Hace poco más de un año entré a formar parte de una bandada de madres gaviotas por pura casualidad. El nexo de unión fue, sin duda, el hecho accidental de llevar un tiempo sin volar por la falta de viento que empujara nuestras alas. Sobrevivíamos a duras penas, caminando en equilibrio al son de las olas, sin poder elevar la mirada y vislumbrar el panorama. Después de tantos años nos habíamos acostumbrado a ver el mundo a ras del suelo y las nubes nos daban vértigo: parecían un espejismo inalcanzable.
Creo que muchas teníamos un miedo
reverencial a volver a volar, tal era nuestra falta de práctica y la
resignación y el tedio que nos invadían.
Lo más dramático era el
aislamiento en el que nos encontrábamos, la pérdida del sistema de comunicación
y de contactos que nos diferenciaba de otras aves. Algunas estaban
prácticamente mudas.
Una leve brisa inesperada nos
reunió en esta playa. Poco a poco fuimos llegando tímidamente, volando bajo.
Nos miramos y nos reconocimos. Algunas exhibían, valientes, heridas de guerra entre
el plumaje. Otras teníamos cicatrices invisibles, de esas que sólo pueden ser
apreciadas por el corazón.
Desde entonces nos hemos
convertido en cómplices. Las palabras han vuelto a fluir, tejiendo una red que
nos une y nos impulsa hacia adelante. El miedo a las alturas se ha esfumado, hemos
tomado conciencia de que allí está nuestro lugar.
Juntas hemos descubierto que, a
veces, cuando el viento no es favorable no basta con invocar a Eolo para que
ruja el Mistral o el Cierzo azote, que los Alisios nos acunen o el Levante nos
enloquezca, que el Terral nos acaricie, la Galerna nos sacuda o el Poniente
sople a nuestro antojo. Tenemos que erguirnos y alzar el vuelo batiendo las
alas y llegar tan lejos como nos lleven nuestros sueños.
Y aquí estamos alzando el vuelo sobre el mar y mirando cara a cara a la línea perfecta del horizonte, que nos aguarda. Nadie podrá pararnos esta vez…
Hace unos días un buen amigo me “regañó” por no escribir con más
asiduidad. Y tenía toda la razón: pese a mis buenos propósitos de Año Nuevo el
tiempo se me escapa sin darme cuenta. Tempus fugit, como decía Virgilio
en sus versos.
Sigo sin encontrar ratos de paz ni momentos para mí. Me pierdo en la inercia de las olas y no termino de agarrar con fuerza el timón de mi barco… La vorágine de la rutina es brutal aunque absurda casi siempre. Antes de ser madre no imaginaba que se pudieran hacer tantas cosas en un solo día. Pero la mayor parte de las tareas que me ocupan son de las que suelo llamar “trabajos en beneficio de la comunidad”, labores cotidianas, ingratas y deslucidas que, al parecer, pasan desapercibidas para el ojo humano y que, además, el resto de la familia da por sentado que son de mi incumbencia exclusiva.
Tenía pensadas varias ideas para el Blog, una serie de posts con un hilo conductor pero hoy la actualidad se impone y he organizado un hueco en mi saturada agenda para contaros mi reciente y fatal desventura.
Esta temporada todo parecía ir viento en popa a toda vela. Por
fin había encontrado un trabajo maravilloso que me encantaba y tenía, además,
motivos personales de sobra para sentirme más feliz que una perdiz.
Pues bien, el martes había quedado con mi nuevo jefe en el despacho para recoger el ordenador portátil. Era el primer paso de una nueva vida. La mañana transcurría conforme a lo previsto. Incluso (milagrosamente) me disponía a salir de casa con tiempo suficiente para ir tranquila, cuando las cosas se empezaron a torcer al estilo “Bridget Jones”.
Justo al mirarme en el espejo de la entrada descubro que un
botón estratégico de la camisa había desaparecido por arte de magia de su ojal.
– “¡Mierda, el botón!-exclamé en voz alta con fastidio.
– “No pasa nada, mami”, “en plan, ¿ese no te lo ibas a abrochar,
no?”- preguntó inocentemente mi hija, quitándole importancia.
– “¡Pues claro que sí!”- le contesté con impaciencia. “Acércame,
por favor las gafas”-le pedí con cierto deje autoritario.
En ese preciso instante veo la luz: mis gafas de sol multiusos e
infalibles sujetarían la camisa una vez colocadas de forma conveniente.
– “No pasa nada, keep calm!”- me dije a mí misma mientras
me subía al coche, despreocupada y resuelta.
Había un montón de tráfico así que decidí dejar el coche en un
parking cercano para no ponerme nerviosa dando vueltas por el centro buscando
un sitio para aparcar. De paso podría sentarme un ratito en el coqueto café de
la esquina, que había descubierto el día de la primera entrevista, y conservar
ese estado zen anhelado y recomendable.
Efectivamente conseguí tomar un delicioso cafelillo y hasta tuve
ocasión de ir al baño a retocarme.
Allí mi control de la situación y mi supuesta templanza se
fueron al garete: descubro con horror que mi anillo había agujereado las
medias. (por qué se me habría ocurrido a última hora ponerme minifalda, maldita
sea).
Tratando de disimular el desastre, mis gafas, debido a la desgraciada ley de la gravedad se precipitaron al suelo, cayendo de la forma más peligrosa de todas las posibles, siguiendo las no menos inexorables leyes de nuestro amigo Murphy.
