nuestra forma de andar por el mundo. Si no se ha aprendido en casa o en el colegio conviene fijarse en las personas educadas y ser autodidacta. Porque su ausencia echa a perder un curriculum brillante, una belleza espectacular o una vestimenta carísima.

Un amigo me comentó el otro día que había coincidido con Mario Vargas LLosa en su última visita a la ciudad. Después de asistir a un montón de actos programados acudió de incógnito a una conocida librería y se llevó varias obras. Entre ellas el citado Manual de Urbanismo y Buena Educación de Manuel Antonio Carreño en edición facsímil por su 120.º aniversario. Al parecer el escritor también recordó al verlo su época de colegio en Bolivia y contó alguna de sus normas más complicadas como la de comer con los brazos pegados al cuerpo… 

Para que luego digan que las casualidades no existen.

VARADA EN LA ARENA

Playa

Llevo varios días varada en la playa como una ballena moribunda. Sin fuerza para nadar a contracorriente, fui arrastrada por las olas hasta la arena. No sé si me desorientaron los sonares de alta potencia que alteran la paz de los habitantes del mar. O tal vez fue el trueno terrible del último temporal anunciando una tormenta perfecta espectacular. Lo cierto es que desde la súper luna roja de enero no levanto cabeza. Quizás esta vez la profecía se está cumpliendo y estamos ante el fin de los tiempos…No me extrañaría a la vista de cómo anda el mundo.

Me da pereza la vida: esa sucesión de rutinas inexorables y tediosas pero cuya variación imprevista a causa de disgustos o incidentes diversos me descoloca y altera. A estas alturas el destino no suele darte sorpresas increíbles sino contratiempos y adversidades que te hacen añorar la previsible monotonía que hasta ese preciso momento te aburría y asfixiaba lentamente.

No me reconozco. He llegado a la conclusión de que no merece la pena rebelarse contra las injusticias ni luchar por los valores que siempre he defendido como abogada empedernida de las causas perdidas. Tomar esta decisión me ha sumido en un estado de abatimiento y desánimo generalizado. Mi marido me dice que esto que me ocurre se llama madurar, que he tardado mucho en aprender lo que él sabe desde los ocho años…Lo cual me deprime aún más. 

Es preferible dejar correr cualquier asunto, no alzar la voz, no hacerse notar, mirar para otro lado, en fin, “resistir” como recomendaba alguien…Porque todo fluye, nada permanece que decía Heráclito.

Reclamar tus derechos, protestar ante los atropellos, defender tus ideales, recordar las promesas, reivindicar la coherencia, quejarse de las arbitrariedades y poner en evidencia la incompetencia de tanto inepto suelto desgasta el ánimo más guerrillero y roba tiempo y salud. 

Que el trabajo se lo dan a un enchufado sin currículum en lugar de a tí que tienes dos másters y un doctorado: es lo que hay.

Que un tipo sin más mérito que haber sido novio fugaz de una famosa y exhibirse en calzoncillos y gorra como un primate en Gran Hermano VIP gana diez veces más que un científico: tenemos la tele que nos merecemos, mira otro programa o lee un libro.

Que las personas que nos representan no son las mejores preparadas, ni las más brillantes ni buscan el interés general: ya se sabe que la política es así, al menos son mejores que Trump. Si alguna vez tuviste la intención de afiliarte a un partido o de contribuir de alguna forma a servir a la sociedad: borra esa idea de tu mente; no sobrevivirías en ese ambiente.

Que vas a un concierto para pasar un rato agradable y recordar viejos y felices tiempos  y el tipo de atrás, sin ningún miedo al ridículo se dispone a “cogerse un pedo de los que hacen afición” y a bailar por el exiguo espacio entre las filas de butacas del Palacio de la Ópera tirándote el cubata en una de sus carreritas alocadas empapando tu abrigo y el respaldo del asiento de forma que tienes que estar de pie o en escorzo imposible, amargándote el rato: pues no vas a ser tú la aguafiestas, que pareces la señorita Rottenmeier cortando el rollo a la gente, con lo bien que se lo están pasando. No pensarás ir a montar el pollo al azafato o a los encargados de seguridad y terminar poniendo una queja a los organizadores del concierto, que te conozco. 

