MAR DE FONDO

Mar de fondo: Oleaje que se propaga fuera de la zona donde se ha generado, pudiendo llegar a lugares muy alejados. Este estado de la mar no está relacionado con el viento presente, aunque su causa es el viento que ha soplado en otro área distinta. Su aspecto es regular. La longitud de la onda es muy superior a su altura, presentando crestas redondeadas que no rompen nunca en alta mar. La altura de las olas es sensiblemente igual y su perfil tiende hacia la forma sinusoidal.

El 20-02-2020 me pareció una fecha especial para comenzar una novela distópica que tenía en mente desde hacía tiempo Pero ese día anduve muy liada y no pude sentarme a escribir hasta casi media noche. De forma apresurada improvisé unas líneas para invocar una vez más a la suerte que bendice el número 20 en mi vida y ahí las dejé, perdidas en una libreta. Hasta hoy.

“Hacía varios años que la vida tal como la conocíamos tenía los días contados. No queríamos verlo. Cerrábamos los ojos, nos afanábamos en no mirar al futuro, un espejismo lejano y de ciencia ficción.

Sólo unos pocos sabían que estábamos en tiempo de descuento y manejaban los hilos invisibles de nuestra insignificante existencia…Y nosotros ni siquiera lo sospechábamos: vivíamos en una especie de Show de Truman colectivo, creyéndonos dueños de nuestro propio destino…”

Da miedo releerlo. La realidad, una vez más, ha superado a la ficción. 

Hace mucho tiempo que andaba pensando que el mundo estaba al revés. Que llegaría un momento en que todo volaría por los aires porque vivíamos en un bucle que cada vez daba más vueltas que no llevaban a ninguna parte. Nos creíamos omnipotentes, omnipresentes, omniscientes, omnímodos…Conocedores de todas las respuestas, libérrimos, inmortales, superhombres y supermujeres incansables a los que no se les pone nada por delante: trabajar jornadas infinitas, llegar a casa y hacer las tareas del hogar, atender a los mayores, pasar tiempo de calidad con los niños, mantenerse en forma, mimar a la pareja, salir con amigos o amigas de cena, ir de taxistas de un lado a otro de la ciudad por culpa de las diversas actividades extraescolares, asistir a las reuniones del cole, atender a los whatsapps de los grupos de clase, del fútbol, de baloncesto etc, madrugar también los fines de semana y andar de la ceca a la meca para  llegar al maratón de partidos y competiciones de los peques, viajar los puentes, organizar fiestas, navegar por internet, inmortalizar cada instante para compartirlo en Instagram, hacer repostería en casa, planear menús saludables…No sigo porque me mareo sólo de pensarlo.

Por no hablar de los problemas verdaderamente importantes: calentamiento global, pobreza, desigualdad cruel, envejecimiento de la población, crisis económica, el poder en manos de narcisistas sin escrúpulos, superficialidad generalizada, consumismo feroz, redes sociales que nos asfixian y controlan, ausencia de valores,  el portazo a la ciencia y al conocimiento, la incapacidad de comprender lo que verdaderamente importa… 

Pero nunca creí que llegara a ver el fin de este mundo que conocíamos y que no entendía. La verdad es que no me gustaba nada. Me sentía una pieza sobrante del puzzle que todos parecían haber completado, condenada a integrarme en contra de mi voluntad. Llevábamos un ritmo trepidante, dábamos todo por hecho con una soberbia y una ignorancia supina. No fuimos capaces de divisar ese mar de fondo que se acercaba peligrosamente desde China y no pudimos alejarnos de la playa a tiempo. El oleaje nos sorprendió y arrastró a muchos mar adentro. El resto debemos mantener la calma, flotar, no intentar nadar contracorriente. El viento y el oleaje se han confabulado, lanzando sus flechas en la misma dirección: la mar combinada favorece que las olas lleguen con más fuerza. 

Por eso es la hora de los valientes, de los aplausos, de los héroes visibles e invisibles, de  la reflexión, del sosiego, del silencio, de la búsqueda de nuestro verano invencible, de la paciencia, de los pequeños detalles, de la familia y del hogar, del triunfo merecido de la razón y de los sabios, de la humildad, de los abrazos de palabras, de las lecciones por aprender… Una oportunidad para sobrevivir a este naufragio y recuperar la fe en la humanidad.

SEÑALES

Otra vez ha ocurrido. El destino me ha enviado una nueva señal, un augurio de buenas noticias. Algo me dice que mi suerte va a cambiar por fin.

Hace tres semanas aproximadamente, al salir al jardín por la noche para admirar las camelias rosas y blancas que estaban comenzando a florecer, algo sobrevoló mi cabeza a toda velocidad. Pensé que se trataba de un murciélago despistado. Pero no. Al cabo de un rato cuando volví con refuerzos a inspeccionar la zona comprobamos que la criatura voladora era un pajarillo que se disponía a pasar la noche en el foco que cuelga del techo del porche. Ya había ahuecado sus alas para protegerse del frío y estaba en posición de dormir (este detalle tuvo que explicármelo mi marido, adicto empedernido a los documentales de animales y experto oficial de la casa en cuestiones de flora y fauna).

Al principio no me hizo ninguna gracia que el pajarito se dispusiera a aposentarse y quedarse de okupa. Igual se le ocurría  hacer un nido y a ver qué hacíamos entonces… Era mejor ahuyentarle y cortar por lo sano esta irrupción sorpresiva en nuestro hogar antes de que fuera demasiado tarde.

Pero hacía una noche terrible de temporal. Con viento y lluvia. Era una cuestión de humanidad. No podíamos dejarle a la intemperie. Y así empezó todo.

El pajarillo volvió al día siguiente al atardecer. Y se instaló, buscando cobijo, en el mismo sitio, en la misma posición. De nuevo, un tiempo infernal. Cómo íbamos a desalojarle de allí, cómo pude siquiera planteármelo… Decidí llamarle  “Pajarín”.

La previsión meteorológica anunciaba una borrasca profunda durante toda la semana. Mi instinto maternal hizo acto de presencia y empecé a dar vueltas a la idea de prepararle una especie de casita de madera y algún recipiente con comida. Y hasta una mantita: idea peregrina, lo sé. 

Pobre Pajarín. Tratamos de averiguar si era un gorrión o quizá un petirrojo. Pero no queríamos asustarle abriendo la puerta corredera de cristal o encendiendo la luz. Así que desde ese día instauramos el ritual de la linterna: con mucho cuidado, para no deslumbrarle, le enfocamos con una luz indirecta unos instantes para saber si ha venido.