-“¡Mierda!-pensé por segunda vez esa mañana. “¡Lo que me faltaba!”- mientras comprobaba que las pobres gafas habían salido indemnes y rezaba en bajo para que el pequeño enganchón no se extendiera hasta hacerse visible para las miradas ajenas.
Por una vez mis plegarias fueron escuchadas y salí de la reunión
sin más sobresaltos. Recobrada la confianza en mí misma fui a hacer un par de
recados y luego a buscar a mis niños a casa para llevármelos a comer a un
centro comercial, donde nos reuniríamos con mi marido y aprovecharíamos para
hacer unas compras.
De camino, ya con mis pequeños a bordo, la mayor (que va sentada a mi lado en el asiento del copiloto) se pone a llorar sin motivo aparente. La someto a un tercer grado ¿Novio?, ¿Amigas?, ¿Estudios?… pero nada, no suelta prenda. Parece el típico bajón hormonal de la adolescencia. Opto por mi retahíla de piropos, mimos y palabras dulces pero no hay manera de calmarla. Por fin llegamos a nuestro destino y, en cuanto aparco el coche, le doy un fuerte abrazo y un montón de besos en esos mofletes tan lindos. Esto sí es efectivo, (menos mal): deja de llorar y se seca las últimas lágrimas. Resuelta la crisis respiro aliviada y me bajo del coche para comprobar que está dentro de la plaza. De pronto mi pie izquierdo resbala inesperadamente. Intento guardar el equilibrio pero no puedo: la caída es inminente e inevitable. Aterrizo como un Ecce Homo, con los brazos prácticamente en cruz (mi muñeca izquierda se apoya tímidamente en el suelo para tratar de amortiguar el impacto pero no tiene fuerza suficiente… nunca la ha tenido, ya en la clase de gimnasia en el cole no se me daba nada bien el ejercicio de colgarse de las espalderas: mis muñecas son diminutas y delicadas).
El desenlace es un golpetazo tremendo en la nariz. Para ser más
exactos, como le contó mi hija en un audio a alguien: un “hostión” en
toda regla. Por supuesto la reñí después convenientemente por el uso de esas
palabrotas, aunque tenía más razón que un santo, a decir verdad.
-“Ay, ay,ay… ¡Mierda!, qué dañoooo!”-me lamenté con voz lastimera sin poder mover un músculo.
Mis queridos polluelos vinieron a socorrerme asustados. Reconstruimos los hechos y vimos que la causa del accidente era una mancha enorme de aceite que, a simple vista, se confundía con un defecto de la pintura.
Me quitan la mascarilla y tengo sangre. Entran en pánico. Los pobres se movilizan angustiados para darme kleenex, coger mis cosas y avisar a su padre de mi peripecia.
Después de lavarme un poco en el aseo de la planta baja me empeñé en hacer una reclamación formal. Soy abogada por encima de todo. Así se lo hice saber a mi marido cuando me comentó discretamente que ya me valía ponerme a reclamar en lugar de ir directa a Urgencias.
-“Así soy”- le susurré mientras esperamos al responsable de seguridad. «Esta vez no es culpa mía y no pienso dejar las cosas así».
A continuación le resumí por lo bajo el control de la fuente de peligro, la comisión por omisión y todos los conceptos jurídicos que se me iban ocurriendo aplicables al caso. Lejos de tranquilizarle mi perorata debió surtir el efecto contrario e insistió en llevarme al hospital de inmediato. Quizás temía que con el golpe mi estado mental hubiera empeorado hasta el desvarío… no sé.
En la sala de espera tuve tiempo de reflexionar y de recordar la frase del filosófico y docto Diario de Bridget Jones: “Es una realidad como un templo que en el momento en que una parte de tu vida empieza a ir bien, otra se hace añicos”. En este caso mi nariz, para ser más exactos.
Lo cual me llevó a remememorar unas palabras de otra buena amiga. Al tratar de resumir su vida su vida comprobaba que a cada buena noticia, a cada estado de felicidad le sucedía un acontecimiento triste que le impedía disfrutar plenamente del momento de dicha. El destino caprichoso parece darnos una de cal y otra de arena.
Ojalá que “la arena” de esta buena racha sea este batacazo. Sólo
pido eso.
En
los últimos tiempos conjugamos más que nunca el verbo “rechazar”
en todas sus acepciones y soportamos en silencio el proceso que
arrastra consigo hasta convertirse en el temido y devastador
sustantivo “rechazo” que nos termina de hundir en las
profundidades del dolor y la frustración.
Desde que soñamos despiertos esta pesadilla de pandemia y salimos a la calle armados con geles hidroalcohólicos y con el escudo de la mascarilla marcamos una distancia de seguridad imaginaria que obliga al otro a retroceder como si fuera nuestro enemigo o un apestado del que conviene alejarse. Algunas personas incluso nos esquivan sin ningún disimulo o recriminan abiertamente a los demás metidos en su papel de guardianes de la moral y el orden (sus incumplimientos no cuentan, sólo ven la paja en el ojo ajeno: un día escuché a una señora que, después de reconocer abiertamente que cada fin de semana iba a su aldea a pesar del cierre perimetral de la ciudad con la excusa preparada de un problema en las tuberías, se jactaba de haber llamado la atención a unos jóvenes en una terraza por no ponerse la mascarilla inmediatamente después de beber del vaso) y ya ni siquiera cabe considerar estas conductas una muestra de mala educación. Tienen la bula del estrés pandémico y del miedo al contagio. Por supuesto no hablo de no respetar las normas, sino de llegar al extremo de erigirse en nuevos “ultraortodoxos” cívicos hasta los límites del desprecio a la ciencia. Pero no es este el peor sentido de la palabra rechazo.