Que tus vecinos cada dos por tres escapan de sus casas a primera hora y te dejan a ti soportando toda la mañana el ruido infernal de los corta setos, podadoras y demás utensilios atronadores en sus pretenciosos aunque minúsculos jardines, lo cual ya sabes que te va a poner de mal humor además de producirte la consabida jaqueca…pues hay que estar espabilada y largarse de compras en cuanto veas la furgoneta de Jardilandia. Cómo vas a ponerte a comprobar los decibelios de semejantes artefactos para ver si superan el límite establecido por la normativa. Eso no es contaminación acústica te pongas como te pongas. Ni puedes invocar la Jurisprudencia del Tribunal de Derechos Humanos a propósito del artículo 8 CEDH (derecho al respeto de la vida privada, familiar y del domicilio). Que tienes razón, mujer, que  es muy molesto, que sí, pero no es para tanto…

Que en la guardería privada del final de la calle los padres aparcan en doble fila, sacan a sus bebés dejando la puerta del coche abierta de par en par por el lado de la carretera y hacen maniobras ilegales y peligrosas creyendo que la carretera también es de su propiedad, con absoluto desprecio al Código de Circulación y sin consideración alguna al resto de personas que vamos a esa hora a dejar a nuestros niños en el cole o al trabajo: paciencia, las prisas no son buenas consejeras. Sal antes de casa y así vas relajada. No vas a adelantar nada con tu propósito de ir a hablar con la Directora del centro para explicarle lo molesto que resulta cada día circular por ese tramo y la conveniencia de recordar a los padres que tienen varias plazas de aparcamiento a escasos metros así como una rotonda para los cambios de sentido. Y mucho menos con denunciar la situación a la Policía Local para que vengan a poner fin a este caos, como tantas veces has estado a punto de hacer.

Que tu hija va a un viaje cultural del cole con visitas programadas a museos y a lugares de interés y vuelve sin haber visto más que tiendas y centros de ocio con sus amigas, sin supervisión de ningún adulto, bajando y subiendo del metro con el conocimiento de los profesores: hay que ver el lado positivo, han llegado sanas y salvas y no ha ocurrido ninguna desgracia. Ya iremos toda la familia en otra ocasión. No es cuestión de pedir explicaciones, todos los padres están contentos, nadie comenta nada. Sólo tú que llamas indignada a un par de madres de confianza.  No vas a dar la nota, que parece que siempre andas con la escopeta cargada. Ya aprendiste la lección: para la próxima vez, no apuntes a los niños a esas excursiones, que siempre eres tú la que te empeñas en que vayan. 

Que el entrenador de fútbol, como cada año incumple sus propias normas explicadas por activa y por pasiva en la reunión de principio de curso: “esto no es un club, es un equipo de colegio y aquí venimos a aprender todos y a jugar todos, lo importante es la actitud, el esfuerzo, el comportamiento, el compañerismo, el compromiso, la asistencia a los entrenamientos, los valores, en fin, de nuestro centro etc, etc” y , como siempre, termina premiando a los niños que peor se portan pero que, a su entender, juegan mejor y contemplando a los padres que más protestan y presionan con que su hijo tiene que jugar todo el partido y además en tal o cual posición: hay que pasar… tú eres más inteligente y estás por encima de esas tonterías. Que ninguno va a ser Cristiano Ronaldo ni Leo Messi, por mucho que lo crean sus papás. Que le escribes un correo educado comentándole ciertas injusticias que ves cada día y no te contesta…Déjalo estar, no te cabrees. Olvídate de ir a hablar con el coordinador del club, con la dirección del cole y, sobre todo,  desiste de ese plan descabellado de ponerle entre las cuerdas como a Jack Nicholson en “Algunos Hombres Buenos” para que termine de confesar de una vez por todas que hace lo que le da la real gana y punto, que para eso es el entrenador y que las reuniones y los valores y todas esas paparruchas le traen al pairo.

