MIS VIEJAS GAFAS DE SOL

A menudo pienso en el silencio de los objetos que nos rodean, testigos mudos de nuestra vida, conocedores discretos de nuestro yo más íntimo y personal. Me gustan las cosas que tienen una historia, que nos evocan recuerdos, que tienen un valor incalculable por algún motivo, únicas e irreemplazables por otra exactamente igual, memoria antigua, libros abiertos de nosotros mismos que a veces nos sobreviven, como sombras de espíritus del pasado.

Por ejemplo, mis viejas gafas de sol, compañeras de camino desde hace casi dos décadas: unas clásicas Ray-Ban de color verdoso, modelo aviador, aventureras a la fuerza, con más vidas que un gato. Si pudieran hablar dirían que soy una calamidad de dueña pero fiel y leal donde las haya.

Además de sus cientos de aterrizajes forzosos sobre distintas superficies desde cierta altura (por culpa de mi manía de usarlas a modo de diadema o de sujetarlas de mala manera en cualquier blusa) y de sus variadas cicatrices (rayones, borrado completo de su marca impresa en el cristal, patillas deformadas, pérdida del color dorado del metal…), su odisea más épica  tuvo lugar un día de Santiago de aquellos tiempos añorados de la vieja normalidad, cuando podías ir a la playa sin mascarilla y sin semáforos ni demás artefactos de control de aforo. Cuando podías instalarte en cualquier hueco del arenal, sin más precaución que no molestar a la gente y huir despavorido de esas sagas familiares charlatanas y gritonas que obligan al prójimo a escuchar su conversación, impidiendo la lectura o el descanso con el relajante sonido del mar.

Pues bien, era una mañana soleada y calurosa, de esas tan apreciadas en el norte, una rara avis que además coincidía en festivo. Estábamos en una playa de bandera azul, mar abierto y arena fina, con todo el despliegue de toallas y sombrilla ya listo y preparado, en un lugar más que aceptable y embadurnados convenientemente de crema protectora factor 50, como moldes de bizcocho a punto de entrar en el horno, cuando el móvil de mi marido sonó. Era una llamada del trabajo. Deduje que se trataba de un problema importante por su semblante serio y preocupado así que me dispuse a alejar a los niños de su radio de acción para que no le molestaran.

Armándome de valor, decidí llevarles hacia la orilla. Me encontraba maquinando cómo evitar bañarme en esas gélidas aguas atlánticas (tras meter tímidamente un pie) cuando una ola aparentemente inocente pero traicionera e implacable nos arrastró a mi pequeño y a mí, sumergiéndonos por completo en el mar. El mediano, de pura casualidad, estaba a salvo en la arena. Por una razón que nadie sabe (teniendo en cuenta especialmente su historial de visitas a Urgencias) esa mañana fue precavido y se mantuvo alejado del peligro. Y la mayor, que es una fuerza de la naturaleza desde que era un bebé, permaneció firme como una roca desafiando al oleaje y eso que tenía ocho años por aquella época. Valoró en décimas de segundo la situación y, al comprobar que una pareja muy amable se acercaba rápidamente a ayudarme, corrió a socorrer a su hermanito querido.

Cuando los cuatro nos reagrupamos y nos consolamos después del susto, comprobamos que el cabeza de familia seguía pegado al teléfono bajo nuestra sombrilla multicolor. 

-“Podíamos haber muerto ahogados y ni se hubiera enterado”- concluí trágicamente.

Y para colmo he perdido las gafas de sol cuando la ola me embistió!- seguí lamentándome a continuación.

Fuimos hacia nuestro campamento base y el muy iluso nos recibió con una sonrisa creyendo que por fin me había animado a darme un chapuzón con los niños. Recuerdo cómo le describimos atropelladamente el peligro del que habíamos logrado escapar y mi disgusto añadido por la pérdida de las gafas… No daba crédito. El mar parecía en calma desde allí, con diminutas crestas blancas que no presagiaban ninguna amenaza.

Con sentimiento de culpabilidad insistió en volver al lugar de los hechos para intentar buscar mis gafas… Yo le miraba incrédula mientras se adentraba entre las olas… era una misión imposible… como buscar una aguja en un pajar… mis gafas podían estar a estas alturas mar adentro, viajando al otro lado del Océano…

Cuando le vi salir entre las aguas como Poseidón blandiendo las gafas naúfragas y magulladas en la mano en lugar de un tridente me pareció un milagro. Pero claro, él siempre ha sido mi héroe con mil superpoderes, ésa es la verdad.