Pudimos confirmar que es un gorrión, pero poco más sabemos de él. Aunque, sin duda, es un tipo listo y especial. O a lo mejor es una chica… quién sabe… En cualquier caso la guarida que ha elegido es perfecta, una atalaya privilegiada para divisar posibles enemigos aéreos, a salvo de intrusos terrestres y protegida de las inclemencias del clima oceánico. También es un solitario valiente, que vuela por su cuenta, lejos de su bandada. Prueba de ese carácter indómito es que no aceptó la casita de madera, ni tampoco la comida que colgamos de un cestillo amarillo de juguete. De hecho estuvo ese fin de semana sin aparecer. No sé si se fue de marcha aprovechando las buenas temperaturas y el viento en calma o se agobió con la idea de que quisiéramos capturarle. Ante la tesitura de perderle para siempre tuve que rendirme y abortar el plan, aceptando su libertad y su espíritu independiente. El mismo día que quitamos todo el atrezzo habitacional volvió.

He de confesar que nunca he sentido la necesidad de tener una mascota. De hecho las criaturas de cuatro patas me dan tanto miedo como las de dos. Pero ahora, desde que apareció en nuestra vida, me sorprendo a mí misma yendo a comprobar cada tarde si Pajarín ha venido o si se fue a primera hora de la mañana. Y en cuanto le veo doy la voz de aviso a toda la familia… “Ya está Pajarínnnnnn”

De pronto se ha convertido en un motivo de preocupación. La vida en la naturaleza es muy dura. Quien sabe si sobrevivirá y volverá al anochecer…

Desde el día que vino pensé en el libro de El Principito. Pajarín me está domesticando, empiezo a esperarle mucho antes de que oscurezca. Y me alegra la existencia saber que otra noche más vuelve a elegir nuestra casa para dormir. Es un gorrioncillo igual a mil otros pero le he adoptado, respetando la distancia que nos ha impuesto, y para mí es único en el mundo. 

Y aquí estoy. Estudiando ornitología por culpa de Pajarín para intentar conocerle mejor. Y rompiéndome la cabeza para buscar una explicación lógica a esta casualidad.

Mis fuentes no son muy científicas, la verdad. Pero he sabido que el gorrión era la mascota de Afrodita y que en la Antigua Gran Bretaña era el símbolo de los espíritus del hogar acogedor y hospitalario.

Al parecer el gorrión es un tótem que ayuda a abrir los ojos a nuestro propio valor, inculca la dignidad y la autonomía y habla de pensamientos e ideales, de volar ligeros, sin lastres. Te señala que es el momento de cantar tu canción, recordándote que no siempre las cosas grandes son las que más se notan. También hace invisibles a quienes protege, camuflándoles para enfrentar los peligros de la vida

He leído en Internet que si un tótem gorrión ha entrado en tu vida debes preguntarte si te has olvidado de ti mismo y si tienes hundida tu propia autoestima.

Parece que Pajarín ha venido a decirme en silencio muchas cosas que necesitaba oir.

Y yo estoy aprendiendo a escucharle…

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma” (Julio Cortázar)

AVISO A NAVEGANTES

Aviso a navegantes: el mal existe, dejémonos de tonterías.

Hay que aceptarlo y llamarlo por su nombre. Y no caer en la tentación del buenismo con que acostumbramos a afrontar cualquier conflicto que se nos presenta ya sea en el ámbito de la escuela, del trabajo o de la sociedad en general. Así nos va…

La RAE define el buenismo como la actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia: es el camino cómodo para todo. Pero desde luego no es el más adecuado para solucionar el problema. Ni para evitarlo.

Al parecer entre el 1 y el 4% de la sociedad (la cifra varía según los autores) está catalogada como psicópata, porcentaje que aumenta en el caso de ejecutivos y personas con altas responsabilidades en el ámbito político y empresarial, (son las “serpientes con corbata y traje” de las que hablan P. Babiak y R. Hare). Hablamos de sujetos egoístas sin pizca de empatía ni remordimiento, trepas sin escrúpulos, narcisistas interesados, manipuladores natos, parásitos insensibles eminentemente mentirosos. Lo malo es que muchos de ellos son a la vez encantadores y tienen una gran capacidad de persuasión y magnetismo.

Tuve ocasión de profundizar en el tema para documentarme sobre algunos personajes de mi novela y desde aquí quiero destacar, alabar y agradecer la labor divulgativa encomiable llevada a cabo por el blog Sobreviviendo a sociópatas y narcisistas

Los psicópatas son depredadores de libro. El abanico de técnicas que despliegan es muy variado según el tipo de presa que tengan en el punto de mira: adulación, agudo sentido del humor, bombardeo de atención, lástima, culpa… Su perspicacia y olfato para detectar necesidades y debilidades es su arma letal. El fin justifica los medios siempre. Te engancha y te atrapa en su red sin que te des cuenta.Y entonces estás perdido, porque puede destrozarte. Te usará y te tirará cuando se canse de ti o no le sirvas para nada. 

Y no sabrás por qué tuviste la mala suerte de cruzarte en su vida ni por qué despertaste su interés. No hay explicación posible. Su comportamiento no obedece a ninguna razón, su abuso se basa en el sinsentido y compruebas impotente cómo tu existencia se desbarata igual que un rompecabezas imposible de volver a encajar.

Según ciertas estadísticas cada persona en su vida se cruzará con un promedio de tres psicópatas. Yo debo tener un imán especial para atraer a este tipo de individuos y he cubierto el cupo sobradamente hace tiempo. Mi estrategia siempre ha sido la misma: desenmascarada la verdadera personalidad del sujeto en cuestión, pongo pies en polvorosa. Contacto cero. O mínimo posible. No siempre me han dejado en paz. Algunos se resisten como gato panza arriba a dejar escapar a su víctima y no dudan en utilizar todo tipo de artimañas para seguir haciéndote daño, prolongando la agonía. Las experiencias me han hecho más fuerte. Pero nunca he resultado ilesa. Reconozco que me han marcado y que arrastro secuelas difíciles de curar. Precisamente la palabra trauma deriva de la palabra griega herida. Y es que el trauma del abuso narcisista es lento y cuestiona nuestra visión del mundo y nuestro propio valor como personas.

Investigaciones publicadas en el American Journal of Psychiatry defienden que se pueden detectar características de psicopatía con resonancias magnéticas o con pruebas de reacción al miedo desde los tres años. El niño no se interesa por los demás; su mala conducta se basa en el placer que le produce molestar a sus compañeros, familiares y profesores y se siente por encima de las normas. Advierte que los docentes deben tener especial cuidado con estos niños o adolescentes porque suelen culpar a otros niños de sus malas acciones y son muy convincentes cuando se lo proponen. Normalmente dejarán pronto de cometer actos de forma abierta y violenta y utilizarán el abuso y la manipulación emocional que no deja huellas ni evidencias visibles. 

