ALZANDO EL VUELO

Hace poco más de un año entré a formar parte de una bandada de madres gaviotas por pura casualidad. El nexo de unión fue, sin duda, el hecho accidental de llevar un tiempo sin volar por la falta de viento que empujara nuestras alas. Sobrevivíamos a duras penas, caminando en equilibrio al son de las olas, sin poder elevar la mirada y vislumbrar el panorama. Después de tantos años nos habíamos acostumbrado a ver el mundo a ras del suelo y las nubes nos daban vértigo: parecían un espejismo inalcanzable.

Creo que muchas teníamos un miedo reverencial a volver a volar, tal era nuestra falta de práctica y la resignación y el tedio que nos invadían.

Lo más dramático era el aislamiento en el que nos encontrábamos, la pérdida del sistema de comunicación y de contactos que nos diferenciaba de otras aves. Algunas estaban prácticamente mudas.

Una leve brisa inesperada nos reunió en esta playa. Poco a poco fuimos llegando tímidamente, volando bajo. Nos miramos y nos reconocimos. Algunas exhibían, valientes, heridas de guerra entre el plumaje. Otras teníamos cicatrices invisibles, de esas que sólo pueden ser apreciadas por el corazón.

Desde entonces nos hemos convertido en cómplices. Las palabras han vuelto a fluir, tejiendo una red que nos une y nos impulsa hacia adelante. El miedo a las alturas se ha esfumado, hemos tomado conciencia de que allí está nuestro lugar.

Juntas hemos descubierto que, a veces, cuando el viento no es favorable no basta con invocar a Eolo para que ruja el Mistral o el Cierzo azote, que los Alisios nos acunen o el Levante nos enloquezca, que el Terral nos acaricie, la Galerna nos sacuda o el Poniente sople a nuestro antojo. Tenemos que erguirnos y alzar el vuelo batiendo las alas y llegar tan lejos como nos lleven nuestros sueños.

Y aquí estamos alzando el vuelo sobre el mar y mirando cara a cara a la línea perfecta del horizonte, que nos aguarda. Nadie podrá pararnos esta vez…

Shallow

Hoy hace un año que comencé un viaje mar adentro, desafiando el oleaje “sin timón ni timonel” para perseguir el sueño de escribir palabras que alguien pudiera atrapar al vuelo.

Maat es la estrella que guía a mi corazón viajero cuando toca las nubes y también cuando se sumerge en la profundidad del océano.

Y yo que siempre he sido un pez de ciudad, debo reconocer que soy feliz navegando ligera de equipaje, sin más planes ni rumbo que seguir hacia el norte, donde el mar me lleve, como uno de esos cargueros rojos que rompen el horizonte.

Hoy voy a robarle a mi hija su voz. No se me ocurre mejor homenaje a este año de travesía:

A mamá.

Porque siempre eres tú.

Otro aniversario más.

En el que me acompañas a estar sola,

me acompañas al silencio,

de charlar sin las palabras,

de saber que estás ahí y yo a tu lado.

Sigue nadando a contracorriente conmigo

Al fin y al cabo nadie dijo que ser la nota discordante y divergente fuese fácil. 

Gracias por enseñarme a luchar y estar preparada para la guerra que es la vida.

A navegar con viento en contra, sin timón, desafiando al oleaje, contra todo pronóstico consiguiendo llegar todas las veces a puerto ya que siempre había una isla para resguardarse de la tempestad, y eras tú. 

Por demostrarme lo que es querer a alguien incondicionalmente y de verdad.

Por reír y llorar conmigo cuando más falta me hacía y entenderme como nadie.

Por ser mi ejemplo a seguir y hacer la tristeza más pasajera. Las cosas bonitas no lo son tanto si no las comparto contigo. Mis logros son los tuyos y yo soy quien soy por ti.

No tengo sueños rotos porque me ayudas a coserlos y remendarlos haciéndolos posibles. 

No le quites años a tu vida, y ponle vida a los años, que es mejor, aunque es inevitable el deseo de pasear por la calle Melancolía, hazlo de mi mano y contándome viejas historias casi olvidadas que aguardan a volver a salir a la luz de entre tus recuerdos.