Lo sutil suele ser aún más terrible que lo evidente. Comprobar que no te llaman, que no te aceptan, que no cuentan contigo … que no te quieren. Por mucha fuerza interior y muchos recursos psicológicos que tengas el rechazo invisible duele. Hakim Sanai nos intenta reconfortar en estos casos: «Si conoces tu propio valor ¿qué necesitas preocuparte sobre la aceptación o rechazo de los otros?” Pero a mí me afecta, no puedo evitarlo.
Ahora la vida se ha convertido en una sucesión de beneplácitos y rechazos. En el afán desmedido de las empresas de recabar datos y cumplir a rajatabla los preceptos del nuevo marketing que exige un feedback constante del cliente nos convertimos en jueces implacables a tiempo completo. Si adquirimos un producto tenemos que calificar a los pocos minutos cómo ha sido nuestra experiencia de compra, si nos atienden por teléfono para resolver cualquier trámite, nos piden esperar unos instantes al final de la conversación para puntuar la atención recibida, al abandonar un hotel recibimos a un correo electrónico para evaluar los servicios que ofrecen y que hemos utilizado, incluso al pagar en algún establecimiento la propia maquinita muestra una escala de grado de satisfacción a través de diferentes caritas que van desde el enfado a la sonrisa de oreja a oreja. Sinceramente, me parece cruel y poco fiable. Quizás nuestra aprobación o nuestro desagrado tenga repercusiones laborales para las personas involucradas. Y no sabemos nada acerca de quién es, qué situación atraviesa, qué problemas le preocupan… Y como si no tuviéramos bastante con este bombardeo de solicitudes de datos, mucha gente decide tomar la iniciativa y actuar como un crítico profesional de los restaurantes y establecimientos que visita, tomándose su tiempo para despacharse a gusto en las redes sociales sobre la calidad de la comida o su elaboración, el estado de las instalaciones, el trato dedicado, la limpieza, el ambiente… Cuando leo estas reseñas negativas me da mucha pena, pueden hundir la reputación de alguien que ha luchado mucho y que, simplemente, ha tenido un mal día. A veces me pregunto cómo viven esos comentaristas usurpadores, qué comen a diario, cómo son sus casas… igual tampoco pasaban la prueba del algodón. Pero como son clientes creen que tienen razón por defecto así como el peligroso súper poder de veto romano.
Buscar trabajo es una de la máximas expresiones de este tipo de sufrimiento. Nadie te explica por qué no eres seleccionado, qué competencias deberías mejorar, qué experiencia te sobra o cuál te falta, de qué soft skills careces… Sólo recibes la elocuencia del silencio: en este caso “no news” no son “good news”.
El rechazo no entiende de edad. Supongo que todos lo hemos padecido en algún momento de nuestra vida en una o en varias manifestaciones de su significado (aunque algunos nunca lo reconocerán en voz alta): un compañero del cole que te insulta o te pega, no resultar elegido delegado, no ganar un concurso, no ser seleccionado para algo, un amor no correspondido, un grupo del instituto que te hace el vacío, un profesor que te tiene manía, un compañero de trabajo que no te soporta, un jefe hostil y despiadado, un cliente borde, un proyecto personal que no se lleva a cabo, un ascenso denegado, propuestas descartadas, personas cercanas que te dan la espalda, una decisión vital incomprendida… Lo que nos diferencia es la forma de enfrentarlo y de encajarlo en nuestra memoria, en ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos que somos del que habla Borges: si nos ha servido para crecer, para aprender, para levantarnos con más impulso o por el contrario nos ha sumido en una profunda apatía.
Afirma
Eduardo Punset que “hemos
crecido en un entorno determinado y todo lo que sea diferente nos
causará (en primera instancia) desconfianza o rechazo”.
Lo malo es cuando lo diferente eres tú y eres, por tanto, el sujeto
paciente de este rechazo que muchas veces no comprendes…
Dice A. Camus
que “nadie se da cuenta de
que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para
ser normales”. Y estoy de
acuerdo. Es muy difícil sobrevivir en este absurdo que nos rodea.
La
acepción que más me gusta de la palabra rechazo es el de “vuelta
o retroceso que hace un cuerpo por encontrarse con alguna
resistencia”. Sí, hay veces en que nada se nos pone por delante y
rompemos barreras y moldes y lo que haga falta. Pero en otras
ocasiones el rechazo nos pilla con las defensas bajas y nos rendimos,
replegándonos de inmediato torpe y discretamente como un caracol. No
es una derrota final. Solo una batalla perdida. Necesitamos la
soledad de nuestro caparazón para encontrarnos de nuevo. Pronto
llegará el día en que atisbemos un rayo de sol y nos sintamos
preparados para salir a la arena con paso firme.
No podemos permitir que las palabras nos hagan daño. No deben detenernos ni impedirnos ver el horizonte. Aunque sean tan desoladoras como “rechazo“.