Que tu hijo sale de clase con la huella roja en la cara de los cinco dedos de un manotazo propinado por un compañero sin venir a cuento en presencia de varios testigos y el profesor encargado de gestionar el incidente justifica al agresor con la teoría de la inflamación de la amígdala del cerebro y la ira incontrolada y el asunto se zanja  teniendo que pedir perdón tu pequeño agredido y magullado a esa bestia parda: respira y toma aire. No puedes decirle a ese profesor lo que piensas: que es un idiota y que el otro niño es un hooligan al que deberían parar los pies. Ya estuviste toda la tarde llamando «tonto» y «panoli» a tu hijo por pedirle perdón y recordándole que sólo Jesucristo puso la otra mejilla y que si no espabilaba iban a dárselas por todos los lados. Estabas dispuesta a hablar con profesor, jefe de estudios, director e Inspección de Educación si hacía falta. Porque no era la primera vez. Por la noche, cuando te desvelaste, repasaste mentalmente cuantos golpes, patadas y similares había recibido el pobre niño. Y habían sido siete por lo menos. De hecho llegaste a escribir de madrugada una carta despachándote a gusto. Menos mal que la rompiste con la luz del día y que, con la tensión de nervios, te dio un bajón y comprendiste que la salud es lo primero y que lo único que ibas a conseguir es que te diera un infarto a ti.

No sigo para no aburriros, pero la lista de trincheras abiertas es interminable…Y en realidad por causas poco importantes. Eso lo sabes. Y es lo que más te fastidia. Lidiar con problemas que no deberían existir. La educación, el respeto al prójimo y un poco de coherencia y de sentido común evitarían estos pequeños dramas cotidianos y permitirían emplear nuestras fuerzas en cuestiones más elevadas y transcendentes.

Y así estoy. Cansada de tantas batallas perdidas de antemano. Frenando cualquier impulso vital de combate. Envuelta en una mezcla peculiar de estoicismo, epicureísmo y nihilismo en los momentos más bajos. En huelga de brazos y reclamaciones caídos. Espero que esto de madurar se me pase pronto y vuelva a ser la ilusa justiciera de siempre. Que un canto de sirena me lleve de nuevo al mar y me conduzca con energías renovadas a esta feria de las vanidades de la que todos formamos parte queramos o no. 

BUCEANDO POR LA MENTE Y POR EL CORAZÓN

Al pensar en la palabra Educación me vienen a la cabeza los versos de uno de mis poemas favoritos… 

“Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de tí.
Perdóname el dolor alguna vez.
Es que quiero sacar
de tí tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú

en su busca vendrás, a lo alto…”

Por supuesto Pedro Salinas no se refería a la relación educador-educando pero, sin duda, en el proceso de instrucción y enseñanza es fundamental la conexión entre los implicados y la formación y vocación del docente para conseguir sacar a la luz las cualidades, destrezas, habilidades y talentos del alumno y para provocar a la vez su interés e ilusión por saber así como una admiración incondicional. Una ardua pero maravillosa tarea. 

Fue un alivio leer las opiniones en este sentido de Inger Enkvist, profesora y pedagoga sueca, defendiendo que la escuela es un sitio para aprender a pensar sobre la base de los datos, en el que existen reglas, es necesario el esfuerzo y el orden y el maestro es la autoridad que hay que respetar tanto como a los compañeros. Pensaba que no había voces autorizadas que se atrevieran a poner en cuestión la pedagogía moderna de un modo tan claro. Y no es que yo esté en contra de nuevas metodologías y avances tecnológicos. Ni mucho menos. Pero tampoco creo que haya que hacer “tabula rasa” y despreciar cualquier sistema que suene a tradicional. Seguramente en un punto medio se encuentre la solución, la piedra filosofal que nos catapulte a los primeros puestos del famoso informe Pisa.