Se cumple otro año en el que combates las injusticias y tratas de equilibrar la inestable balanza del bien y el mal de la sociedad. En el que aportas otra perspectiva a la rutina y cambias el color de mis días. En el que haces mi vida más feliz.

Feliz cumpleaños, mamá. Déjame decirte que te quiero, en todos los tiempos y modos del verbo, no como lo dicen tantos, no por presumir de poeta, solo quiero recordártelo.

Y, por último:

Tell me something girl, are you happy in this modern world?«

LA SOLEDAD

Horizonte

Aunque no puedo estar más de acuerdo con la afirmación de Nietzsche de que ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo, tengo que reconocer que, a veces, es muy duro huir hacia adelante en solitario y ponerse el mundo por montera.

El otro día, mientras echaba un vistazo con mi hijo pequeño al tema de Inglés y repasábamos la construcción del futuro simple, surgió una conversación muy interesante. (Desde que soy madre me encanta ver el mundo desde los ojos de los niños, situarme en su perspectiva, siempre certera y original. Y recordar la niña que fui hace ya tantos años y mis propias inquietudes y  argumentos apabullantemente lógicos y sencillos. A menudo aprendo de ellos más que de muchos adultos…la pena es no tener a mano una libreta para anotar cada una de sus ocurrencias sublimes y de sus sentencias irrebatibles.)

Pues bien, uno de los ejercicios que debía hacer consistía en echar a volar su imaginación para responder varias preguntas sobre cómo sería su vida en 2050. Con una seguridad aplastante mi pequeño de 11 añitos contestó que estaría casado. Que ya tenía decidido que la boda sería en la catedral de Santiago de Compostela (lo cual me dejó pasmada porque ni siquiera vivimos allí) y que la celebración posterior sería justo al lado, cerquita, en el Parador de los Reyes Católicos (debió gustarle cuando estuvimos sentados en la terraza, tomando un café este verano, es la única explicación que se me ocurre). Contagiada por tanto despropósito le pregunté si quería que le ayudara con los preparativos y la organización del evento. Su respuesta fue inesperada y genial y me llevó de vuelta a la realidad: -“Mami, eso habrá que preguntárselo a mi novia, a ver si le parece bien, si ella quiere pues entonces sí”. Acerté a decirle-“Claro, hijo, así tiene que ser”.

Y siguió con su rollo: que tendría dos hijos, que no sabía en qué iba a trabajar, aunque esperaba no tener que hacerlo (se ve que ya abandonó su idea de convertirse en un científico loco, según sus propias palabras), y por tanto, no tendría que desplazarse en el coche volador que aparecía en la ilustración del tema. Nada sorprendente: es un poco “vaguete” y vivir del cuento resulta una aspiración coherente con su actitud vital.

Lo mejor vino con la pregunta sobre qué amigos tendría y cómo se comunicaría con ellos. Ni corto ni perezoso dijo de inmediato que no tendría amigos, que sería padre y no tendría tiempo. Ante mi sorpresa insistió: “¿no ves que papá no sale con amigos por ahí?”. -“Es verdad, no lo hace, pero eso no significa que no tenga amigos”- repliqué rauda y veloz.

Acorralado, se refirió a mí: “Tú tampoco sales casi, siempre estás cuidando de nosotros”.

Y añadió:- “Bueno, hablaré con mis amigos por la Play o por el móvil”. Y desapareció escaleras abajo, dispuesto a ver su programa favorito en la tele…

Y ahí me quedé yo, pensativa y perpleja. Es cierto. La soledad es peligrosa y adictiva. Como dice C. Jung, “una vez que te das cuenta de cuánta paz hay en ella no quieres lidiar con la gente”. Y aunque soy una persona sociable por naturaleza con frecuencia busco inconscientemente mi espacio en la soledad del océano. 

La última vez que fui de cena con unas amigas decidí que nunca más volvería a hacerlo. La velada fue un desastre. Dos de ellas discutieron por una auténtica tontería que resultó esconder reproches ancestrales sin resolver ni perdonar. Hubo lloros, escena de correr al baño, intentos inútiles de salvar la situación, silencios incómodos, recomposición de maquillaje, tensión en el ambiente y falso tupido velo final: un drama.