«Las palabras son solo piedras atravesando la corriente de un río. Si están allí es para que podamos llegar a la otra orilla, la otra orilla es lo que importa” J. Saramago
Ahora resulta que vivo desde hace tiempo plácidamente en un océano azul. Que he seguido, sin saberlo, los postulados de Sun Tzu, gurú de cabecera de todo ejecutivo que se precie, y que vengo practicando el arte de la guerra de ganar sin luchar: como un pececillo que escapa despavorido del océano rojo, infectado de tiburones y demás depredadores del mar, para disfrutar de la calma de un nuevo horizonte lleno de oportunidades y con una fauna menos densa y mucho más pacífica, alejándose del ruido y de las asechanzas continuas que le impedían ser feliz.
En este océano azul todo
es posible. No hay guerras cruentas ni competencia feroz. Es un nuevo
espacio donde desarrollar ideas y poder encontrar tu propio
abracadabra. El silencio permite escuchar tus pensamientos y mirar
con perspectiva, sin prisa, valorando detenidamente pros y contras,
flotar mirando pasar las nubes o navegar con el viento a favor, sin
apenas esfuerzo, sólo dejándote llevar por las olas.
Algo así como el “shinrin-yoku” japonés, adentrarte en el bosque donde todo es silencioso y tranquilo para relajarte y vivir en el “ukiyo” o mundo paralelo alejado de las preocupaciones cotidianas, buscando el “ikigai”, verdadera razón de vivir que te impulsa cada día a seguir adelante y a intentar aportar algo a los demás, eso que define tu esencia y por lo que te gustaría ser recordada. Un oasis de mar azul cristalino entre las aguas teñidas de rojo.
De casualidad he sabido
que esto en realidad es una teoría económica de gran éxito creada
en 2005 por W. Chan Kim y Renée Mauborgne que, en términos
generales, vino a contradecir el dicho popular de que los mares
tranquilos no hacen buenos marineros, descubriendo nuevas rutas de
navegación y nuevos puertos donde atracar a las empresas, alejándose
de los confines conocidos. Ahora que parece que economía y vida son
incompatibles, una disyuntiva fatal, un dilema moral y social que
obliga a los gobiernos a elegir entre salvar vidas o evitar que la
economía se hunda me gustaría recordar que son dos caras de la
misma moneda. Y que las estrategias para evitar el naufragio son las
mismas. Y que si hay que elegir a quién salvar, por favor,
quedémonos con la vida. Siempre. Sin pretextos. Porque nunca se ha
visto un océano sin peces. Porque la economía o gestión de la
casa, según su significado original, debe satisfacer las necesidades
humanas y no al revés.
Por distintas circunstancias quizás tenga que abandonar este maravilloso océano azul y regresar al océano ensangrentado de donde huí. O tal vez sean las olas rojas las que están acercándose poco a poco, amenazando a mi pobre barco… es confuso el límite entre ambos océanos… Escucho cantos de sirena que me despiertan e intentan atraerme y llevarme de vuelta a la jungla marina y a la tiranía de los tiburones blancos. Y no quiero. Cuando has vivido en un océano azul es difícil adaptarse de nuevo a la guerra sin cuartel, sobrevivir a las emboscadas diarias, no morder los anzuelos dorados, no clavarse cientos de espinas… Y sobre todo, es imposible recuperar la inocencia perdida y volver a creer en los cuentos de hadas.
Nada saldrá como habíamos planeado. No iremos a ese viaje sorpresa, no te comprarás un vestido nuevo, no irás de cena a celebrarlo, no te harás fotos en la playa, no te abrazarán tus amigos…
Intentaremos hacerte feliz en casa, con miles de mimos y besos, con una fiesta inventada de guirnaldas infinitas y globos imaginarios de alegres colores.
Dieciséis añitos…
Por fin podremos dedicarte tu canción favorita de Dani Martín…Incluso cambiarle la letra para que cuente que durante este tiempo te rebelaste contra el sol, cambiaste un poco el mundo para que fuera mejor y marcaste a paso firme el rumbo de tu vida, te disfrazaste sin ocultar apenas tu esencia, esa que te hace diferente y especial, fuiste valiente en todas las batallas que tuviste que enfrentar y nunca, nunca, te rendiste sin volverlo a intentar…
Quisiera hoy pintar un universo para ti de otro color, borrar las nubes grises y brindarte un horizonte azul de espuma blanca y barquitos de vela surcando el mar.
Pero estamos en medio de la pesadilla de un rodaje de película futurista con guión a medio escribir en la que todos somos actores forzosos y no hay ensayos ni posibilidad de repetición de tomas: es un Gran Hermano en tiempo real, grabado en vivo y en directo. Y no se ve el cielo: el decorado de cartón piedra oculta cualquier promesa de perspectiva alentadora.
Un buen día, sin previo aviso, alguien dijo: “Luces, cámara, acción” y dio un golpe seco de claqueta. Y así empezó todo…
Nuestras vidas se pararon, la tierra dejó de girar y se hizo la noche. Y ya nada volvió a ser como antes. Llegó el momento de mirar en nuestro interior, de crecer, de cambiar, de resurgir, de buscar nuestra verdad…un tiempo extraño, un paréntesis existencial, una especie de limbo etéreo de redención de la humanidad.