Después de semejante experiencia no volvimos a pisar esa playa embustera. Mi pequeño quedó traumatizado y no quería ver el mar ni en pintura. Y yo me prometí a mí misma cuidar esas gafas inmortales como oro en paño.

Pero pasado un tiempo volví a las andadas. Esta vez fue un descuido tonto. Cuando llegué a casa a última hora de la tarde las eché en falta. No aparecían por ningún lado. Entonces pensé que las había olvidado en el despacho de una amiga. De inmediato le pregunté  por whatsapp pero ya no estaba allí aunque no recordaba haberlas visto… Quedó en decirme algo al día siguiente. Pero la mañana pasaba y no me escribía ningún mensaje así que volví a preguntarle, excusando mi insistencia por lo valiosas que eran para mí por su rescate insólito de las aguas bandidas que intentaron arrebatármelas por las bravas. Pero nada, no estaban en la mesa, ni en la silla ni en el suelo… Entonces me puse en lo peor: las di por perdidas para siempre. En medio de la tristeza y el aturdimiento recordé, de pronto, que tal vez las había dejado en una cafetería donde había ido después… Era mi última esperanza… Aunque con la cantidad de gente que habría pasado por allí en las últimas horas, no debía hacerme ilusiones…

Conseguí el teléfono y contuve la respiración mientras cruzaba los dedos esperando un nuevo golpe de suerte… Y… voilà… efectivamente mis queridas gafas quedaron abandonadas junto a la taza de café y fueron recogidas por el camarero y guardadas a buen recaudo esperando a ser reclamadas por su descuidada propietaria. 

¡La vida me daba una nueva oportunidad! ¡Eran unas gafas mágicas, estaba claro!

Durante dos años permanecieron a salvo en mi poder, sin incidentes destacables a excepción de las inevitables caídas cotidianas, a las que ya estaban más que acostumbradas. Hasta hace una semana. Las dejé tranquilamente en el coche, en el asiento del copiloto, junto a mi bolso. Cuando entré en casa noté su ausencia. Entonces visualicé mentalmente dónde las había dejado y me di cuenta de que no había advertido a mi hija que debió venir sentada encima todo el trayecto sin inmutarse. Recé para que no hubieran sido aplastadas sin piedad por su precioso trasero y que hubieran logrado sobrevivir permaneciendo en la parte del asiento que se une al respaldo. Pero, desgraciadamente no. Allí estaban las pobres casi siniestro total. Desde luego mi hija no es como la Princesa del Guisante… Una vez más pensé que era el fin. Pero, afortunadamente, no. De nuevo mi Superman las arregló, con una operación maestra de cirugía de precisión digna de Anatomía de Grey.

Si alguien se preguntaba por qué llevo siempre las mismas gafas ahora ya sabe por qué. Mis gafas son parte de mis despistes y de mis desastres. También de mis sonrisas del destino, mis múltiples locuras y mis misteriosos presagios. Prácticamente son un ser con vida propia, clones de mí misma: Se caen y se levantan, se pierden y se encuentran, se hunden y salen a flote, se rompen y se recomponen… Exhiben sin reparo heridas y tiritas, derrotas y victorias, miedo y osadía, huellas y olvidos. Precisamente por eso las quiero tanto…

EL CARGUERO ROJO

Estrenamos el año con sol deslumbrante y un cielo completamente azul: una invitación a pasear y a admirar el océano con calma, intentando descubrir algún delfín entre la espuma blanca y fantaseando con las historias y esperanzas que se alejaron de la costa buscando un final feliz, o, al menos, otro final distinto al que aquí les aguardaba.

Estaba absorta en estos pensamientos cuando, de pronto, a lo lejos, entre la bruma, distinguí un carguero rojo pintado con la técnica del sfumato en el cuadro perfecto del horizonte. Y me pareció un buen presagio.