El tema de la Educación es una de las asignaturas pendientes de nuestro país, lo cual es una lástima porque se trata de una materia troncal para la sociedad. El sistema educativo y el papel que otorga el Estado a sus profesores son su carta de presentación y su “marca” más valiosa.

Podemos perdernos en debates sobre enseñanza pública o concertada, religión sí o no, uso de las tecnologías, proyectos cooperativos, falta de medios de todo tipo, bilingüismo o plurilingüismo, diversidad, integración e inclusión de alumnos con discapacidad o capacidades diferentes y un largo etcétera de temas necesarios e importantísimos.

Pero no podemos olvidar la esencia: los sujetos activo y pasivo del verbo educar. Y tratar de conseguir que el educador se suba a la mesa “para recordar que hay que mirar las cosas de un modo diferente” como hacía el entrañable profesor de “El club de los poetas muertos” y que el alumno llegue cada día al colegio en condiciones óptimas para estudiar y formarse, le respete y se deje llevar de su mano para poder volar más tarde solo.

Como madre la educación de mis hijos es un reto diario, una de las labores de Penélope que nunca se acaba y que me desespera en muchas, muchísimas ocasiones. No pretendo que un colegio ni el propio Estado asuma mi responsabilidad. Sólo que caminemos juntos en la misma dirección. Que los niños entiendan que el esfuerzo tiene siempre recompensa, que la excelencia es un hábito, que el conocimiento nos hace libres, que los valores son el norte que debe guiar sus pasos y que, en definitiva, la educación es nuestro mejor traje para andar por el mundo. Que, en esta hora de los mediocres, no les corten las alas a los alumnos brillantes para obligarles a planear a la misma altura que el resto y les permitan llegar tan lejos como sus sueños y conquistar el cielo, cualquiera que sea; sin dejar de atender por otro lado a los que necesitan algún empujón para despegar y mantenerse en el aire a velocidad de crucero. Que se dignifique y reconozca la tarea del profesor porque muchos de ellos han marcado nuestras vidas para bien o para mal. Aunque no lo sepamos.

“Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”.
Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz.

¡PAREN EL MUNDO QUE ME QUIERO BAJAR!

Confieso que comencé este viaje de forma un poco precipitada, sin apenas equipaje, sin valorar detenidamente los pros y los contras, sin destino cierto, y, lo que es aún más grave, sin tener ni idea de navegar…

Y es que hay decisiones intranscendentes a las que dedico horas de meditación y otras verdaderamente esenciales que tomo al instante, siguiendo un impulso irrefrenable. Así soy yo y mis contradicciones. Me lanzo como una loca y que salga el sol por donde quiera. Casi nunca me preocupo de colocar una red que amortigüe la caída y el batacazo es colosal.  Pero hay ocasiones en las que logro realizar una pirueta en el aire de forma improvisada y caigo de pie contra todo pronóstico, lo que me anima a arriesgar la próxima vez.

Otra de esas aventuras emprendidas de forma impetuosa e irreflexiva fue la de ser madre. Y no contenta con el paquete básico, que hubiera sido más que suficiente, me apunté sin dudarlo a la excursión opcional de deporte extremo conocida como familia numerosa.

Así, sin preparación física ni mental, sin plan previo de prevención de riesgos, sin experiencia de ningún tipo (soy hija única y nunca fui canguro, ni siquiera un ratito), sin supervisión por ningún profesional cualificado, a excepción del pediatra en los momentos más críticos, y con un índice de supervivencia primitiva de suspenso bajo nos encontramos después de 4 años y tres meses con tres criaturas que atender a tiempo completo. Una auténtica insensatez.