Todos hemos sido testigos de comportamientos de grupo perversos. En el cole siempre había dos o tres niños que pegaban o maltrataban a otros. La gran mayoría callaban, muy pocos intervenían para que dejaran en paz a los agredidos, algunos les consolaban en secreto, otros reían las gracias de los matones, a los que seguían como perritos falderos y sólo algún valiente les plantaba cara. Y esto sigue ocurriendo sin que nadie termine de hacer nada. La Administración y los equipos directivos de los centros educativos miran para otro lado, cubriéndose las espaldas con charlas y dinámicas teóricas contra el bullying. Nadie quiere que su estadística de acoso aumente. Así lo que no se cuenta ni se cuantifica no existe. Pero los niños malos siguen ahí. Nadie les para los pies. Y dentro de unos años quizás serán serpientes con traje. No lo olvidemos.

EL CARGUERO ROJO

Estrenamos el año con sol deslumbrante y un cielo completamente azul: una invitación a pasear y a admirar el océano con calma, intentando descubrir algún delfín entre la espuma blanca y fantaseando con las historias y esperanzas que se alejaron de la costa buscando un final feliz, o, al menos, otro final distinto al que aquí les aguardaba.

Estaba absorta en estos pensamientos cuando, de pronto, a lo lejos, entre la bruma, distinguí un carguero rojo pintado con la técnica del sfumato en el cuadro perfecto del horizonte. Y me pareció un buen presagio.

Ya sé que es una rareza mía interpretar sucesos poco extraordinarios como señales inequívocas de buenas o malas noticias. Quizás la culpable de esta imaginación desbordante siempre dispuesta a volar sea la lectura de tantas novelas de realismo mágico. No sé…pero no lo puedo evitar. Una cigüeña volando hasta el nido, una tormenta de rayos fantasmagóricos, granizo el día de las Nieves (5 de agosto) cubriendo el paisaje con un manto blanco, un zorro que me mira desde la acera mientras conduzco, la picadura de una abeja negra, una rata muerta en el jardín de al lado, soñar que comía agujas de coser, el hallazgo casual de un olvidado papiro de la Pluma de Maat… todo son guiños que me dedica la naturaleza o el azar.

Lo cierto es que la visión del petrolero me animó a no rendirme tras mi último batacazo y a intentar buscar otro confín. Sabía que era prácticamente imposible ganar un premio literario con mi primera novela. Me había mentalizado durante meses como un marine con todo tipo de argumentos y entrenamientos lógicos y realistas. Probaría por si sonaba la flauta de causalidad, nada más. Pero aún así cuando publicaron el nombre de la ganadora y de la finalista me quedé chafada, para qué negarlo. Soy una ilusa, siempre lo he sido. Cómo pude creer que existía siquiera una posibilidad remota de competir con escritores consagrados, con contactos en el mundo literario y activistas reconocidos en diversas causas justas… En balde había diseñado mentalmente la portada, redactado el texto de la contraportada y de la hipotética solapa y buscado con mimo las palabras precisas de la dedicatoria… Lo dicho: un caso perdido.

En las bases del concurso se establecía que el autor debía enviar una nota biobibliográfica. Estuve un día entero pensando qué escribir sobre mí…Es muy difícil resumir tu vida en unas frases y reflejar en ellas tu verdadera personalidad.

Después de mi presentación personal: «Nací en … el  .… Viví mi infancia y parte de mi juventud en …, donde cursé EGB, BUP y COU a la vez que asistía a clases de solfeo y piano y perfeccionaba el inglés con cursos y estancias en Inglaterra…«, seguí mezclando hechos con deseos e intereses: «Desde niña quise estudiar Derecho en la Universidad de… De esa época, además de la libertad recién estrenada y de la ingenuidad de mi mirada, recuerdo especialmente el Curso de Derecho Comunitario de la «Cátedra Jean Monnet» que me permitió apenas vislumbrar la magnitud y complejidad del proyecto de una Europa unida así como las clases de Derecho Penal que abrieron mi mente y formaron mi conciencia. Quizá por ello, junto con la idea de contribuir a que la Justicia deje de tener una venda en los ojos y sea igual para todos, decidí preparar la oposición a Judicaturas. No aprobé y ése es uno de mis sueños rotos. No obstante trabajé durante un tiempo como Jueza Sustituta y tuve la ocasión de comprobar cómo la teoría aprendida durante tantos años poco o nada tenía que ver con la realidad.

Enamorarme de mi marido y ser madre de tres hijos han sido mis mayores éxitos en la vida y la causa de aparcar temporalmente mi vida profesional y tomar un camino secundario que me permitiera dedicarles más tiempo y atención.

El destino nos trajo al norte, a …, ciudad en la que vivimos desde hace 18 años y donde hemos inventado nuestro sitio junto al mar.

Posteriormente decidí ampliar mis conocimientos jurídicos con la intención de cambiar de rumbo y reciclarme, realizando en la Universidad, los cursos de Doctorado en Derechos y Libertades Públicas, el Curso de Adaptación Pedagógica y un Máster en Asesoramiento Jurídico Empresarial, en el que elegí la especialidad de Derecho Medioambiental. 

Las prácticas del Máster en la Asesoría Jurídica de un periódico me acercaron al mundo del Periodismo y de la Publicidad, experiencia de la que aprendí conocimientos y habilidades y gracias a la que comprobé la energía desbordante y el entusiasmo que traen los nuevos retos.

Cuando cumplí los cuarenta me vi arrastrada a iniciar un viaje interior siempre aplazado por el ritmo frenético de la vida en general y por mis circunstancias personales en particular. Este periplo me ha llevado a conocerme, a aceptar mis luces y mis sombras y a encontrar por fin un lugar en este mundo que nos ha tocado habitar.

No concibo la vida sin la elocuencia de las palabras y sin la emoción de la escritura, mi forma de expresión favorita. Traspasar la puerta que separa al lector consumado del escritor novato ha sido un tránsito apasionante, humilde y firme a la vez.

Recientemente he creado un Blog: ”www.laplumademaat.com» sin otra pretensión que compartir mis reflexiones con quien se sienta una nota discordante, un extraterrestre en un planeta hostil donde el pan y el circo imponen la tiranía de la mediocridad y apagan la luz de la razón.«

Me quedé bastante contenta con el resultado. Mi hija me dijo que ella me daría el premio sólo por la lectura de la presentación. Pero, claro, no es nada objetiva…

O quizás nadie llegó nunca a leerla… no sé qué pensar.