Ya sé que es una rareza mía interpretar sucesos poco extraordinarios como señales inequívocas de buenas o malas noticias. Quizás la culpable de esta imaginación desbordante siempre dispuesta a volar sea la lectura de tantas novelas de realismo mágico. No sé…pero no lo puedo evitar. Una cigüeña volando hasta el nido, una tormenta de rayos fantasmagóricos, granizo el día de las Nieves (5 de agosto) cubriendo el paisaje con un manto blanco, un zorro que me mira desde la acera mientras conduzco, la picadura de una abeja negra, una rata muerta en el jardín de al lado, soñar que comía agujas de coser, el hallazgo casual de un olvidado papiro de la Pluma de Maat… todo son guiños que me dedica la naturaleza o el azar.

Lo cierto es que la visión del petrolero me animó a no rendirme tras mi último batacazo y a intentar buscar otro confín. Sabía que era prácticamente imposible ganar un premio literario con mi primera novela. Me había mentalizado durante meses como un marine con todo tipo de argumentos y entrenamientos lógicos y realistas. Probaría por si sonaba la flauta de causalidad, nada más. Pero aún así cuando publicaron el nombre de la ganadora y de la finalista me quedé chafada, para qué negarlo. Soy una ilusa, siempre lo he sido. Cómo pude creer que existía siquiera una posibilidad remota de competir con escritores consagrados, con contactos en el mundo literario y activistas reconocidos en diversas causas justas… En balde había diseñado mentalmente la portada, redactado el texto de la contraportada y de la hipotética solapa y buscado con mimo las palabras precisas de la dedicatoria… Lo dicho: un caso perdido.

En las bases del concurso se establecía que el autor debía enviar una nota biobibliográfica. Estuve un día entero pensando qué escribir sobre mí…Es muy difícil resumir tu vida en unas frases y reflejar en ellas tu verdadera personalidad.

Después de mi presentación personal: «Nací en … el  .… Viví mi infancia y parte de mi juventud en …, donde cursé EGB, BUP y COU a la vez que asistía a clases de solfeo y piano y perfeccionaba el inglés con cursos y estancias en Inglaterra…«, seguí mezclando hechos con deseos e intereses: «Desde niña quise estudiar Derecho en la Universidad de… De esa época, además de la libertad recién estrenada y de la ingenuidad de mi mirada, recuerdo especialmente el Curso de Derecho Comunitario de la «Cátedra Jean Monnet» que me permitió apenas vislumbrar la magnitud y complejidad del proyecto de una Europa unida así como las clases de Derecho Penal que abrieron mi mente y formaron mi conciencia. Quizá por ello, junto con la idea de contribuir a que la Justicia deje de tener una venda en los ojos y sea igual para todos, decidí preparar la oposición a Judicaturas. No aprobé y ése es uno de mis sueños rotos. No obstante trabajé durante un tiempo como Jueza Sustituta y tuve la ocasión de comprobar cómo la teoría aprendida durante tantos años poco o nada tenía que ver con la realidad.

Enamorarme de mi marido y ser madre de tres hijos han sido mis mayores éxitos en la vida y la causa de aparcar temporalmente mi vida profesional y tomar un camino secundario que me permitiera dedicarles más tiempo y atención.

El destino nos trajo al norte, a …, ciudad en la que vivimos desde hace 18 años y donde hemos inventado nuestro sitio junto al mar.

Posteriormente decidí ampliar mis conocimientos jurídicos con la intención de cambiar de rumbo y reciclarme, realizando en la Universidad, los cursos de Doctorado en Derechos y Libertades Públicas, el Curso de Adaptación Pedagógica y un Máster en Asesoramiento Jurídico Empresarial, en el que elegí la especialidad de Derecho Medioambiental. 

Las prácticas del Máster en la Asesoría Jurídica de un periódico me acercaron al mundo del Periodismo y de la Publicidad, experiencia de la que aprendí conocimientos y habilidades y gracias a la que comprobé la energía desbordante y el entusiasmo que traen los nuevos retos.

Cuando cumplí los cuarenta me vi arrastrada a iniciar un viaje interior siempre aplazado por el ritmo frenético de la vida en general y por mis circunstancias personales en particular. Este periplo me ha llevado a conocerme, a aceptar mis luces y mis sombras y a encontrar por fin un lugar en este mundo que nos ha tocado habitar.