Toda la culpa fue de las películas americanas que me llenaron la cabeza de pájaros. Deberían prohibirlas o incluir una advertencia al final aclarando que la realidad no tiene NADA que ver con la ficción. Creí ingenuamente que todo sería fácil y divertido, una fiesta continua de risas, mimos y simpáticas travesuras. Por supuesto que no se me ocurrió pensar, ni siquiera imaginar, en ningún momento cuestiones de índole práctica como avituallamiento, logística, desplazamientos o protocolo de emergencias (nuestra previsión únicamente consistió en comprar un monovolumen gigante y un nuevo chasis gemelar para colocar capazo y silla, lo cual fue de todo punto insuficiente). Hemos tenido que improvisar una vez más.

Como en cualquier actividad de riesgo las emociones han sido muy intensas y variadas. La real o aparente peligrosidad y las condiciones adversas que van surgiendo te llevan a vivir en una especie de montaña rusa anímica agotadora. No sé cuanta adrenalina he podido segregar en estos años de alerta permanente. Muchas veces he creído estar a punto de sufrir un infarto, pero no, el corazón aguanta el ritmo por el momento. Hay días en que he querido gritar como Mafalda ¡PAREN EL MUNDO QUE ME QUIERO BAJAR!”.  Pero esta aventura no tiene final ni vuelta atrás y hay que intentar sobrellevar la presión. Ha habido sonrisas, lágrimas, treguas, enfados, noches en vela, celebraciones, sacrificios, recompensas, besos, castigos, sorpresas, rutinas, cansancio, energía…de todo un poco, incluso en la misma jornada. Hemos subido montañas, y superado mil cimas,  surfeado aguas procelosas y salido a flote siempre de una u otra manera, saltado al vacío y resultado ilesos o con alguna herida de guerra y nos hemos adentrado en cuevas oscuras en las que tuvimos que buscar desesperadamente la luz.

Después de todo este tiempo de práctica sigo siendo una aprendiz. Nunca llegas a dominar el arte de ser madre, ni siquiera el nivel amateur.  Aún tengo muchas habilidades y estrategias que perfeccionar. El entrenamiento es muy duro pero cuento con tres preparadores personales de excepción que me exigen dar lo mejor de mí cada día y no me dan un respiro. Me están enseñando a crecer y a mirar el mundo con sus ojos de niño. No es una tarea fácil. Ahora me doy cuenta de lo inmadura que era antes de conocerles.

Recuerdo que al principio tenía dudas de todo. Y miedo de hacerlo mal. Escuchaba las charlas magistrales de otras madres en el parque sobre purés, pañales, horarios de baño, rutina de sueño, juegos, rabietas y demás temas infantiles  y me sentía abrumada y perdida. Cómo podían hablar con tanta autoridad… Y tan largo y tendido sobre cualquier cuestión. Temía ser la peor madre y tener que cargar para siempre con las consecuencias futuras de mi irresponsabilidad. Con el tiempo fui adquiriendo confianza en mí misma y dejaron de intimidarme ese tipo de conversaciones. Apuntaba mentalmente los datos que me parecían interesantes y compatibles con mis aptitudes y rebatía en silencio las afirmaciones con las que no estaba de acuerdo o desconectaba sin más. Mis pobres conejillos de Indias iban creciendo y llevando a cabo sus funciones vitales con relativa normalidad y eso me tranquilizaba en cierta medida.

Confieso que cuando nacieron su padre me advirtió que esto sería la guerra, que eran tres contra dos y que debía educarles manu militari porque si no se apoderarían de mí. Pero no le hice caso. Nunca pude plantear nuestra relación como una contienda bélica aunque en muchas ocasiones haya ardido Troya en ambos bandos. La disciplina militar me hubiera sido de gran ayuda, lo reconozco, pero no tengo el carácter apropiado para imponerla. Soy más de razonar y de dialogar, de preguntarles su opinión y de intentar adaptarme a las singularidades de cada uno. Resumiendo, que he criado a tres hijos únicos y que en el pecado llevo la penitencia. No me arrepiento. Y lo asumo. Ser madre ya forma parte de mi ADN sin remedio. La preocupación y los contratiempos son mi pan de cada día, los planes aplazados mi espejismo de tiempos mejores y los altibajos que me llevan a volar o a arrastrarme por el suelo mi caos particular. Ya os seguiré contando mis tribulaciones, que son muchas…

La línea infinita del horizonte

La vida es una sucesión de encuentros casuales, a veces desafortunados, otras extraordinarios, y de despedidas casi siempre dolorosas.