Hay otros mares y otros puertos.  Sólo tengo que seguir al carguero rojo que se pierde entre las olas. Y eso es lo que haré…

"Somos lo que soñamos ser
Y ese sueño, no es tanto una meta
Como una energía
Cada día es una crisálida

Cada día alumbra una metamorfosis
Caemos, nos levantamos
Cada día la vida empieza de nuevo
La vida es un acto de resistencia y de reexistencia ...” 

  (Manuel Rivas)



RUIDO

Una vez más sobrevivimos a la Navidad. Como decía aquel antiguo meme de whatsapp, se acabó por fin el simulacro colectivo de paz y amor y volvimos a ponernos el cuchillo entre los dientes y a gritar el habitual “sálvese quien pueda”. Ya se apagaron las luces, se recogieron los nacimientos napolitanos expuestos por todo el país, guardamos el árbol ecológico y, sin darnos cuenta, dejamos de escuchar villancicos en los Centros Comerciales e incluso en el súpermercado, después del asedio sin tregua desde el mes de octubre. Y llegó también el momento temido de tomar medidas drásticas para quemar el exceso de grasas, dulces, alcohol… Todo en esta vida tiene su cara y su cruz…

Pero este año la sirena que anuncia el fin de esta ilusión óptica navideña sonó antes de tiempo. De forma inesperada un ruido ensordecedor inundó el Congreso de los Diputados durante el debate de investidura, adelantándose a la llegada de los Reyes Magos de Oriente. Mucho, mucho ruido. Tanto ruido que era imposible explicar a mis hijos lo que estaba ocurriendo. Diputados que miraban sin disimulo el móvil y hablaban por redes sociales, alguno que leía con descaro un libro, otros de charla animada con su colega de al lado, muchos que no escuchaban, varios que interrumpían el discurso del contrario de todas las maneras posibles llegando incluso a exhibir panfletos, a proferir insultos y a gritar directamente, haciendo caso omiso a las llamadas de atención de la presidenta, algún grupito que abandonaba el hemiciclo cuando no estaba de acuerdo con el orador, uno que daba ostensiblemente la espalda al estrado para hacer constar su rechazo al grupo político que estaba en uso de la palabra…Todo ello durante su jornada laboral en el desempeño de una función que consiste en representar al resto de ciudadanos que les hemos votado para ese fin y sin importarles lo más mínimo que su comportamiento estuviera siendo retransmitido en directo (y previsiblemente con un elevado índice de audiencia) para todos los votantes en cuestión. Un panorama desolador.

En cualquier otro trabajo estas conductas serían causa de sanción disciplinaria e incluso despido. Y por mucho menos a un alumno de Primaria (no hablemos de Secundaria o de la Universidad) en su cole le habrían requisado de inmediato el móvil o el dispositivo electrónico de turno, avisando a continuación a sus padres, y además le habrían castigado convenientemente por varias faltas graves y muy graves conforme al reglamento interno de convivencia.

Por favor, un poquito de educación. Que aunque ahora los niños estudien en inglés el tema de la forma de Gobierno y la división de Poderes para intentar subirnos al tren de la modernidad que circula en ese idioma, estas cosas ponen en evidencia una imagen de país poco vanguardista y nada edificante. El ejemplo de estos señores es nefasto. Igual no se han enterado que ahora desde las aulas de Infantil se trabaja en equipo para preparar a los pequeños a ayudarse, respetarse y tolerarse, como deberán hacer cuando sean adultos en el desempeño de su profesión. Y en los equipos no suelen coincidir los amiguitos, sino niños con diferentes habilidades y a veces con caracteres e intereses muy diversos para favorecer la integración y el aprendizaje de escuchar, ceder, aportar, compartir y esforzarse para lograr un objetivo final.

Pero volviendo al tema de la Navidad… Dejando a un lado las desgracias ocurridas en el mundo durante 2019, que ya de por sí serían motivo más que suficiente para haber caído en una profunda depresión y gracias a ese don natural del egoísmo de la clase humana muy útil para sobrevivir pese a todo, después de un estudio exhaustivo de mi balance personal de alegrías y tristezas de estos doce meses, la verdad es que me alegro de que acabara. Definitivamente no fue un año memorable.

Comenzando por las cosas buenas: terminé mi primera novela, me atreví a escribir dos cuentos infantiles, combatí injusticias propias y ajenas con todas mis fuerzas, viví sorpresas agradables y momentos felices, encontré la paz en los mares del sur y conocí y  me rodeé de personas que merecen la pena.

Sin entrar en detalles innecesarios, las cosas malas pesaron más en mi cómputo anual y desequilibraron la balanza hacia el lado del descontento y el desánimo: decepciones profundas, problemillas de salud, desencuentros, disputas absurdas, distancias que duelen, sufrimiento de gente cercana, impotencia, desilusión.  Otro año en que los de siempre siguen ganando la partida porque el mundo está hecho a su medida.

Pese a todo tengo esperanzas en el 2020. Y también tengo propósitos y sueños por cumplir. Estos días he planeado nuevas tácticas y estrategias. Para seguir el viaje contra viento y marea. Porque como dice F. Pessoa:

"De todo, quedaron tres cosas: 
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.

Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera,
del sueño, un puente,
de la búsqueda... un encuentro.”


Shallow

Hoy hace un año que comencé un viaje mar adentro, desafiando el oleaje “sin timón ni timonel” para perseguir el sueño de escribir palabras que alguien pudiera atrapar al vuelo.

Maat es la estrella que guía a mi corazón viajero cuando toca las nubes y también cuando se sumerge en la profundidad del océano.

Y yo que siempre he sido un pez de ciudad, debo reconocer que soy feliz navegando ligera de equipaje, sin más planes ni rumbo que seguir hacia el norte, donde el mar me lleve, como uno de esos cargueros rojos que rompen el horizonte.

Hoy voy a robarle a mi hija su voz. No se me ocurre mejor homenaje a este año de travesía:

A mamá.

Porque siempre eres tú.

Otro aniversario más.

En el que me acompañas a estar sola,

me acompañas al silencio,

de charlar sin las palabras,

de saber que estás ahí y yo a tu lado.

Sigue nadando a contracorriente conmigo

Al fin y al cabo nadie dijo que ser la nota discordante y divergente fuese fácil. 

Gracias por enseñarme a luchar y estar preparada para la guerra que es la vida.

A navegar con viento en contra, sin timón, desafiando al oleaje, contra todo pronóstico consiguiendo llegar todas las veces a puerto ya que siempre había una isla para resguardarse de la tempestad, y eras tú. 

Por demostrarme lo que es querer a alguien incondicionalmente y de verdad.

Por reír y llorar conmigo cuando más falta me hacía y entenderme como nadie.