No concibo la vida sin la elocuencia de las palabras y sin la emoción de la escritura, mi forma de expresión favorita. Traspasar la puerta que separa al lector consumado del escritor novato ha sido un tránsito apasionante, humilde y firme a la vez.

Recientemente he creado un Blog: ”www.laplumademaat.com» sin otra pretensión que compartir mis reflexiones con quien se sienta una nota discordante, un extraterrestre en un planeta hostil donde el pan y el circo imponen la tiranía de la mediocridad y apagan la luz de la razón.«

Me quedé bastante contenta con el resultado. Mi hija me dijo que ella me daría el premio sólo por la lectura de la presentación. Pero, claro, no es nada objetiva…

O quizás nadie llegó nunca a leerla… no sé qué pensar.

Hay otros mares y otros puertos.  Sólo tengo que seguir al carguero rojo que se pierde entre las olas. Y eso es lo que haré…

"Somos lo que soñamos ser
Y ese sueño, no es tanto una meta
Como una energía
Cada día es una crisálida

Cada día alumbra una metamorfosis
Caemos, nos levantamos
Cada día la vida empieza de nuevo
La vida es un acto de resistencia y de reexistencia ...” 

  (Manuel Rivas)



LAS NUBES GRISES

Me pregunto a quién pretendo engañar…

Pese a los buenos pronósticos e intenciones y a las condiciones favorables de la navegación, las vacaciones en mi barco nunca resultaron idílicas ni mucho menos perfectas. Además de algún abordaje intempestivo por parte del pirata de turno sin respeto por el descanso ajeno, los propios tripulantes, especialmente los pequeños grumetes, consiguen arruinar cualquier oasis soñado.

Así es la vida. No todo iba a ser sol, cielo azul, mar en calma y estado zen…Como dice mi amigo Ricardo “las nubes grises también forman parte del paisaje”.

Con perspectiva parecen anécdotas divertidas…A los niños les encanta recordarlas y se sienten orgullosos de su intervención protagonista y decisiva en esta epopeya particular.

Sus entradas triunfales en los hoteles son dignas de comedia americana de sobremesa y presagio inequívoco y negro de lo que nos espera en la estancia: subirse a las maletas de ruedas y caer mientras nos entregan las llaves de la habitación, terminar en un segundo dentro de una fuente decorativa de la recepción, tirar de una cortina y de paso mancharla de chocolate, llenarse de barro hasta las orejas de forma inexplicable en una exclusiva y silenciosa piscina de un Parador mientras nos reciben con un refresco o quedar atrapado un tierno piececillo en la misma puerta giratoria de entrada desatando en mí una fuerza insospechada de madre coraje capaz de elevarla a pulso para salvar a mi pequeño ante la lentitud del personal son algunos ejemplos ilustrativos de lo que estoy hablando.

Simplemente quieres que te trague la tierra y que nadie sepa que son de tu familia. De nada sirve advertirles previamente, amenazarles o incluso sobornarles…te ponen en evidencia sin contemplaciones y ya está. No queda más remedio que resignarse y aceptarlo: quizás es culpa tuya…no ves a nadie más dando la nota…¿¿¿Estarás educándoles bien???

Las horas de comer también son momentos peliagudos. La elegancia del restaurante es directamente proporcional a su mal comportamiento. Comprobado. Es una ley no escrita que se cumple inexorablemente. Han llegado a dormirse cual angelitos encima del plato durante la espera en una ceremoniosa y elaborada (también carísima) cena inglesa sin llegar a probar bocado, a amargar la tranquilidad del desayuno de unos complejos y misteriosos personajes de novela de Ágatha Christie, a provocar incendios en las tostadoras por su mal entendido espíritu de independencia y a corretear por los asientos de un antiguo refectorio de un convento del siglo XVI obligándome a dejar la comida a medias y a salir de allí a toda prisa antes de que nos echaran por vándalos.