Los caprichos del azar colocan en el camino a personas que nos acompañan fielmente durante un trayecto más o menos largo, acompasando su paso al nuestro, como si nos conociéramos desde siempre, sin importar las circunstancias que atravesemos ni la climatología adversa o favorable.

Otras son apariciones fulgurantes que nos deslumbran y se desvanecen dejando una huella indeleble o una profunda decepción, tal es el impacto que provocan en nuestra existencia.

En el rincón gris de la indiferencia permanecen aquellos apenas conocidos que forman parte de nuestro paisaje. No molestan. Tampoco nos inspiran un afecto especial ni filias ni fobias, ni sentimientos memorables. 

Pero, en ocasiones, los dados del destino nos castigan y nos llevan a una de las peores casillas del tablero: La de las personas indeseables, auténticas depredadoras que pretenderán arrastrarnos, obligándonos a deshacer lo andado o a desviarnos hacia una vereda tortuosa para abandonarnos a la intemperie una vez conseguido su propósito, cualquiera que fuera. Estos encuentros absorben nuestra energía, desgastan nuestra mente que se empeña inútilmente en buscar respuestas y nos dejan con el corazón temblando y la confianza maltrecha hasta que logramos sobreponernos y reubicar a estos individuos en el territorio plomizo de la apatía, de donde no deben salir nunca más.

Las despedidas nos producen una mezcla de sensaciones extrañas con efectos insospechados. Salvo excepciones, ni la religión ni la ciencia  han conseguido prepararnos para soportar la pérdida de un ser querido. Ni siquiera para afrontar de forma plenamente consciente nuestra propia partida, inminente o futurible. A fin de cuentas la famosa “Ley de Vida” no es más que una Ley de Murphy de perogrullo que repetimos sin reparar en su significado. Nunca decimos adiós del todo. Las ausencias están presentes en nuestro recuerdo y en nuestros actos aun de forma instintiva.

Separarse de alguien nunca es fácil. Aunque se trate de una decisión meditada, aunque sea lo mejor indiscutiblemente, aunque el que se aleja nos haya hecho sufrir, aunque hablemos de una crónica de una despedida anunciada…También hay hasta luegos que esconden cobardemente un hasta siempre y rupturas definitivas que resultan no serlo después de todo. De vez en cuando son despedidas acordadas civilizadamente, con deseos recíprocos, ciertos o falsos, de paz y buena suerte. Otras son terremotos violentos con destrozos y damnificados en ambos lados. También hay adioses forzosos y drásticos, sin margen de maniobra, sin culpa de nadie…El abanico continúa  con los cambios de rumbo que vamos tomando. Pese a guiarnos con la misma brújula crecemos y alzamos el vuelo, abandonando a los que no saben o no quieren seguirnos. Y, por último: la inercia de los acontecimientos, esa propiedad de los cuerpos subestimada pero a tener en cuenta en cualquier cálculo de movimientos y giros.

Sin embargo hay desencuentros que suponen un alivio, una recuperación de la paz perdida y de la alegría de vivir. Otros nos duelen en diferido, más de lo que en un principio hubiéramos pensado…Sea como fuere, todas las despedidas se llevan un trozo de nuestro ser y nos dejan un vacío. 

En mi contabilidad particular de encuentros y despedidas hay un saldo razonablemente favorable. Tal vez sea porque “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, como dice García Márquez. Pero lo cierto es que la lista de encuentros que iluminan mi memoria compensan las despedidas que nunca hubiera querido afrontar y me siento agradecida incluso por los choques violentos que me hicieron descarrilar, por los tropiezos a causa de palos en la rueda y por los finales trágicos porque gracias a ellos aprendí a caer y a levantarme  y pude construir este barco desde el que escribo. Después de intentar camuflarme sin lograrlo en el territorio ajeno de los grises, continúo el viaje con ánimo y determinación deseando que la estela de este barco propicie nuevos encuentros del alma con trotamundos audaces y tatuajes de luz en nuestra piel.  