Por ser mi ejemplo a seguir y hacer la tristeza más pasajera. Las cosas bonitas no lo son tanto si no las comparto contigo. Mis logros son los tuyos y yo soy quien soy por ti.

No tengo sueños rotos porque me ayudas a coserlos y remendarlos haciéndolos posibles. 

No le quites años a tu vida, y ponle vida a los años, que es mejor, aunque es inevitable el deseo de pasear por la calle Melancolía, hazlo de mi mano y contándome viejas historias casi olvidadas que aguardan a volver a salir a la luz de entre tus recuerdos.

Se cumple otro año en el que combates las injusticias y tratas de equilibrar la inestable balanza del bien y el mal de la sociedad. En el que aportas otra perspectiva a la rutina y cambias el color de mis días. En el que haces mi vida más feliz.

Feliz cumpleaños, mamá. Déjame decirte que te quiero, en todos los tiempos y modos del verbo, no como lo dicen tantos, no por presumir de poeta, solo quiero recordártelo.

Y, por último:

Tell me something girl, are you happy in this modern world?«

LA SOLEDAD

Horizonte

Aunque no puedo estar más de acuerdo con la afirmación de Nietzsche de que ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo, tengo que reconocer que, a veces, es muy duro huir hacia adelante en solitario y ponerse el mundo por montera.

El otro día, mientras echaba un vistazo con mi hijo pequeño al tema de Inglés y repasábamos la construcción del futuro simple, surgió una conversación muy interesante. (Desde que soy madre me encanta ver el mundo desde los ojos de los niños, situarme en su perspectiva, siempre certera y original. Y recordar la niña que fui hace ya tantos años y mis propias inquietudes y  argumentos apabullantemente lógicos y sencillos. A menudo aprendo de ellos más que de muchos adultos…la pena es no tener a mano una libreta para anotar cada una de sus ocurrencias sublimes y de sus sentencias irrebatibles.)

Pues bien, uno de los ejercicios que debía hacer consistía en echar a volar su imaginación para responder varias preguntas sobre cómo sería su vida en 2050. Con una seguridad aplastante mi pequeño de 11 añitos contestó que estaría casado. Que ya tenía decidido que la boda sería en la catedral de Santiago de Compostela (lo cual me dejó pasmada porque ni siquiera vivimos allí) y que la celebración posterior sería justo al lado, cerquita, en el Parador de los Reyes Católicos (debió gustarle cuando estuvimos sentados en la terraza, tomando un café este verano, es la única explicación que se me ocurre). Contagiada por tanto despropósito le pregunté si quería que le ayudara con los preparativos y la organización del evento. Su respuesta fue inesperada y genial y me llevó de vuelta a la realidad: -“Mami, eso habrá que preguntárselo a mi novia, a ver si le parece bien, si ella quiere pues entonces sí”. Acerté a decirle-“Claro, hijo, así tiene que ser”.

Y siguió con su rollo: que tendría dos hijos, que no sabía en qué iba a trabajar, aunque esperaba no tener que hacerlo (se ve que ya abandonó su idea de convertirse en un científico loco, según sus propias palabras), y por tanto, no tendría que desplazarse en el coche volador que aparecía en la ilustración del tema. Nada sorprendente: es un poco “vaguete” y vivir del cuento resulta una aspiración coherente con su actitud vital.

Lo mejor vino con la pregunta sobre qué amigos tendría y cómo se comunicaría con ellos. Ni corto ni perezoso dijo de inmediato que no tendría amigos, que sería padre y no tendría tiempo. Ante mi sorpresa insistió: “¿no ves que papá no sale con amigos por ahí?”. -“Es verdad, no lo hace, pero eso no significa que no tenga amigos”- repliqué rauda y veloz.

Acorralado, se refirió a mí: “Tú tampoco sales casi, siempre estás cuidando de nosotros”.

Y añadió:- “Bueno, hablaré con mis amigos por la Play o por el móvil”. Y desapareció escaleras abajo, dispuesto a ver su programa favorito en la tele…

Y ahí me quedé yo, pensativa y perpleja. Es cierto. La soledad es peligrosa y adictiva. Como dice C. Jung, “una vez que te das cuenta de cuánta paz hay en ella no quieres lidiar con la gente”. Y aunque soy una persona sociable por naturaleza con frecuencia busco inconscientemente mi espacio en la soledad del océano. 

La última vez que fui de cena con unas amigas decidí que nunca más volvería a hacerlo. La velada fue un desastre. Dos de ellas discutieron por una auténtica tontería que resultó esconder reproches ancestrales sin resolver ni perdonar. Hubo lloros, escena de correr al baño, intentos inútiles de salvar la situación, silencios incómodos, recomposición de maquillaje, tensión en el ambiente y falso tupido velo final: un drama.

A mí se me hizo un nudo en el estómago por los nervios y no veía el momento de irme de allí corriendo. Esas situaciones me superan. También era mala suerte, para un día que me animaba a salir acabábamos como el rosario de la aurora. Pero no había llevado mi coche así que tuve que esperar. Yo creía que, después de lo ocurrido, todas, especialmente las ofensoras/ofendidas, estarían deseando retirarse y no prolongar la agonía. Pero me equivoqué. En el postre se abrazaron y acordaron ir a tomar una copa a un local cercano. Menos mal que mi choferesa tenía que madrugar y dijo que era hora de volver a casa. En ese momento la amé.

Pero todo esto es difícil de explicar a un niño. Son “mierdas” de mayores. Al cabo de un rato intenté decirle que “a veces, cuando un lazo se estrecha de más en lugar de unir corta lo que amarraba” y que por ello era conveniente mantener una distancia de seguridad y prudencia con las personas. Y también que no se preocupara, que “la verdadera amistad resiste el tiempo, la distancia y el silencio” como dice mi admirada Isabel Allende.

Pero no debí resultar muy convincente o simplemente no me escuchaba porque siguió erre que erre con que tenemos que salir más. Me temo que su preocupación no era tan sincera ni desinteresada y que tenía trampa: lo único que pretendía era jugar a la Play sin control en nuestra ausencia. Y yo rompiéndome la cabeza…

MENSAJE EN UNA BOTELLA


Aun conservo medio arrugado y un poco roto un artículo de Rosa Montero escrito en El País Semanal hace muchos años. Recuerdo que cuando lo leí me pareció una especie de biblia del desamor, un bálsamo para curar heridas y lucir una piel nueva, así que lo arranqué sin dudarlo y lo guardé como oro en paño por si venían malos tiempos. En más de una ocasión, cuando veía a alguna amiga triste y desesperada se lo prestaba: esas palabras eran sanadoras del alma, tanto si  te habían dejado de querer como si eras tú la que sentías que el amor llegaba a su fin.