Aunque no nos queda mucho margen de acción, (somos sonámbulos que andan a ciegas en la oscuridad y desconocen al director, artífice y responsable de este delirio y también los verdaderos intereses de la productora) podemos elegir ser los protagonistas de esta historia o bien algún personaje secundario. De igual modo está a nuestro alcance escoger nuestra banda sonora particular y la luz que proyecte nuestros primeros planos. Y quién sabe, quizás desde este letargo, incluso seamos capaces de improvisar el final feliz de esta historia disparatada y cruel.
Y entonces podremos abrir de una vez los ojos para recuperar la vida y la libertad adormecidas y despertaremos de un sueño que nunca debimos soñar, sobre todo tú, mi niña, que sólo tienes 16 añitos y unas alas a punto de volar.
Estrenamos el año con sol deslumbrante y un cielo completamente azul: una invitación a pasear y a admirar el océano con calma, intentando descubrir algún delfín entre la espuma blanca y fantaseando con las historias y esperanzas que se alejaron de la costa buscando un final feliz, o, al menos, otro final distinto al que aquí les aguardaba.
Estaba absorta en estos pensamientos cuando, de pronto, a lo lejos, entre la bruma, distinguí un carguero rojo pintado con la técnica del sfumato en el cuadro perfecto del horizonte. Y me pareció un buen presagio.
Ya sé que es una rareza mía interpretar sucesos poco extraordinarios como señales inequívocas de buenas o malas noticias. Quizás la culpable de esta imaginación desbordante siempre dispuesta a volar sea la lectura de tantas novelas de realismo mágico. No sé…pero no lo puedo evitar. Una cigüeña volando hasta el nido, una tormenta de rayos fantasmagóricos, granizo el día de las Nieves (5 de agosto) cubriendo el paisaje con un manto blanco, un zorro que me mira desde la acera mientras conduzco, la picadura de una abeja negra, una rata muerta en el jardín de al lado, soñar que comía agujas de coser, el hallazgo casual de un olvidado papiro de la Pluma de Maat… todo son guiños que me dedica la naturaleza o el azar.
Lo cierto es que la visión del petrolero me animó a no rendirme tras mi último batacazo y a intentar buscar otro confín. Sabía que era prácticamente imposible ganar un premio literario con mi primera novela. Me había mentalizado durante meses como un marine con todo tipo de argumentos y entrenamientos lógicos y realistas. Probaría por si sonaba la flauta de causalidad, nada más. Pero aún así cuando publicaron el nombre de la ganadora y de la finalista me quedé chafada, para qué negarlo. Soy una ilusa, siempre lo he sido. Cómo pude creer que existía siquiera una posibilidad remota de competir con escritores consagrados, con contactos en el mundo literario y activistas reconocidos en diversas causas justas… En balde había diseñado mentalmente la portada, redactado el texto de la contraportada y de la hipotética solapa y buscado con mimo las palabras precisas de la dedicatoria… Lo dicho: un caso perdido.
En las bases del concurso se establecía que el autor debía enviar una nota biobibliográfica. Estuve un día entero pensando qué escribir sobre mí…Es muy difícil resumir tu vida en unas frases y reflejar en ellas tu verdadera personalidad.
Después de mi presentación personal: «Nací en … el .… Viví mi infancia y parte de mi juventud en …, donde cursé EGB, BUP y COU a la vez que asistía a clases de solfeo y piano y perfeccionaba el inglés con cursos y estancias en Inglaterra…«, seguí mezclando hechos con deseos e intereses: «Desde niña quise estudiar Derecho en la Universidad de… De esa época, además de la libertad recién estrenada y de la ingenuidad de mi mirada, recuerdo especialmente el Curso de Derecho Comunitario de la «Cátedra Jean Monnet» que me permitió apenas vislumbrar la magnitud y complejidad del proyecto de una Europa unida así como las clases de Derecho Penal que abrieron mi mente y formaron mi conciencia. Quizá por ello, junto con la idea de contribuir a que la Justicia deje de tener una venda en los ojos y sea igual para todos, decidí preparar la oposición a Judicaturas. No aprobé y ése es uno de mis sueños rotos. No obstante trabajé durante un tiempo como Jueza Sustituta y tuve la ocasión de comprobar cómo la teoría aprendida durante tantos años poco o nada tenía que ver con la realidad.
Enamorarme de mi marido y ser madre de tres hijos han sido mis mayores éxitos en la vida y la causa de aparcar temporalmente mi vida profesional y tomar un camino secundario que me permitiera dedicarles más tiempo y atención.
El destino nos trajo al norte, a …, ciudad en la que vivimos desde hace 18 años y donde hemos inventado nuestro sitio junto al mar.
Posteriormente decidí ampliar mis conocimientos jurídicos con la intención de cambiar de rumbo y reciclarme, realizando en la Universidad, los cursos de Doctorado en Derechos y Libertades Públicas, el Curso de Adaptación Pedagógica y un Máster en Asesoramiento Jurídico Empresarial, en el que elegí la especialidad de Derecho Medioambiental.
Las prácticas del Máster en la Asesoría Jurídica de un periódico me acercaron al mundo del Periodismo y de la Publicidad, experiencia de la que aprendí conocimientos y habilidades y gracias a la que comprobé la energía desbordante y el entusiasmo que traen los nuevos retos.