A mí se me hizo un nudo en el estómago por los nervios y no veía el momento de irme de allí corriendo. Esas situaciones me superan. También era mala suerte, para un día que me animaba a salir acabábamos como el rosario de la aurora. Pero no había llevado mi coche así que tuve que esperar. Yo creía que, después de lo ocurrido, todas, especialmente las ofensoras/ofendidas, estarían deseando retirarse y no prolongar la agonía. Pero me equivoqué. En el postre se abrazaron y acordaron ir a tomar una copa a un local cercano. Menos mal que mi choferesa tenía que madrugar y dijo que era hora de volver a casa. En ese momento la amé.

Pero todo esto es difícil de explicar a un niño. Son “mierdas” de mayores. Al cabo de un rato intenté decirle que “a veces, cuando un lazo se estrecha de más en lugar de unir corta lo que amarraba” y que por ello era conveniente mantener una distancia de seguridad y prudencia con las personas. Y también que no se preocupara, que “la verdadera amistad resiste el tiempo, la distancia y el silencio” como dice mi admirada Isabel Allende.

Pero no debí resultar muy convincente o simplemente no me escuchaba porque siguió erre que erre con que tenemos que salir más. Me temo que su preocupación no era tan sincera ni desinteresada y que tenía trampa: lo único que pretendía era jugar a la Play sin control en nuestra ausencia. Y yo rompiéndome la cabeza…

EPOJÉ

Estaba yo tan relajada disfrutando de mi caos veraniego particular que la vuelta al cole me pilló totalmente desprevenida.

Después de surcar durante meses mares en calma, con una suave brisa a favor, mi barco tenía que enfrentarse a marejadas, mares gruesas y arboladas así de repente y sin solución de continuidad, sin apenas tiempo para tomar una decisión lúcida acerca de cómo capear el temporal que me sorprendía en plena travesía de regreso a casa.

A veces hay que esperar a que amaine para buscar un puerto seguro. Pero eso exige serenidad y conocimientos náuticos y yo carezco de ambos a partes iguales… Por lo que la situación ha sido crítica y me he sentido perdida entre el ímpetu del mar y el viento.

Hubo momentos en que pensé tirarme por la borda y dejar a este endeble cascarón de nuez perderse entre el oleaje definitivamente. Pero rendirse es de cobardes y debo continuar el viaje y perseguir mis sueños, como decía el poema.

Afirmaba Joseph Conrad que “los temporales tienen su propia personalidad y después de todo, tal vez ello no sea extraño, pues al fin y al cabo son adversarios cuyas artimañas debe uno desbaratar, cuya violencia debe uno resistir y, con los que, sin embargo, ha de vivir en la intimidad de las noches y los días”.

En la contienda se fueron al traste mi calculada actitud de Epojé y mi propósito otoñal de ataraxia total. Tuve que mojarme, como siempre que me salpica alguna injusticia. Y esta vez me tiré de cabeza con tanto impulso que llegué hasta el fondo. No tengo remedio. No sé mirar para otro lado, permanecer neutral como Suiza, impertérrita como una geisha o hierática como una esfinge. Y así me va…

Entre las diversas olas montañosas que tuve que navegar y vencer esos días, no podía divisar ni tampoco imaginar la ciclogénesis explosiva que se estaba preparando. Las nubes grises aparecieron en la reunión inicial de curso.

Como hija de la antigua EGB debo aclarar con carácter previo que nunca viví este grado de involucración y compromiso que se exige ahora a los padres. Los niños entonces no éramos el centro de atención: por norma general nuestros progenitores apenas pisaban el colegio salvo trastada grave; si te castigaba un profesor sería con razón y te volvían a castigar en casa por si acaso; si alguien te pegaba pues algo habrías hecho; si te enfadabas con un amigo ya lo arreglarías tú solito y si suspendías tendrías que haber estudiado más y te fastidiabas el verano. Y punto. Principio de intervención mínima. Y aquí paz y después gloria. A veces me pregunto cómo hemos podido llegar hasta aquí…