Por eso me gustaría hoy escribir un mensaje en una botella y tirarlo al mar confiando que alguna mujer que esté sufriendo lo encuentre y su lectura le ayude a recordar que el sol sale cada día  tras la oscuridad de la noche. Sólo hay que abrir la ventana y dejar entrar la luz.

Cuando realicé un trabajo de investigación sobre la violencia de género dentro de los Cursos de Doctorado, allá por 2002, eran cincuenta y cuatro las víctimas muertas a manos de sus parejas al cabo del año. La estadística apenas ha cambiado a pesar de las campañas del gobierno, las medidas legislativas y la acción judicial. Algo falla, es evidente.

De momento no es posible intervenir en el preciso momento en el que un hombre decide agredir o matar a su pareja para evitar el desenlace fatal al estilo de la película Minority Report. Tal vez sea una realidad muy pronto, ahora que la tecnología avanza a una velocidad de infarto. 

Pero sí hay opciones que están ahora a nuestro alcance y que debemos valorar.

Sí, te estoy hablando a ti,  que vives en una nube, casi tocando el cielo, y crees que el control de tu novio a través del móvil, los celos posesivos, las escenas de enfado y reconciliaciones épicas con flores y promesas o sus intentos de separarte de tus amigas o de tu propia familia no son más que un prueba irrefutable de su amor eterno. Aunque no quieras escuchar ni aceptar que esto no es querer, te diré que el amor es sobre todo libertad y que tienes toda la vida por delante para descubrirlo. No pierdas el tiempo con esa relación, no te conformes, no le disculpes, escapa ahora que estás a tiempo. Hay muchos peces en el mar. Decía Gabriel García Márquez que “ninguna persona merece tus lágrimas y quien las merezca no te hará llorar¨

Y también te hablo a ti, que sigues aferrada “como un naúfrago a la orilla de la espalda” de tu verdugo. Convéncete, no va a cambiar, no va a redimirse por ti. No eres Santa Teresa de Calcuta. No te resignes, no repartas culpas. Hay otra vida sin miedo, sin peleas, sin gritos, sin violencia. El matrimonio o la vida en pareja no es una novela de terror ni una experiencia destructiva.  Pelea por ti y haz las maletas. Eres más valiente de lo que imaginas.

A ti te estoy hablando también, la que finge que todo está perfecto, con una casa preciosa, unos niños ideales y un marido de anuncio, la que presume de una familia digna del Hola mientras sufre en silencio. No vale la pena. Puedes engañar a los demás pero tú sabes que el precio es demasiado alto. Él sólo es encantador con la gente de fuera. Pero en cuanto oyes la llave en la cerradura te pones a temblar. Cualquier tontería puede ser el detonante de su ira y tus cuatro paredes de diseño se convierten en un campo de batalla. Procuras apagar el fuego, darle la razón, seguirle la corriente…pero es inútil. Te llueven insultos y golpes. A veces le plantas cara y le reprochas su actitud. Pero entonces los gritos son atronadores, los platos vuelan mientras arde Troya en la cocina y piensas qué dirán vecinos. ¿Qué estás haciendo? Estás malgastando tu vida. Tira de una vez la vaquita por el precipicio y sal de tu falsa zona de confort. Despierta de ese sueño absurdo que te ha llevado a vivir una pesadilla y comprueba que hay miles de oportunidades ahí fuera. La vida es dura e imperfecta pero es tuya y te pertenece. 

A ti, que encadenas relaciones tóxicas con tipos clónicos que terminan tratándote como a un trapo y te dejan destrozada física y psicológicamente. Quizás deberías romper de una vez esta cadena y estar sola una temporada para pensar tranquilamente de quién quieres ir de la mano en el camino que tienes por delante. Como dice G. Marx “puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota”. Pues eso mismo pasa con los maltratadores.

Quiero hablarte a ti, madre, hermana, amiga, vecina: no dejes de insistir, de hacerle ver que ella vale mucho, que no tiene que aguantar…Aunque se enfade, aunque dé un portazo, aunque no te escuche. Por favor, dile que no está sola, que cuenta contigo y conmigo. Y denuncia, si es necesario.

Me dirijo a ti, que por fin has decidido dejarle. Que te has armado de valor y lo has contado todo. Las humillaciones y los moratones también. Un buen día que el espejo te devolvió una imagen que no reconocías: una piltrafa demacrada que no se parecía ni a tu sombra. No le perdones. No vuelvas a creerle. Ya le diste muchas oportunidades. Recuérdalo. No permitas que quebrante con tu consentimiento la orden de alojamiento. No paralices el procedimiento de separación. No retires la denuncia en el Juzgado. No mires atrás. Saldrás de ésta, no tengas miedo. Mantén el paso. Hazlo por ti. Por una vez piensa en ti.

Y, por supuesto, no vuelvas a recoger tus cosas sola, ni acompañada por una amiga. La policía irá contigo. No hay que bajar la guardia, mejor ser precavida.

Te hablo a ti, que has dejado de quererle y él lo sabe. Y no lo acepta. Y te suplica “no te vayas”.  Pero has encontrado a alguien que te quiere y te hace feliz. O no. Simplemente quieres estar sola, tranquila. Y te sientes culpable porque te chantajea con suicidarse. Y así pasan los días y todo sigue igual, porque amenaza con quitarte a los niños, con amargarte la vida. No te quiere, convéncete. Si lo hiciera te daría las alas para volar. 

Me gustaría hablarte a ti, que languideces poco a poco, a ti, que tu vampiro particular te ha ido robando el tiempo y las ganas, hasta abducirte por completo con sus artes sutiles de psicópata narcisista. Ha conseguido anularte. Apenas tienes momentos de lucidez en los que intentas recordar a ese tipo encantador del que te enamoraste y te preguntas cómo pudo esfumarse el amor loco que te profesaba. Aprovecha uno de esos instantes y pide ayuda antes de que sea demasiado tarde. Ya sabes que los vampiros no soportan la luz.

Por último os hablo a todas, para que aprendamos a querernos, a tener relaciones sanas, a no permitir que nadie pisotee nuestra dignidad y a ser felices solas o en compañía. Para que enseñemos a nuestros hijos a respetar y a ser respetados y sobre todo a querer y a ser queridos. Para que exijamos a los poderes públicos que nos escuchen, que nos crean y que nos protejan de nuestros peores enemigos.

Tal vez sea necesaria una nueva asignatura. En Canarias ya es obligatoria la educación emocional en los colegios. A ver si en la península tomamos ejemplo y enseñamos a los niños a desterrar la violencia, a resolver los conflictos dialogando y a dejar de considerar al otro como a alguien de nuestra propiedad.  Como en tantos temas, la educación es fundamental, un faro encendido que nos guía en nuestra travesía y nos alumbra en los momentos de lucha contra el oleaje, en las noches oscuras del alma.