El resto del tiempo… pues hay de todo, la verdad. Como los alaridos de pánico y lloros a pleno pulmón al pasar delante de unas armaduras decoradas por algún ser maquiavélico con inquietantes luces rojas a modo de ojos diabólicos destelleantes entre el casco de hierro, o el nerviosismo al atravesar el claustro para llegar a nuestra habitación después de cenar, lleno de murciélagos volando en la oscuridad (debo reconocer que en este caso estaba más que disculpado… yo me contenía de puro milagro e incluso valoré detenidamente la idea de pasar de la cena) o como el mal rato que pasé durante la visita guiada por el Monasterio de Yuste cuando llegué a pensar que iban a a destrozar el mobiliario que con tanto mimo y cuidado habían traído de Flandes hace cinco siglos los fieles servidores del Rey Carlos I de España y V de Alemania o el dolor de cabeza insoportable que me acompañó en la Semifinal del Open de Tenis de Madrid por motivos que afortunadamente olvidé pero que me llevaron a desear ser ingresada en un hospital como plan alternativo mucho más apetecible. Muchas veces me digo a mí misma que en casa estábamos mejor, que para qué se me ocurriría ir a ninguna parte. Que eso no son vacaciones ni nada que se parezca. Me estoy acordando de los momentos de angustia que vivimos cuando Zipi se perdió en una kilométrica playa de Cádiz mientras estábamos atareados construyendo un delfín de arena para darle el capricho. Y del miedo que pasamos tras el hallazgo de un escorpión en la habitación de los niños…Vaya nochecita, los cinco en nuestra cama…También de París, cuando Zape rompió de una patada la nariz de un horrible perro de diseño de material indescriptible y tuvimos que pegarla y rezar para que no nos reclamaran un dineral por los desperfectos causados. Por no hablar de aquella noche tan romántica y mágica en la que el Director del Observatorio de Jaén nos enseñaba a los huéspedes del hotel las constelaciones y varios secretos del cosmos y que terminaron por fastidiarnos: que si tenían frío (fuimos por abrigos y mantas), luego hambre (les trajimos galletas) y por último sueño (se durmieron en una tumbona de la piscina)…

No voy a mencionar el tema heridas e incidentes en Urgencias…Otro día, no quiero que estas líneas se conviertan en un auténtico drama…

Con todo, no cambio mis vacaciones por nada. Son momentos únicos e intransferibles que forman parte de nuestra imperfecta existencia familiar. Sonrisas y lágrimas. Rosas con espinas. Sol espléndido y nubes grises. La vida misma.

A fin de cuentas está de moda el Wabi-Sabi

VACACIONES

Mar en calma

Anarquía, libertad, libros, despertar sin sobresaltos, tiempo, calma, buganvillas, rayos de sol, música, caminar sin rumbo, volar a cualquier parte, siesta, imaginar otras vidas, pensamientos desordenados, familia, silencio, desconexión tecnológica y vital, espuma del mar, recuerdos de otros veranos, soledad, películas hasta las tantas, adivinar la forma de las nubes, atardeceres infinitos, caracolas, lápiz y papel en una tumbona, abandonar con bandera blanca las trincheras y los frentes abiertos…

Por fin mi barco está en medio del mar en ninguna parte. Guardé en el armario mi uniforme de invierno de súperheroína y me alejé por completo del agobio angustioso de los días previos a las vacaciones: reuniones  del colegio y de las múltiples actividades extraescolares y sus correspondientes fiestas de fin de curso (por desgracia proliferan por doquier las reuniones  por cualquier motivo y las fiestas de tirar la casa por la ventana… qué afortunados nuestros padres que no perdieron tanto tiempo y nosotros que disfrutábamos como locos con los momentos de celebración, muchísimo más escasos y auténticos: los niños de ahora están hartos de hinchables y fiestas del agua, de la espuma, de pijamas, de cumpleaños, de graduación, de despedidas varias, de disfraces, de gymkanas, de primeras comuniones, de cucuruchos de chuches, de tartas, de búsquedas de tesoros…¡Una pena!), grupos de whatsapp con distintas disculpas y misiones pero similares comentarios redundantes y pelotas, exámenes finales y pocas ganas de estudiar, orden de armarios, revisiones médicas, recopilación de gafas de bucear, gorros, chanclas y demás utensilios veraniegos, torneos agotadores de última hora, compromisos, kilómetros absurdos y desesperados de un lado para otro, búsqueda infructuosa de huecos para escribir unas líneas, cansancio acumulado, imprevistos que atender y solucionar con carácter urgente, desaires inesperados, hartazgo social…

La perspectiva desde mi atalaya marina descubre otro horizonte. El reflejo del agua que me envuelve me deslumbra y me impide ver las imágenes de una realidad lejana ahora gracias a una  bendita ilusión óptica, el sonido de las olas ensordece el ruido de todos mis miedos y mis batallas perdidas y los vientos alisios se llevan todo lo malo y me acarician el alma con suavidad. 