Pero ahora resulta que nos han dado vela en el entierro. Que si tutorías, que si reunión inicial, que si encuesta de satisfacción, que si Master Class de padres, que si charlas varias, que si grupo aleatorio de Brainstorming, que si plataforma de comunicación, que si fiesta de la familia, que si celebración de la Paz, de Navidad, de Carnaval, de Fin de Curso…(En mi caso multiplicado por tres, lo cual supone escuchar tres veces el mismo rollo y a analizar detenidamente los tics, gags, coletillas y gestos del orador en cuestión)

Todo esto nos ha llevado a considerar que tenemos derecho a opinar y a ser escuchados por el Centro en los temas que verdaderamente nos importan, que son básicamente la calidad de la educación que reciben nuestros hijos y el refuerzo de los valores que deben venir aprendidos de casa. 

El sistema ha conseguido que unas personas hechas y derechas, incluso profesionales relevantes estén agobiados por el examen de Mates, abrumados por los deberes de Social Science o se sepan de memoria la expresión oral de Lengua de su pequeño de siete años. También el menú de los comedores escolares es un motivo serio de preocupación. En una ocasión fui testigo de una conversación de más de una hora sobre la escasa aceptación del segundo plato de ese día y la conveniencia de poner una queja…¿Estamos locos? me preguntaba…el tema no no daba para más. Por no mencionar las actividades extra escolares y sus correspondientes competiciones que merecen un capítulo aparte.

Y por hacer autocrítica tal vez el sistema nos ha empujado a meternos donde nadie nos llamaba… Pero este es el precio que tienen que pagar por haber abierto la caja de los truenos.

También hay que añadir que acababa de terminar Merlí la noche anterior después de varias sesiones intensivas de tres capítulos de un tirón (tal era mi grado de enganche), una serie sobre las andanzas de un profesor de Filosofía que quiere hacer de sus alumnos de bachiller unos adultos críticos, que se cuestionen cuanto les rodea, recurriendo a veces a métodos poco ortodoxos que no dejan indiferentes al resto de profesores, padres y a los propios estudiantes de un instituto público barcelonés. Aún conservaba en la retina la libertad, el compañerismo, la solidaridad, la tolerancia, la humanidad y el debate constante y abierto que se respiraba en esas aulas y seguía conmocionada por su abrupto aunque coherente final.

Así que nada más entrar en el salón de actos se me cayó el alma a los pies. Una bienvenida tristona y sombría en un escenario oscuro, con caras serias y circunspectas que no presagiaban nada bueno.

El viento del norte me sacudió violentamente mientras escuchaba las novedades del curso y apenas podía sujetarme en los reposabrazos de la butaca.

La enésima constatación de que en muchas ocasiones el triunfo nada tiene que ver con las virtudes ni con los méritos siempre es desoladora y decepcionante. Pero si además te afecta especialmente por haber sufrido en tus carnes (o en las de tu hijo) las malas prácticas, modos e ira desatada y de todo punto injustificada de un personaje que ahora se presenta ante todos con un flamante cargo directivo bajo el brazo el dolor se vuelve casi insoportable. Que el Centro, teniendo constancia fehaciente de sus fechorías, le premie con un reconocimiento de este tipo es algo incomprensible, que escapa a cualquier intento de argumentación lógica y ética.

Pero aún había más. Y es que la sombra de la mediocridad se extiende como un vertido de fuel en el océano, formando una mancha perversa y pastosa que tiñe de negro el agua más pura y la arena más fina, con efectos devastadores e insospechados. Es tan mezquino intentar apagar a la gente que brilla con pretextos burdos e incoherentes en lugar de premiarla y valorarla como merece. Defender y ensalzar a quien no se esfuerza o es un incompetente no tiene excusa ni paliativos y no logra esconder la envidia que les mueve.

Para resumir la situación: A la profesora que más destacó, se preocupó y se desvivió por los alumnos el curso pasado, con un currículum impresionante y un montón de ideas innovadoras la apartaron a un lado y en su lugar pusieron al profesor que más quejas había recibido, incluso en Inspección. ¿Qué pretendía el Colegio con este movimiento? ¿Tal vez cortar las alas a la profesora excelente y disimular la incompetencia del profesor cuestionado? ¿Dar un golpe de autoridad en la mesa para demostrar a los padres que quejarse no vale de nada?