Cuando cumplí los cuarenta me vi arrastrada a iniciar un viaje interior siempre aplazado por el ritmo frenético de la vida en general y por mis circunstancias personales en particular. Este periplo me ha llevado a conocerme, a aceptar mis luces y mis sombras y a encontrar por fin un lugar en este mundo que nos ha tocado habitar.
No concibo la vida sin la elocuencia de las palabras y sin la emoción de la escritura, mi forma de expresión favorita. Traspasar la puerta que separa al lector consumado del escritor novato ha sido un tránsito apasionante, humilde y firme a la vez.
Recientemente he creado un Blog: ”www.laplumademaat.com» sin otra pretensión que compartir mis reflexiones con quien se sienta una nota discordante, un extraterrestre en un planeta hostil donde el pan y el circo imponen la tiranía de la mediocridad y apagan la luz de la razón.«
Me quedé bastante contenta con el resultado. Mi hija me dijo que ella me daría el premio sólo por la lectura de la presentación. Pero, claro, no es nada objetiva…
O quizás nadie llegó nunca a leerla… no sé qué pensar.
Hay otros mares y otros puertos. Sólo tengo que seguir al carguero rojo que se pierde entre las olas. Y eso es lo que haré…
"Somos lo que soñamos ser Y ese sueño, no es tanto una meta Como una energía Cada día es una crisálida
Cada día alumbra una metamorfosis Caemos, nos levantamos Cada día la vida empieza de nuevo La vida es un acto de resistencia y de reexistencia ...” (Manuel Rivas)
Hoy hace un año que comencé un viaje mar adentro, desafiando el oleaje “sin timón ni timonel” para perseguir el sueño de escribir palabras que alguien pudiera atrapar al vuelo.
Maat es la estrella que guía a mi corazón viajero cuando toca las nubes y también cuando se sumerge en la profundidad del océano.
Y yo que siempre he sido un pez de ciudad, debo reconocer que soy feliz navegando ligera de equipaje, sin más planes ni rumbo que seguir hacia el norte, donde el mar me lleve, como uno de esos cargueros rojos que rompen el horizonte.
Hoy voy a robarle a mi hija su voz. No se me ocurre mejor homenaje a este año de travesía:
“A mamá.
Porque siempre eres tú.
Otro aniversario más.
En el que me acompañas a estar sola,
me acompañas al silencio,
de charlar sin las palabras,
de saber que estás ahí y yo a tu lado.
Sigue nadando a contracorriente conmigo
Al fin y al cabo nadie dijo que ser la nota discordante y divergente fuese fácil.
Gracias por enseñarme a luchar y estar preparada para la guerra que es la vida.
A navegar con viento en contra, sin timón, desafiando al oleaje, contra todo pronóstico consiguiendo llegar todas las veces a puerto ya que siempre había una isla para resguardarse de la tempestad, y eras tú.
Por demostrarme lo que es querer a alguien incondicionalmente y de verdad.
Por reír y llorar conmigo cuando más falta me hacía y entenderme como nadie.
Por ser mi ejemplo a seguir y hacer la tristeza más pasajera. Las cosas bonitas no lo son tanto si no las comparto contigo. Mis logros son los tuyos y yo soy quien soy por ti.
No tengo sueños rotos porque me ayudas a coserlos y remendarlos haciéndolos posibles.
No le quites años a tu vida, y ponle vida a los años, que es mejor, aunque es inevitable el deseo de pasear por la calle Melancolía, hazlo de mi mano y contándome viejas historias casi olvidadas que aguardan a volver a salir a la luz de entre tus recuerdos.
Se cumple otro año en el que combates las injusticias y tratas de equilibrar la inestable balanza del bien y el mal de la sociedad. En el que aportas otra perspectiva a la rutina y cambias el color de mis días. En el que haces mi vida más feliz.
Feliz cumpleaños, mamá. Déjame decirte que te quiero, en todos los tiempos y modos del verbo, no como lo dicen tantos, no por presumir de poeta, solo quiero recordártelo.
Y, por último:
Tell me something girl, are you happy in this modern world?«
Aun conservo medio arrugado y un poco roto un artículo de Rosa Montero escrito en El País Semanal hace muchos años. Recuerdo que cuando lo leí me pareció una especie de biblia del desamor, un bálsamo para curar heridas y lucir una piel nueva, así que lo arranqué sin dudarlo y lo guardé como oro en paño por si venían malos tiempos. En más de una ocasión, cuando veía a alguna amiga triste y desesperada se lo prestaba: esas palabras eran sanadoras del alma, tanto si te habían dejado de querer como si eras tú la que sentías que el amor llegaba a su fin.
Por eso me gustaría hoy escribir un mensaje en una botella y tirarlo al mar confiando que alguna mujer que esté sufriendo lo encuentre y su lectura le ayude a recordar que el sol sale cada día tras la oscuridad de la noche. Sólo hay que abrir la ventana y dejar entrar la luz.
Cuando realicé un trabajo de investigación sobre la violencia de género dentro de los Cursos de Doctorado, allá por 2002, eran cincuenta y cuatro las víctimas muertas a manos de sus parejas al cabo del año. La estadística apenas ha cambiado a pesar de las campañas del gobierno, las medidas legislativas y la acción judicial. Algo falla, es evidente.