Me despido mirando la línea perfecta e infinita del horizonte que separa el cielo y el mar mientras recuerdo unas palabras de M. Benedetti… “Que llegue quien tenga que llegar, que se vaya quien tenga que ir, que duela lo que tenga que doler…que pase lo que tenga que pasar”.

 

Feliz y Blanca Navidad

Es evidente que estamos hechos de una pasta especial indisoluble e inmune a las desgracias y males ajenos. Sólo así se entiende esta capacidad natural de sobreponernos e incluso de ser razonablemente felices a pesar de todo. Saramago decía que “estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”…

Muchas veces me he preguntado acerca de la posibilidad de ser feliz en un mundo donde una parte considerable de la población sufre por diversos motivos y donde todo tipo de calamidades se suceden cada día. Y a pesar de ello me invaden instantes de felicidad. Tampoco comprendo cómo puedo enredarme y perderme en trivialidades y pequeños contratiempos cotidianos, a los que dedico gran parte de mi tiempo y preocupación, a sabiendas de su insignificancia en comparación con los problemas de la humanidad. Creo que es un dilema irresoluble.

Los medios de comunicación, en especial la televisión y las redes sociales por el impacto brutal de la imagen y la voz en directo, son una gran ventana con vistas que nos acercan a dramas lejanos, guerras incomprensibles, desastres ecológicos, vulneraciones flagrantes de derechos humanos, injusticias insoportables…al DOLOR en definitiva de personas que han tenido la mala suerte de nacer o pasar por allí. Son llamadas de atención que agitan nuestras conciencias y que logran sacarnos durante unos instantes de nuestra piel. Pero una especie de instinto de supervivencia acude a nuestro rescate y nos devuelve la miopía innata que nos impide ver más allá de nuestras cuatro paredes y la sordina perdida para bajar el volumen de la aflicción del otro, dejándonos anestesiados de nuevo para seguir viviendo como siguen las cosas que no tienen mucho sentido que cantaba Joaquín Sabina.

En ocasiones he sentido el impulso de irme lejos, de hacer algo por los demás que diera un significado transcendente a mi vida. Admiro profundamente a aquellos valientes que abrazan una causa y la hacen suya. Pero en mi camino se cruzó alguien que, como Robert Redford en Havana me dijo “Si quieres cambiar el mundo cambia el mío” y me convenció de que mi sitio estaba aquí, donde también hay causas loables por las que luchar. Sólo hay que saber mirar y escuchar.

Ahora que la Navidad no es tan blanca por culpa del calentamiento global ni tal feliz para los que ya no somos niños por causa de las ausencias y de la complejidad absurda de las relaciones humanas, nos queda al menos esta época de tregua propicia para la reflexión, la solidaridad y la empatía con independencia de las creencias religiosas de cada cual.

Por eso aunque en este mundo al revés la corrupción de algunos dirigentes de ONG haya salpicado al resto de organizaciones honradas, poniendo en duda su encomiable labor, el crowdfunding haya sido utilizado para estafar a personas buenas con ansias de ayudar, las adopciones internacionales hayan sido, en algunos casos objeto de tráfico de dinero y sentimientos por parte de entidades amparadas por organismos públicos, el voluntariado se compute como créditos en la universidad y como mérito en el curriculum, las empresas implanten diversas iniciativas solidarias a costa de sus empleados para conseguir una bonita foto de responsabilidad social corporativa, la conciencia social y el reciclaje de productos y residuos sirvan para el lucro de unos pocos, las donaciones desgraven y las buenas acciones se publiquen en Instagram me gustaría pedir un deseo para este año que comienza:

Que el altruismo no pase de moda y que el dolor y la injusticia nunca nos sean indiferentes, aunque sólo sea durante momentos fugaces. Porque sólo así nuestra vida tiene sentido.