Pues bien, en este caso varios padres se indignaron de inmediato y se mostraron dispuestos a protestar de forma aparentemente unánime. Incluso alguien creó un grupo de Whatsapp y hubo ofrecimientos para redactar un escrito en nombre de todos.

Comenzó a llover con fuerza. Y aún arreció los días siguientes: la iniciativa resultó un auténtico fracaso cuando llegó la hora de firmar y retrató a más de uno: comenzaron a dividirse las opiniones, se asomó por la puerta el miedo a las represalias, se sucedieron las disculpas para no dar la cara bajo el disfraz de recelos, dudas, reticencias, peros, desacuerdo en comas y puntos y el famoso donde dije digo, digo Diego. 

La lluvia cesó por fin pero no salió el sol. No conseguimos nada. Las intenciones de lucha se fueron disipando y terminaron de desinflarse como un globo. Me temo que cualquier día la profesora pierda la ilusión y piense que no sale a cuenta el esfuerzo y la implicación.

El colegio no escuchó nuestras razones. Ni veló por el bienestar de los niños. De antemano sabía que tenía ganada la partida al jugar con las cartas de la intransigencia y del ordeno y mando, con su mantra de siempre: Nunca llovió que no escampara

Me acordaba entonces de mi Merlí y de las acciones colectivas de protesta en las que la unidad era sagrada e incuestionable y me deprimí profundamente, vislumbrando como única salida caer en brazos de la apatía y el desánimo.

Pero inesperadamente una fuerza interior que suele remolcarme en los casos graves de zozobra me hizo reaccionar y salir a flote. Las cosas no pueden quedar así, alguna vez tendrán que ganar los buenos, me dije. Y por intentarlo no pierdo nada. Así que he decidido aletear, como una inocente mariposa, a ver si algo cambia por fin en alguna parte.

LAS NUBES GRISES

Me pregunto a quién pretendo engañar…

Pese a los buenos pronósticos e intenciones y a las condiciones favorables de la navegación, las vacaciones en mi barco nunca resultaron idílicas ni mucho menos perfectas. Además de algún abordaje intempestivo por parte del pirata de turno sin respeto por el descanso ajeno, los propios tripulantes, especialmente los pequeños grumetes, consiguen arruinar cualquier oasis soñado.

Así es la vida. No todo iba a ser sol, cielo azul, mar en calma y estado zen…Como dice mi amigo Ricardo “las nubes grises también forman parte del paisaje”.

Con perspectiva parecen anécdotas divertidas…A los niños les encanta recordarlas y se sienten orgullosos de su intervención protagonista y decisiva en esta epopeya particular.

Sus entradas triunfales en los hoteles son dignas de comedia americana de sobremesa y presagio inequívoco y negro de lo que nos espera en la estancia: subirse a las maletas de ruedas y caer mientras nos entregan las llaves de la habitación, terminar en un segundo dentro de una fuente decorativa de la recepción, tirar de una cortina y de paso mancharla de chocolate, llenarse de barro hasta las orejas de forma inexplicable en una exclusiva y silenciosa piscina de un Parador mientras nos reciben con un refresco o quedar atrapado un tierno piececillo en la misma puerta giratoria de entrada desatando en mí una fuerza insospechada de madre coraje capaz de elevarla a pulso para salvar a mi pequeño ante la lentitud del personal son algunos ejemplos ilustrativos de lo que estoy hablando.

Simplemente quieres que te trague la tierra y que nadie sepa que son de tu familia. De nada sirve advertirles previamente, amenazarles o incluso sobornarles…te ponen en evidencia sin contemplaciones y ya está. No queda más remedio que resignarse y aceptarlo: quizás es culpa tuya…no ves a nadie más dando la nota…¿¿¿Estarás educándoles bien???