EPOJÉ

Estaba yo tan relajada disfrutando de mi caos veraniego particular que la vuelta al cole me pilló totalmente desprevenida.

Después de surcar durante meses mares en calma, con una suave brisa a favor, mi barco tenía que enfrentarse a marejadas, mares gruesas y arboladas así de repente y sin solución de continuidad, sin apenas tiempo para tomar una decisión lúcida acerca de cómo capear el temporal que me sorprendía en plena travesía de regreso a casa.

A veces hay que esperar a que amaine para buscar un puerto seguro. Pero eso exige serenidad y conocimientos náuticos y yo carezco de ambos a partes iguales… Por lo que la situación ha sido crítica y me he sentido perdida entre el ímpetu del mar y el viento.

Hubo momentos en que pensé tirarme por la borda y dejar a este endeble cascarón de nuez perderse entre el oleaje definitivamente. Pero rendirse es de cobardes y debo continuar el viaje y perseguir mis sueños, como decía el poema.

Afirmaba Joseph Conrad que “los temporales tienen su propia personalidad y después de todo, tal vez ello no sea extraño, pues al fin y al cabo son adversarios cuyas artimañas debe uno desbaratar, cuya violencia debe uno resistir y, con los que, sin embargo, ha de vivir en la intimidad de las noches y los días”.

En la contienda se fueron al traste mi calculada actitud de Epojé y mi propósito otoñal de ataraxia total. Tuve que mojarme, como siempre que me salpica alguna injusticia. Y esta vez me tiré de cabeza con tanto impulso que llegué hasta el fondo. No tengo remedio. No sé mirar para otro lado, permanecer neutral como Suiza, impertérrita como una geisha o hierática como una esfinge. Y así me va…

Entre las diversas olas montañosas que tuve que navegar y vencer esos días, no podía divisar ni tampoco imaginar la ciclogénesis explosiva que se estaba preparando. Las nubes grises aparecieron en la reunión inicial de curso.

Como hija de la antigua EGB debo aclarar con carácter previo que nunca viví este grado de involucración y compromiso que se exige ahora a los padres. Los niños entonces no éramos el centro de atención: por norma general nuestros progenitores apenas pisaban el colegio salvo trastada grave; si te castigaba un profesor sería con razón y te volvían a castigar en casa por si acaso; si alguien te pegaba pues algo habrías hecho; si te enfadabas con un amigo ya lo arreglarías tú solito y si suspendías tendrías que haber estudiado más y te fastidiabas el verano. Y punto. Principio de intervención mínima. Y aquí paz y después gloria. A veces me pregunto cómo hemos podido llegar hasta aquí…

Pero ahora resulta que nos han dado vela en el entierro. Que si tutorías, que si reunión inicial, que si encuesta de satisfacción, que si Master Class de padres, que si charlas varias, que si grupo aleatorio de Brainstorming, que si plataforma de comunicación, que si fiesta de la familia, que si celebración de la Paz, de Navidad, de Carnaval, de Fin de Curso…(En mi caso multiplicado por tres, lo cual supone escuchar tres veces el mismo rollo y a analizar detenidamente los tics, gags, coletillas y gestos del orador en cuestión)

Todo esto nos ha llevado a considerar que tenemos derecho a opinar y a ser escuchados por el Centro en los temas que verdaderamente nos importan, que son básicamente la calidad de la educación que reciben nuestros hijos y el refuerzo de los valores que deben venir aprendidos de casa. 

El sistema ha conseguido que unas personas hechas y derechas, incluso profesionales relevantes estén agobiados por el examen de Mates, abrumados por los deberes de Social Science o se sepan de memoria la expresión oral de Lengua de su pequeño de siete años. También el menú de los comedores escolares es un motivo serio de preocupación. En una ocasión fui testigo de una conversación de más de una hora sobre la escasa aceptación del segundo plato de ese día y la conveniencia de poner una queja…¿Estamos locos? me preguntaba…el tema no no daba para más. Por no mencionar las actividades extra escolares y sus correspondientes competiciones que merecen un capítulo aparte.

Y por hacer autocrítica tal vez el sistema nos ha empujado a meternos donde nadie nos llamaba… Pero este es el precio que tienen que pagar por haber abierto la caja de los truenos.

También hay que añadir que acababa de terminar Merlí la noche anterior después de varias sesiones intensivas de tres capítulos de un tirón (tal era mi grado de enganche), una serie sobre las andanzas de un profesor de Filosofía que quiere hacer de sus alumnos de bachiller unos adultos críticos, que se cuestionen cuanto les rodea, recurriendo a veces a métodos poco ortodoxos que no dejan indiferentes al resto de profesores, padres y a los propios estudiantes de un instituto público barcelonés. Aún conservaba en la retina la libertad, el compañerismo, la solidaridad, la tolerancia, la humanidad y el debate constante y abierto que se respiraba en esas aulas y seguía conmocionada por su abrupto aunque coherente final.

Así que nada más entrar en el salón de actos se me cayó el alma a los pies. Una bienvenida tristona y sombría en un escenario oscuro, con caras serias y circunspectas que no presagiaban nada bueno.

El viento del norte me sacudió violentamente mientras escuchaba las novedades del curso y apenas podía sujetarme en los reposabrazos de la butaca.

La enésima constatación de que en muchas ocasiones el triunfo nada tiene que ver con las virtudes ni con los méritos siempre es desoladora y decepcionante. Pero si además te afecta especialmente por haber sufrido en tus carnes (o en las de tu hijo) las malas prácticas, modos e ira desatada y de todo punto injustificada de un personaje que ahora se presenta ante todos con un flamante cargo directivo bajo el brazo el dolor se vuelve casi insoportable. Que el Centro, teniendo constancia fehaciente de sus fechorías, le premie con un reconocimiento de este tipo es algo incomprensible, que escapa a cualquier intento de argumentación lógica y ética.

Pero aún había más. Y es que la sombra de la mediocridad se extiende como un vertido de fuel en el océano, formando una mancha perversa y pastosa que tiñe de negro el agua más pura y la arena más fina, con efectos devastadores e insospechados. Es tan mezquino intentar apagar a la gente que brilla con pretextos burdos e incoherentes en lugar de premiarla y valorarla como merece. Defender y ensalzar a quien no se esfuerza o es un incompetente no tiene excusa ni paliativos y no logra esconder la envidia que les mueve.