Desafiando el oleaje

Cuando cumplí los cuarenta me vi arrastrada a iniciar un viaje interior siempre aplazado por el ritmo frenético de la vida en general y por mis circunstancias personales en particular. Este periplo me ha llevado a conocerme, a aceptar mis luces y mis sombras y a encontrar por fin mi lugar en este mundo que nos ha tocado transitar. Durante este trayecto trascendental he estado sumida en una especie de letargo social del que quiero despertar con urgencia. Y elijo precisamente una fecha casi mágica para mí, veinte de diciembre, confiando en que los augurios sean favorables en esta aventura y que el viento impulse mis velas.

Hasta ahora he vivido a la primera y sin preparación, como una actriz representando una obra sin ensayo, como un boceto sin cuadro como afirma Milán Kundera en su “Insoportable levedad del ser”. Pero es posible aprender sobre la marcha y cambiar de rumbo, reinventarnos una y mil veces igual que cada día sale el sol después de la oscuridad de la noche.

Hace poco he sabido que este proceso es toda una filosofía vinculada a una técnica milenaria del lejano oriente llamada kintsugi que consiste en transformar objetos rotos en piezas únicas y más preciadas que exhiben sin complejos las heridas de su pasado con un método artesanal conocido como “carpintería de oro” en el que la fase final de secado es larga pero esencial ya que garantiza su perdurabilidad y consistencia.

Hoy estoy convencida de que mis errores y mis fracasos al igual que mis pequeños éxitos me han convertido en la persona que soy con mi mapa de cicatrices profundas y superficiales que me distinguen de los demás. Libre de las expectativas ajenas y de la necesidad incansable de agradar me siento más fuerte y con ánimo de navegar mar adentro, donde el destino me vaya llevando…Ojalá os animéis a acompañarme en esta travesía y me ofrezcáis una mano cuando vaya a contracorriente.

El nombre “La Pluma de Maat” es un deseo en voz alta de recuperar la confianza en la idea abstracta de justicia universal, en la verdad, el equilibrio y la armonía. En este tiempo de pan y circo en el que el ruido ensordece las palabras prudentes, los gurús demagogos manipulan a la gente, la educación ha pasado de moda, lo políticamente correcto inunda todo, los derechos y libertades retroceden bajo distintas excusas y la mediocridad vive su edad de oro es preciso el contrapeso de la pluma de Maat en el otro platillo de la balanza. Maat también guarda relación con uno de mis sueños rotos: aprobar la oposición de Judicaturas para contribuir humildemente a que la Justicia no sea tan ciega y es a la vez un recuerdo de otro anhelo hecho realidad gracias a la varita mágica de mi madrina que nos regaló una inolvidable luna de miel en Egipto.

Desde que tengo uso de razón he intentado no ver, no oír y no hablar para ser más feliz.  Los tres monitos de la felicidad (ahora más famosos por los emoticonos de WhatsApp). Pero ha sido una tarea inútil hasta la fecha. Siempre miro y escucho más de lo que me hubiera gustado percibir. También hablo con discurso discordante como si fuera una extraterrestre en un planeta hostil y me callo por educación mientras muero por poner las cosas en su sitio. Para colmo tengo una memoria de elefante así que por mucho que me afane en permanecer en estado zen los disgustos diarios están asegurados. Maldita sensibilidad.

Por eso en esta ocasión mi propósito de Año Nuevo va a ser mucho más realista: Admitiendo, por fin, que a estas alturas no puedo cambiar voy a activar todos mis sentidos y a tener siempre a mano mi pluma para compartir mis reflexiones con todos vosotros. Sin reglas, sin convenciones, sin hoja de ruta. Con la coherencia como bandera y con la intención de no permanecer indiferente como brújula para encontrar siempre el norte.