Las horas de comer también son momentos peliagudos. La elegancia del restaurante es directamente proporcional a su mal comportamiento. Comprobado. Es una ley no escrita que se cumple inexorablemente. Han llegado a dormirse cual angelitos encima del plato durante la espera en una ceremoniosa y elaborada (también carísima) cena inglesa sin llegar a probar bocado, a amargar la tranquilidad del desayuno de unos complejos y misteriosos personajes de novela de Ágatha Christie, a provocar incendios en las tostadoras por su mal entendido espíritu de independencia y a corretear por los asientos de un antiguo refectorio de un convento del siglo XVI obligándome a dejar la comida a medias y a salir de allí a toda prisa antes de que nos echaran por vándalos.

El resto del tiempo… pues hay de todo, la verdad. Como los alaridos de pánico y lloros a pleno pulmón al pasar delante de unas armaduras decoradas por algún ser maquiavélico con inquietantes luces rojas a modo de ojos diabólicos destelleantes entre el casco de hierro, o el nerviosismo al atravesar el claustro para llegar a nuestra habitación después de cenar, lleno de murciélagos volando en la oscuridad (debo reconocer que en este caso estaba más que disculpado… yo me contenía de puro milagro e incluso valoré detenidamente la idea de pasar de la cena) o como el mal rato que pasé durante la visita guiada por el Monasterio de Yuste cuando llegué a pensar que iban a a destrozar el mobiliario que con tanto mimo y cuidado habían traído de Flandes hace cinco siglos los fieles servidores del Rey Carlos I de España y V de Alemania o el dolor de cabeza insoportable que me acompañó en la Semifinal del Open de Tenis de Madrid por motivos que afortunadamente olvidé pero que me llevaron a desear ser ingresada en un hospital como plan alternativo mucho más apetecible. Muchas veces me digo a mí misma que en casa estábamos mejor, que para qué se me ocurriría ir a ninguna parte. Que eso no son vacaciones ni nada que se parezca. Me estoy acordando de los momentos de angustia que vivimos cuando Zipi se perdió en una kilométrica playa de Cádiz mientras estábamos atareados construyendo un delfín de arena para darle el capricho. Y del miedo que pasamos tras el hallazgo de un escorpión en la habitación de los niños…Vaya nochecita, los cinco en nuestra cama…También de París, cuando Zape rompió de una patada la nariz de un horrible perro de diseño de material indescriptible y tuvimos que pegarla y rezar para que no nos reclamaran un dineral por los desperfectos causados. Por no hablar de aquella noche tan romántica y mágica en la que el Director del Observatorio de Jaén nos enseñaba a los huéspedes del hotel las constelaciones y varios secretos del cosmos y que terminaron por fastidiarnos: que si tenían frío (fuimos por abrigos y mantas), luego hambre (les trajimos galletas) y por último sueño (se durmieron en una tumbona de la piscina)…

No voy a mencionar el tema heridas e incidentes en Urgencias…Otro día, no quiero que estas líneas se conviertan en un auténtico drama…

Con todo, no cambio mis vacaciones por nada. Son momentos únicos e intransferibles que forman parte de nuestra imperfecta existencia familiar. Sonrisas y lágrimas. Rosas con espinas. Sol espléndido y nubes grises. La vida misma.

A fin de cuentas está de moda el Wabi-Sabi

BUCEANDO POR LA MENTE Y POR EL CORAZÓN

Al pensar en la palabra Educación me vienen a la cabeza los versos de uno de mis poemas favoritos… 

“Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de tí.
Perdóname el dolor alguna vez.
Es que quiero sacar
de tí tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú

en su busca vendrás, a lo alto…”

Por supuesto Pedro Salinas no se refería a la relación educador-educando pero, sin duda, en el proceso de instrucción y enseñanza es fundamental la conexión entre los implicados y la formación y vocación del docente para conseguir sacar a la luz las cualidades, destrezas, habilidades y talentos del alumno y para provocar a la vez su interés e ilusión por saber así como una admiración incondicional. Una ardua pero maravillosa tarea. 

Fue un alivio leer las opiniones en este sentido de Inger Enkvist, profesora y pedagoga sueca, defendiendo que la escuela es un sitio para aprender a pensar sobre la base de los datos, en el que existen reglas, es necesario el esfuerzo y el orden y el maestro es la autoridad que hay que respetar tanto como a los compañeros. Pensaba que no había voces autorizadas que se atrevieran a poner en cuestión la pedagogía moderna de un modo tan claro. Y no es que yo esté en contra de nuevas metodologías y avances tecnológicos. Ni mucho menos. Pero tampoco creo que haya que hacer “tabula rasa” y despreciar cualquier sistema que suene a tradicional. Seguramente en un punto medio se encuentre la solución, la piedra filosofal que nos catapulte a los primeros puestos del famoso informe Pisa.