Esta tregua permite descubrir una vez más que nos complicamos la existencia, que vivimos en una rueda cruel que no deja de girar, que cada día es una prueba de obstáculos desde que ponemos un pie fuera de la cama, como en esos concursos de televisión que consisten en superar retos disparatados en tiempo récord (solo que aquí no hay premio al final del día ni viaje a Cancún, ni coche último modelo ni apartamento en Torrevieja: únicamente estrés y ojeras), que nuestro equipaje importante cabe en una mochila ligera, que la vida es otra cosa, que no necesitamos apenas nada para ser felices.

Sólo hay que elegir muy bien a los compañeros de viaje o atreverse de una vez por todas a una reconciliación con la soledad, dirigirse hacia un mar en calma de noches estrelladas y luna llena, a salvo de piratas, corsarios, bucaneros, filibusteros y otros navegantes en general, arriar las velas dispuesto a perder el norte, el sur, el este y el oeste sin brújula ni mapas y con una isla a mano para naufragar, dejarse abrazar por la brisa, cerrar los ojos para olvidar, flotar libre sin lastre, bucear por los sueños y recuperar la paz perdida.

السَّلاَمُ عَلَيْكُم

EL MANUAL DE URBANIDAD Y BUENAS MANERAS

Supongo que todos, cuando éramos jóvenes, nos prometimos no decir nunca a nuestros hijos una serie de frases lapidarias y fastidiosas que los adultos repetían a modo de verdad absoluta, sacándonos de quicio y provocando las ganas de mascullar a escondidas las cansinas palabras con mueca burlona.

Sólo salvaría de esa lista negra un refrán: “El saber no ocupa lugar”. Me lo recuerdo a mí misma a veces cuando mi marido coge el mando de la televisión y tengo que ver un documental de animales o un programa de ciencia para aficionados («Science of stupid») o sobre la vida de algún pirado solitario y su familia en Alaska o sobre fabricación de objetos variopintos. Superado el fastidio inicial por no haber estado más espabilada con el mando, la resignación siempre se convierte en atención extrema. Lo mismo me ocurre al escuchar historias de gente diversa o al leer noticias o artículos sobre diferentes temas. La curiosidad por aprender en general, aunque el asunto escape en principio de nuestro ámbito de interés y aficiones, es una herramienta más útil que cualquier aparato tecnológico de nueva generación. De hecho me gusta pensar que no hay ordenador más potente que nuestro cerebro, capaz de absorber datos e información y conectarlos de la forma más adecuada según la ocasión, ya sea de forma automática o bien tras un proceso de razonamiento pausado y a la vez experto en analizar emociones, imágenes, sonidos, texturas, matices, circunstancias, variables previsibles o no, recuerdos…

En todo este proceso nuestra memoria juega un papel fundamental, mucho más complejo que un sistema binario. Y es que la memoria, esa facultad ahora denostada y proscrita, es, en realidad, nuestra esencia. Ya lo decía Borges: “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.

Pero de nuevo me enredo y me pierdo en mi pensamiento caótico que enlaza simultáneamente varias ideas de forma incontrolada a toda velocidad, desviándome del camino que, en principio, quería recorrer. Así que intentaré reconducir el discurso y centrarme, aunque presiento que no va a resultar fácil.

Ahora que los niños son nativos digitales y nacen con un móvil en su extremidad superior, ya sea derecha o izquierda y pegan gritos a sus amigos a través del micrófono de sus auriculares en la soledad de su habitación (sin que debamos pensar por ello que están locos) gracias al Fornite y nos miran por encima del hombro, sabiéndose superiores por dominar el ciberespacio, cabe preguntarse qué somos los pobres mortales nacidos en la era analógica, arrinconados en tierra de nadie por la autoridad moral y académica de Google, moderno Libro Gordo de Petete y árbitro supremo de cualquier discusión.

Yo, en particular, me veo como una abuela Cebolleta, contando y añorando batallas de un pasado tan lejano para los ojos del siglo XXI como la Edad Media, pero tan cercano en realidad como antes de ayer.