Para resumir la situación: A la profesora que más destacó, se preocupó y se desvivió por los alumnos el curso pasado, con un currículum impresionante y un montón de ideas innovadoras la apartaron a un lado y en su lugar pusieron al profesor que más quejas había recibido, incluso en Inspección. ¿Qué pretendía el Colegio con este movimiento? ¿Tal vez cortar las alas a la profesora excelente y disimular la incompetencia del profesor cuestionado? ¿Dar un golpe de autoridad en la mesa para demostrar a los padres que quejarse no vale de nada?

Pues bien, en este caso varios padres se indignaron de inmediato y se mostraron dispuestos a protestar de forma aparentemente unánime. Incluso alguien creó un grupo de Whatsapp y hubo ofrecimientos para redactar un escrito en nombre de todos.

Comenzó a llover con fuerza. Y aún arreció los días siguientes: la iniciativa resultó un auténtico fracaso cuando llegó la hora de firmar y retrató a más de uno: comenzaron a dividirse las opiniones, se asomó por la puerta el miedo a las represalias, se sucedieron las disculpas para no dar la cara bajo el disfraz de recelos, dudas, reticencias, peros, desacuerdo en comas y puntos y el famoso donde dije digo, digo Diego. 

La lluvia cesó por fin pero no salió el sol. No conseguimos nada. Las intenciones de lucha se fueron disipando y terminaron de desinflarse como un globo. Me temo que cualquier día la profesora pierda la ilusión y piense que no sale a cuenta el esfuerzo y la implicación.

El colegio no escuchó nuestras razones. Ni veló por el bienestar de los niños. De antemano sabía que tenía ganada la partida al jugar con las cartas de la intransigencia y del ordeno y mando, con su mantra de siempre: Nunca llovió que no escampara

Me acordaba entonces de mi Merlí y de las acciones colectivas de protesta en las que la unidad era sagrada e incuestionable y me deprimí profundamente, vislumbrando como única salida caer en brazos de la apatía y el desánimo.

Pero inesperadamente una fuerza interior que suele remolcarme en los casos graves de zozobra me hizo reaccionar y salir a flote. Las cosas no pueden quedar así, alguna vez tendrán que ganar los buenos, me dije. Y por intentarlo no pierdo nada. Así que he decidido aletear, como una inocente mariposa, a ver si algo cambia por fin en alguna parte.

MORIR DE ÉXITO (I)


Es nuestro momento, sin duda, y tenemos que aprovecharlo.

Siempre ha habido mujeres excepcionales que se adelantaron a su tiempo y que han sido ejemplo para la posteridad por diversos motivos: reinas, científicas, artistas, políticas, escritoras, espías, misioneras, filósofas, activistas, combatientes en mil frentes…Y otras muchas heroínas en la sombra que se rebelaron valientemente en silencio y con escasos medios a su alcance contra un destino impuesto sin que la hazaña se recogiera en ningún manual de Historia.

Pero el feminismo vive en este tiempo su época dorada, al menos en lo que se llama pomposamente “primer mundo”(en el resto aún hay mucho camino que recorrer). Nadie se atreve a poner en duda que la mujer sea igual que el hombre. O incluso mejor. Si a alguien se le ocurre pronunciar un comentario con tintes machistas se le cierra la boca o se le peta el twitter de inmediato y se le obliga a retractarse y a pedir perdón por su infamia fuera de lugar. 

Ahora que somos jefas, directoras, consejeras, empresarias, ministras, presidentas, portavozas, juezas, fiscalas, generalas de los ejércitos, astronautas, capitanas, mineras, deportistas de élite, camarógrafas, bomberas, mecánicas, maquinistas, taxistas, camioneras, ingenieras, estibadoras…

Ahora que sacamos mejor nota que ellos en cualquier carrera

Ahora que nuestra valía no se cuestiona por el hecho de ser mujer (salvo por algún cavernícola desubicado)

Ahora que nos convertimos en las candidatas favoritas para promocionar en las empresas tradicionalmente de hombres sin cuota femenina

Ahora que no se celebra el desfile de Victoria Secret y las participantes en el Certamen de Miss Universo no se exhiben en bañador y ya no tendremos que mortificarnos por no poseer esas medidas de infarto ni ser tan divinas de la muerte

Ahora que hasta un partido político se llama Unidas Podemos

Ahora que el género no entiende de sexo y hemos conseguido que muchos hombres se refieran a sí mismos en femenino

Ahora que el plural ha dejado de ser tiránico e inclusivo y cualquier discurso que se precie distingue entre ellos y ellas en todas las circunstancias posibles

Ahora que lucimos estupendamente sin depilar reivindicando que el pelo es bello donde quiera que esté mientras que ellos están cada vez más preocupados  por su aspecto y dispuestos a  someterse a la esclavitud del afeitado a lo largo de toda su anatomía

Ahora que los chicos se tienen que contener sus piropos y sus groserías porque ha dejado de estar bien visto o considerarse una ocurrencia más o menos simpática y espontánea

Ahora que no tienen que cedernos el paso o el asiento porque no somos florecillas delicadas que deban ser mimadas

Ahora que es posible engordar sin que se especule en voz alta sobre un hipotético embarazo

Ahora que logramos decidir libremente ser solteras y no tener hijos sin que nadie pueda comentar  de forma condescendiente que se nos está pasando el arroz

Ahora que no salimos en ningún anuncio realizando tareas del hogar, definitivamente asumidas por el hombre moderno ni se utiliza nuestro cuerpo escultural como reclamo publicitario

Ahora que las azafatas de eventos deportivos no están obligadas a ponerse faldita corta y pueden abrigarse si hace frío

Ahora que al vencedor no le besan dos chicas guapas en la entrega del trofeo

Ahora que las niñas eligen, si lo prefieren, pantalones de uniforme para el cole

Ahora que hemos dado el pecho a nuestros bebés en el Congreso

Ahora que conjugamos constantemente el verbo empoderar

Ahora que, siendo listas y preparadas, evitamos la cárcel alegando desconocer los negocios de nuestros maridos

Ahora que salimos a la calle en manada y sin pensarlo en defensa de cualquier hermana en apuros

Ahora que el movimiento Me Too recorre el mundo

Ahora que celebramos fraternalmente el Día Internacional de la Mujer Trabajadora…

Una súplica: Por favor, no desperdiciemos esta oportunidad y perdamos el norte de nuestras reivindicaciones y argumentos. Porque la noble causa de la lucha por la igualdad puede ser utilizada para cortarnos las alas de nuestra libertad, bien supremo que tanto esfuerzo nos ha costado alcanzar. Y acabemos muriendo de éxito.

Decía Hannah Arendt que “los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirlas”. Yo ahí lo dejo…

                                                                                         (Continuará)