El tema de la Educación es una de las asignaturas pendientes de nuestro país, lo cual es una lástima porque se trata de una materia troncal para la sociedad. El sistema educativo y el papel que otorga el Estado a sus profesores son su carta de presentación y su “marca” más valiosa.

Podemos perdernos en debates sobre enseñanza pública o concertada, religión sí o no, uso de las tecnologías, proyectos cooperativos, falta de medios de todo tipo, bilingüismo o plurilingüismo, diversidad, integración e inclusión de alumnos con discapacidad o capacidades diferentes y un largo etcétera de temas necesarios e importantísimos.

Pero no podemos olvidar la esencia: los sujetos activo y pasivo del verbo educar. Y tratar de conseguir que el educador se suba a la mesa “para recordar que hay que mirar las cosas de un modo diferente” como hacía el entrañable profesor de “El club de los poetas muertos” y que el alumno llegue cada día al colegio en condiciones óptimas para estudiar y formarse, le respete y se deje llevar de su mano para poder volar más tarde solo.

Como madre la educación de mis hijos es un reto diario, una de las labores de Penélope que nunca se acaba y que me desespera en muchas, muchísimas ocasiones. No pretendo que un colegio ni el propio Estado asuma mi responsabilidad. Sólo que caminemos juntos en la misma dirección. Que los niños entiendan que el esfuerzo tiene siempre recompensa, que la excelencia es un hábito, que el conocimiento nos hace libres, que los valores son el norte que debe guiar sus pasos y que, en definitiva, la educación es nuestro mejor traje para andar por el mundo. Que, en esta hora de los mediocres, no les corten las alas a los alumnos brillantes para obligarles a planear a la misma altura que el resto y les permitan llegar tan lejos como sus sueños y conquistar el cielo, cualquiera que sea; sin dejar de atender por otro lado a los que necesitan algún empujón para despegar y mantenerse en el aire a velocidad de crucero. Que se dignifique y reconozca la tarea del profesor porque muchos de ellos han marcado nuestras vidas para bien o para mal. Aunque no lo sepamos.

“Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”.
Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz.

¡PAREN EL MUNDO QUE ME QUIERO BAJAR!

Confieso que comencé este viaje de forma un poco precipitada, sin apenas equipaje, sin valorar detenidamente los pros y los contras, sin destino cierto, y, lo que es aún más grave, sin tener ni idea de navegar…

Y es que hay decisiones intranscendentes a las que dedico horas de meditación y otras verdaderamente esenciales que tomo al instante, siguiendo un impulso irrefrenable. Así soy yo y mis contradicciones. Me lanzo como una loca y que salga el sol por donde quiera. Casi nunca me preocupo de colocar una red que amortigüe la caída y el batacazo es colosal.  Pero hay ocasiones en las que logro realizar una pirueta en el aire de forma improvisada y caigo de pie contra todo pronóstico, lo que me anima a arriesgar la próxima vez.

Otra de esas aventuras emprendidas de forma impetuosa e irreflexiva fue la de ser madre. Y no contenta con el paquete básico, que hubiera sido más que suficiente, me apunté sin dudarlo a la excursión opcional de deporte extremo conocida como familia numerosa.

Así, sin preparación física ni mental, sin plan previo de prevención de riesgos, sin experiencia de ningún tipo (soy hija única y nunca fui canguro, ni siquiera un ratito), sin supervisión por ningún profesional cualificado, a excepción del pediatra en los momentos más críticos, y con un índice de supervivencia primitiva de suspenso bajo nos encontramos después de 4 años y tres meses con tres criaturas que atender a tiempo completo. Una auténtica insensatez.