De momento no es posible intervenir en el preciso momento en el que un hombre decide agredir o matar a su pareja para evitar el desenlace fatal al estilo de la película Minority Report. Tal vez sea una realidad muy pronto, ahora que la tecnología avanza a una velocidad de infarto.
Pero sí hay opciones que están ahora a nuestro alcance y que debemos valorar.
Sí, te estoy hablando a ti, que vives en una nube, casi tocando el cielo, y crees que el control de tu novio a través del móvil, los celos posesivos, las escenas de enfado y reconciliaciones épicas con flores y promesas o sus intentos de separarte de tus amigas o de tu propia familia no son más que un prueba irrefutable de su amor eterno. Aunque no quieras escuchar ni aceptar que esto no es querer, te diré que el amor es sobre todo libertad y que tienes toda la vida por delante para descubrirlo. No pierdas el tiempo con esa relación, no te conformes, no le disculpes, escapa ahora que estás a tiempo. Hay muchos peces en el mar. Decía Gabriel García Márquez que “ninguna persona merece tus lágrimas y quien las merezca no te hará llorar¨
Y también te hablo a ti, que sigues aferrada “como un naúfrago a la orilla de la espalda” de tu verdugo. Convéncete, no va a cambiar, no va a redimirse por ti. No eres Santa Teresa de Calcuta. No te resignes, no repartas culpas. Hay otra vida sin miedo, sin peleas, sin gritos, sin violencia. El matrimonio o la vida en pareja no es una novela de terror ni una experiencia destructiva. Pelea por ti y haz las maletas. Eres más valiente de lo que imaginas.
A ti te estoy hablando también, la que finge que todo está perfecto, con una casa preciosa, unos niños ideales y un marido de anuncio, la que presume de una familia digna del Hola mientras sufre en silencio. No vale la pena. Puedes engañar a los demás pero tú sabes que el precio es demasiado alto. Él sólo es encantador con la gente de fuera. Pero en cuanto oyes la llave en la cerradura te pones a temblar. Cualquier tontería puede ser el detonante de su ira y tus cuatro paredes de diseño se convierten en un campo de batalla. Procuras apagar el fuego, darle la razón, seguirle la corriente…pero es inútil. Te llueven insultos y golpes. A veces le plantas cara y le reprochas su actitud. Pero entonces los gritos son atronadores, los platos vuelan mientras arde Troya en la cocina y piensas qué dirán vecinos. ¿Qué estás haciendo? Estás malgastando tu vida. Tira de una vez la vaquita por el precipicio y sal de tu falsa zona de confort. Despierta de ese sueño absurdo que te ha llevado a vivir una pesadilla y comprueba que hay miles de oportunidades ahí fuera. La vida es dura e imperfecta pero es tuya y te pertenece.
A ti, que encadenas relaciones tóxicas con tipos clónicos que terminan tratándote como a un trapo y te dejan destrozada física y psicológicamente. Quizás deberías romper de una vez esta cadena y estar sola una temporada para pensar tranquilamente de quién quieres ir de la mano en el camino que tienes por delante. Como dice G. Marx “puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje usted engañar, es realmente un idiota”. Pues eso mismo pasa con los maltratadores.
Quiero hablarte a ti, madre, hermana, amiga, vecina: no dejes de insistir, de hacerle ver que ella vale mucho, que no tiene que aguantar…Aunque se enfade, aunque dé un portazo, aunque no te escuche. Por favor, dile que no está sola, que cuenta contigo y conmigo. Y denuncia, si es necesario.
Me dirijo a ti, que por fin has decidido dejarle. Que te has armado de valor y lo has contado todo. Las humillaciones y los moratones también. Un buen día que el espejo te devolvió una imagen que no reconocías: una piltrafa demacrada que no se parecía ni a tu sombra. No le perdones. No vuelvas a creerle. Ya le diste muchas oportunidades. Recuérdalo. No permitas que quebrante con tu consentimiento la orden de alojamiento. No paralices el procedimiento de separación. No retires la denuncia en el Juzgado. No mires atrás. Saldrás de ésta, no tengas miedo. Mantén el paso. Hazlo por ti. Por una vez piensa en ti.
Y, por supuesto, no vuelvas a recoger tus cosas sola, ni acompañada por una amiga. La policía irá contigo. No hay que bajar la guardia, mejor ser precavida.
Te hablo a ti, que has dejado de quererle y él lo sabe. Y no lo acepta. Y te suplica “no te vayas”. Pero has encontrado a alguien que te quiere y te hace feliz. O no. Simplemente quieres estar sola, tranquila. Y te sientes culpable porque te chantajea con suicidarse. Y así pasan los días y todo sigue igual, porque amenaza con quitarte a los niños, con amargarte la vida. No te quiere, convéncete. Si lo hiciera te daría las alas para volar.
Me gustaría hablarte a ti, que languideces poco a poco, a ti, que tu vampiro particular te ha ido robando el tiempo y las ganas, hasta abducirte por completo con sus artes sutiles de psicópata narcisista. Ha conseguido anularte. Apenas tienes momentos de lucidez en los que intentas recordar a ese tipo encantador del que te enamoraste y te preguntas cómo pudo esfumarse el amor loco que te profesaba. Aprovecha uno de esos instantes y pide ayuda antes de que sea demasiado tarde. Ya sabes que los vampiros no soportan la luz.