Cuando les recuerdo a mis hijos que no tuve móvil hasta los 21 años y que fui una privilegiada por tener una especie de zapatófono de Motorola que supuso el fin de las colas a partir de las diez de la noche en algún locutorio o cabina (previamente tuve que explicar qué era y para qué servía un locutorio o una cabina así como el término “conferencia” y la conveniencia de llamar a partir de las 10 de la noche salvo casos de emergencia o fuerza mayor) es que no se lo podían creer.

Por esa misma razón, cuando les conté la historia de Sor Concepción mientras les corregía por enésima vez a la hora de comer, abrieron los ojos como platos y se sintieron transportados a la misma Prehistoria. 

Pues bien, la pobre Sor Concepción era mi profesora de inglés en sexto de EGB. Y digo “pobre” a pesar de ser de armas tomar y de malograr nuestro primer contacto con la lengua de Shakespeare, haciéndonos temblar de miedo cada vez que nos mandaba salir a la tarima. Con el tiempo he comprendido que detrás de esa imagen de severidad y disciplina se escondía una persona honrada y perfeccionista, que sólo pretendía llevar a cabo su tarea de enseñar de forma digna y correcta . No era culpa suya que le hubieran obligado a impartir una asignatura que desconocía tanto como sus alumnas por causa de los nuevos planes de estudio que relegaban el francés, materia que dominaba y a la que había dedicado su vida docente.

Cada mañana llegaba con semblante circunspecto, parapetada por un enorme radio cassette dispuesta a enfrentarse con amargura a una clase de cuarenta y seis niñas. Ante cualquier duda que se le planteaba al margen del guión del libro del profesor pulsaba sin vacilar el botón del Play y volvíamos a escuchar la cinta. Y punto. Debíamos aprender los diálogos con el mismo tono de la grabación. Si no nos ponía un cero y nos ordenaba sentar, sin contemplaciones, hasta que lo repitiéramos de forma exacta. Aún podría recitar fragmentos de esos textos, no os digo más…

Para colmo de males era nuestra tutora, así que disfrutábamos de su presencia una hora extra semanal. Al principio decidió que iríamos a misa, lo cual no me pareció nada bien: ya teníamos otra misa los viernes y la tutoría no estaba prevista para ese fin.

Pero de pronto, un día, apareció con un libro: “Manual de Urbanidad y Buenas Maneras” se llamaba. Y nos anunció que, a partir de entonces, dedicaríamos esa hora a su lectura. Hubo protestas, claro, “vaya rollo” se escuchaba por las filas de atrás. A mí me encantó la idea: “el saber no ocupa lugar” me dije a mí misma. Mucho mejor que la opción de la misa.

Mientras nos lo leía su rictus tenso y serio se relajaba e incluso desvelaba cierta satisfacción por contribuir a nuestra instrucción en materia de modales y buena educación. Por supuesto había pasajes obsoletos y rancios que no pasarían la prueba del algodón de la moda y los usos actuales (ya nos lo parecía entonces), pero abordaba también temas interesantes y útiles.

Cuando veo a ejecutivos o profesionales que no saben saludar o comer o comportarse de forma mínimamente cortés, me acuerdo de la iniciativa de Sor Concepción y pienso en lo bien que les hubiera venido.

La educación en minúscula, en su acepción de cortesía y urbanidad facilita la convivencia, fomenta el respeto hacia el prójimo e impregna nuestra forma de andar por el mundo. Si no se ha aprendido en casa o en el colegio conviene fijarse en las personas educadas y ser autodidacta. Porque su ausencia echa a perder un curriculum brillante, una belleza espectacular o una vestimenta carísima.

Un amigo me comentó el otro día que había coincidido con Mario Vargas LLosa en su última visita a la ciudad. Después de asistir a un montón de actos programados acudió de incógnito a una conocida librería y se llevó varias obras. Entre ellas el citado Manual de Urbanismo y Buena Educación de Manuel Antonio Carreño en edición facsímil por su 120.º aniversario. Al parecer el escritor también recordó al verlo su época de colegio en Bolivia y contó alguna de sus normas más complicadas como la de comer con los brazos pegados al cuerpo… 

Para que luego digan que las casualidades no existen.