Toda la culpa fue de las películas americanas que me llenaron la cabeza de pájaros. Deberían prohibirlas o incluir una advertencia al final aclarando que la realidad no tiene NADA que ver con la ficción. Creí ingenuamente que todo sería fácil y divertido, una fiesta continua de risas, mimos y simpáticas travesuras. Por supuesto que no se me ocurrió pensar, ni siquiera imaginar, en ningún momento cuestiones de índole práctica como avituallamiento, logística, desplazamientos o protocolo de emergencias (nuestra previsión únicamente consistió en comprar un monovolumen gigante y un nuevo chasis gemelar para colocar capazo y silla, lo cual fue de todo punto insuficiente). Hemos tenido que improvisar una vez más.

Como en cualquier actividad de riesgo las emociones han sido muy intensas y variadas. La real o aparente peligrosidad y las condiciones adversas que van surgiendo te llevan a vivir en una especie de montaña rusa anímica agotadora. No sé cuanta adrenalina he podido segregar en estos años de alerta permanente. Muchas veces he creído estar a punto de sufrir un infarto, pero no, el corazón aguanta el ritmo por el momento. Hay días en que he querido gritar como Mafalda ¡PAREN EL MUNDO QUE ME QUIERO BAJAR!”.  Pero esta aventura no tiene final ni vuelta atrás y hay que intentar sobrellevar la presión. Ha habido sonrisas, lágrimas, treguas, enfados, noches en vela, celebraciones, sacrificios, recompensas, besos, castigos, sorpresas, rutinas, cansancio, energía…de todo un poco, incluso en la misma jornada. Hemos subido montañas, y superado mil cimas,  surfeado aguas procelosas y salido a flote siempre de una u otra manera, saltado al vacío y resultado ilesos o con alguna herida de guerra y nos hemos adentrado en cuevas oscuras en las que tuvimos que buscar desesperadamente la luz.

Después de todo este tiempo de práctica sigo siendo una aprendiz. Nunca llegas a dominar el arte de ser madre, ni siquiera el nivel amateur.  Aún tengo muchas habilidades y estrategias que perfeccionar. El entrenamiento es muy duro pero cuento con tres preparadores personales de excepción que me exigen dar lo mejor de mí cada día y no me dan un respiro. Me están enseñando a crecer y a mirar el mundo con sus ojos de niño. No es una tarea fácil. Ahora me doy cuenta de lo inmadura que era antes de conocerles.

Recuerdo que al principio tenía dudas de todo. Y miedo de hacerlo mal. Escuchaba las charlas magistrales de otras madres en el parque sobre purés, pañales, horarios de baño, rutina de sueño, juegos, rabietas y demás temas infantiles  y me sentía abrumada y perdida. Cómo podían hablar con tanta autoridad… Y tan largo y tendido sobre cualquier cuestión. Temía ser la peor madre y tener que cargar para siempre con las consecuencias futuras de mi irresponsabilidad. Con el tiempo fui adquiriendo confianza en mí misma y dejaron de intimidarme ese tipo de conversaciones. Apuntaba mentalmente los datos que me parecían interesantes y compatibles con mis aptitudes y rebatía en silencio las afirmaciones con las que no estaba de acuerdo o desconectaba sin más. Mis pobres conejillos de Indias iban creciendo y llevando a cabo sus funciones vitales con relativa normalidad y eso me tranquilizaba en cierta medida.

Confieso que cuando nacieron su padre me advirtió que esto sería la guerra, que eran tres contra dos y que debía educarles manu militari porque si no se apoderarían de mí. Pero no le hice caso. Nunca pude plantear nuestra relación como una contienda bélica aunque en muchas ocasiones haya ardido Troya en ambos bandos. La disciplina militar me hubiera sido de gran ayuda, lo reconozco, pero no tengo el carácter apropiado para imponerla. Soy más de razonar y de dialogar, de preguntarles su opinión y de intentar adaptarme a las singularidades de cada uno. Resumiendo, que he criado a tres hijos únicos y que en el pecado llevo la penitencia. No me arrepiento. Y lo asumo. Ser madre ya forma parte de mi ADN sin remedio. La preocupación y los contratiempos son mi pan de cada día, los planes aplazados mi espejismo de tiempos mejores y los altibajos que me llevan a volar o a arrastrarme por el suelo mi caos particular. Ya os seguiré contando mis tribulaciones, que son muchas…