Por último os hablo a todas, para que aprendamos a querernos, a tener relaciones sanas, a no permitir que nadie pisotee nuestra dignidad y a ser felices solas o en compañía. Para que enseñemos a nuestros hijos a respetar y a ser respetados y sobre todo a querer y a ser queridos. Para que exijamos a los poderes públicos que nos escuchen, que nos crean y que nos protejan de nuestros peores enemigos.
Tal vez sea necesaria una nueva asignatura. En Canarias ya es obligatoria la educación emocional en los colegios. A ver si en la península tomamos ejemplo y enseñamos a los niños a desterrar la violencia, a resolver los conflictos dialogando y a dejar de considerar al otro como a alguien de nuestra propiedad. Como en tantos temas, la educación es fundamental, un faro encendido que nos guía en nuestra travesía y nos alumbra en los momentos de lucha contra el oleaje, en las noches oscuras del alma.
Es nuestro momento, sin duda, y tenemos que aprovecharlo.
Siempre ha habido mujeres excepcionales que se adelantaron a su tiempo y que han sido ejemplo para la posteridad por diversos motivos: reinas, científicas, artistas, políticas, escritoras, espías, misioneras, filósofas, activistas, combatientes en mil frentes…Y otras muchas heroínas en la sombra que se rebelaron valientemente en silencio y con escasos medios a su alcance contra un destino impuesto sin que la hazaña se recogiera en ningún manual de Historia.
Pero el feminismo vive en este tiempo su época dorada, al menos en lo que se llama pomposamente “primer mundo”(en el resto aún hay mucho camino que recorrer). Nadie se atreve a poner en duda que la mujer sea igual que el hombre. O incluso mejor. Si a alguien se le ocurre pronunciar un comentario con tintes machistas se le cierra la boca o se le peta el twitter de inmediato y se le obliga a retractarse y a pedir perdón por su infamia fuera de lugar.
Ahora que somos jefas, directoras, consejeras, empresarias, ministras, presidentas, portavozas, juezas, fiscalas, generalas de los ejércitos, astronautas, capitanas, mineras, deportistas de élite, camarógrafas, bomberas, mecánicas, maquinistas, taxistas, camioneras, ingenieras, estibadoras…
Ahora que sacamos mejor nota que ellos en cualquier carrera
Ahora que nuestra valía no se cuestiona por el hecho de ser mujer (salvo por algún cavernícola desubicado)
Ahora que nos convertimos en las candidatas favoritas para promocionar en las empresas tradicionalmente de hombres sin cuota femenina
Ahora que no se celebra el desfile de Victoria Secret y las participantes en el Certamen de Miss Universo no se exhiben en bañador y ya no tendremos que mortificarnos por no poseer esas medidas de infarto ni ser tan divinas de la muerte
Ahora que hasta un partido político se llama Unidas Podemos
Ahora que el género no entiende de sexo y hemos conseguido que muchos hombres se refieran a sí mismos en femenino
Ahora que el plural ha dejado de ser tiránico e inclusivo y cualquier discurso que se precie distingue entre ellos y ellas en todas las circunstancias posibles
Ahora que lucimos estupendamente sin depilar reivindicando que el pelo es bello donde quiera que esté mientras que ellos están cada vez más preocupados por su aspecto y dispuestos a someterse a la esclavitud del afeitado a lo largo de toda su anatomía
Ahora que los chicos se tienen que contener sus piropos y sus groserías porque ha dejado de estar bien visto o considerarse una ocurrencia más o menos simpática y espontánea
Ahora que no tienen que cedernos el paso o el asiento porque no somos florecillas delicadas que deban ser mimadas
Ahora que es posible engordar sin que se especule en voz alta sobre un hipotético embarazo
Ahora que logramos decidir libremente ser solteras y no tener hijos sin que nadie pueda comentar de forma condescendiente que se nos está pasando el arroz
Ahora que no salimos en ningún anuncio realizando tareas del hogar, definitivamente asumidas por el hombre moderno ni se utiliza nuestro cuerpo escultural como reclamo publicitario
Ahora que las azafatas de eventos deportivos no están obligadas a ponerse faldita corta y pueden abrigarse si hace frío
Ahora que al vencedor no le besan dos chicas guapas en la entrega del trofeo
Ahora que las niñas eligen, si lo prefieren, pantalones de uniforme para el cole
Ahora que hemos dado el pecho a nuestros bebés en el Congreso
Ahora que conjugamos constantemente el verbo empoderar
Ahora que, siendo listas y preparadas, evitamos la cárcel alegando desconocer los negocios de nuestros maridos
Ahora que salimos a la calle en manada y sin pensarlo en defensa de cualquier hermana en apuros
Ahora que el movimiento Me Too recorre el mundo
Ahora que celebramos fraternalmente el Día Internacional de la Mujer Trabajadora…
Una súplica: Por favor, no desperdiciemos esta oportunidad y perdamos el norte de nuestras reivindicaciones y argumentos. Porque la noble causa de la lucha por la igualdad puede ser utilizada para cortarnos las alas de nuestra libertad, bien supremo que tanto esfuerzo nos ha costado alcanzar. Y acabemos muriendo de éxito.
Decía Hannah Arendt que “los movimientos totalitarios usan y abusan de las libertades democráticas con el fin de abolirlas”. Yo ahí lo dejo…
(Continuará)
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