PEZ DE CIUDAD

Este verano mi barco se ha ido sin mí. Y no le culpo. Cansado del cielo gris y de estas aguas turbulentas, puso rumbo a otros mares a pesar del Covid y de las terribles tragedias que asolan el planeta, dejándome en tierra, abandonada en este hastío vital como un pez en una playa sin mar, errante como un taxi por el desierto de nebulosa que nos envuelve, perdida en la oscuridad como Alicia en la madriguera del conejo blanco…

Es un verano extraño. La pandemia ha venido para quedarse. Se suceden las olas, como una marea azul infinita. Y tenemos que aceptarlo: incluir toda su parafernalia de normas, hábitos saludables, artilugios y vocabulario en nuestra rutina diaria. No podemos bajar la guardia, debemos permanecer vigilantes. La bandera blanca no se intuye en el horizonte.

Mi barco no ha entendido mi inconformismo y mi falta de resignación ni tampoco la lógica aplastante de mis argumentos. Contra viento y marea ha decidido cambiar de aires. En su universo marino no hay restricciones, ni mascarillas ni límites de aforo…

Pero en mi mundo terrenal viajar en las condiciones actuales es un sucedáneo que poco tiene que ver con el original que recuerdo con añoranza y melancolía. Como dice con nostalgia el protagonista de “Yo Antes de Tí”, si cerrara los ojos recordaría con exactitud cómo me sentía entonces.

Quisiera emprender un viaje inolvidable, ligera de equipaje, tirar por la borda lastres inútiles y pisar las calles desconocidas nuevamente con la mirada de ayer y a la vez con la esperanza de un mañana alentador.

Espero que mi barco vuelva a buscarme y nos reencontremos en algún punto intermedio entre mi rebeldía y su indiferencia.

Me dices que tenemos que levantar el vuelo,
cambiar de aires,
huir.
Pero allí donde vayamos, iremos tú y yo
y quién sabe si todo esto no vendrá también”.
 MANUEL RIVAS

BRIDGET JONES

Hace unos días un buen amigo me “regañó” por no escribir con más asiduidad. Y tenía toda la razón: pese a mis buenos propósitos de Año Nuevo el tiempo se me escapa sin darme cuenta. Tempus fugit, como decía Virgilio en sus versos.

Sigo sin encontrar ratos de paz ni momentos para mí.  Me pierdo en la inercia de las olas y no termino de agarrar con fuerza el timón de mi barco… La vorágine de la rutina es brutal aunque absurda casi siempre. Antes de ser madre no imaginaba que se pudieran hacer tantas cosas en un solo día. Pero la mayor parte de las tareas que me ocupan son de las que suelo llamar “trabajos en beneficio de la comunidad”, labores cotidianas, ingratas y deslucidas que, al parecer, pasan desapercibidas para el ojo humano y que, además, el resto de la familia da por sentado que son de mi incumbencia exclusiva.

Tenía pensadas varias ideas para el Blog, una serie de posts con un hilo conductor pero hoy la actualidad se impone y he organizado un hueco en mi saturada agenda para contaros mi reciente y fatal desventura.

Esta temporada todo parecía ir viento en popa a toda vela. Por fin había encontrado un trabajo maravilloso que me encantaba y tenía, además, motivos personales de sobra para sentirme más feliz que una perdiz.

Pues bien, el martes había quedado con mi nuevo jefe en el despacho para recoger el ordenador portátil. Era el primer paso de una nueva vida. La mañana transcurría conforme a lo previsto. Incluso (milagrosamente) me disponía a salir de casa con tiempo suficiente para ir tranquila, cuando las cosas se empezaron a torcer al estilo “Bridget Jones”.

Justo al mirarme en el espejo de la entrada descubro que un botón estratégico de la camisa había desaparecido por arte de magia de su ojal.

– “¡Mierda, el botón!-exclamé en voz alta con fastidio.

– “No pasa nada, mami”, “en plan, ¿ese no te lo ibas a abrochar, no?”- preguntó inocentemente mi hija, quitándole importancia.

– “¡Pues claro que sí!”- le contesté con impaciencia. “Acércame, por favor las gafas”-le pedí con cierto deje autoritario.

En ese preciso instante veo la luz: mis gafas de sol multiusos e infalibles sujetarían la camisa una vez colocadas de forma conveniente.

– “No pasa nada, keep calm!”- me dije a mí misma mientras me subía al coche, despreocupada y resuelta.

Había un montón de tráfico así que decidí dejar el coche en un parking cercano para no ponerme nerviosa dando vueltas por el centro buscando un sitio para aparcar. De paso podría sentarme un ratito en el coqueto café de la esquina, que había descubierto el día de la primera entrevista, y conservar ese estado zen anhelado y recomendable.

Efectivamente conseguí tomar un delicioso cafelillo y hasta tuve ocasión de ir al baño a retocarme.

Allí mi control de la situación y mi supuesta templanza se fueron al garete: descubro con horror que mi anillo había agujereado las medias. (por qué se me habría ocurrido a última hora ponerme minifalda, maldita sea).

Tratando de disimular el desastre, mis gafas, debido a la desgraciada ley de la gravedad se precipitaron al suelo, cayendo de la forma más peligrosa de todas las posibles, siguiendo las no menos inexorables leyes de nuestro amigo Murphy.

-“¡Mierda!-pensé por segunda vez esa mañana. “¡Lo que me faltaba!”- mientras comprobaba que las pobres gafas habían salido indemnes y rezaba en bajo para que el pequeño enganchón no se extendiera hasta hacerse visible para las miradas ajenas.

Por una vez mis plegarias fueron escuchadas y salí de la reunión sin más sobresaltos. Recobrada la confianza en mí misma fui a hacer un par de recados y luego a buscar a mis niños a casa para llevármelos a comer a un centro comercial, donde nos reuniríamos con mi marido y aprovecharíamos para hacer unas compras.

De camino, ya con mis pequeños a bordo, la mayor (que va sentada a mi lado en el asiento del copiloto) se pone a llorar sin motivo aparente. La someto a un tercer grado ¿Novio?, ¿Amigas?, ¿Estudios?… pero nada, no suelta prenda. Parece el típico bajón hormonal de la adolescencia. Opto por mi retahíla de piropos, mimos y palabras dulces pero no hay manera de calmarla. Por fin llegamos a nuestro destino y, en cuanto aparco el coche, le doy un fuerte abrazo y un montón de besos en esos mofletes tan lindos. Esto sí es efectivo, (menos mal): deja de llorar y se seca las últimas lágrimas. Resuelta la crisis respiro aliviada y me bajo del coche para comprobar que está dentro de la plaza. De pronto mi pie izquierdo resbala inesperadamente. Intento guardar el equilibrio pero no puedo: la caída es inminente e inevitable. Aterrizo como un Ecce Homo, con los brazos prácticamente en cruz (mi muñeca izquierda se apoya tímidamente en el suelo para tratar de amortiguar el impacto pero no tiene fuerza suficiente… nunca la ha tenido, ya en la clase de gimnasia en el cole no se me daba nada bien el ejercicio de colgarse de las espalderas: mis muñecas son diminutas y delicadas).

El desenlace es un golpetazo tremendo en la nariz. Para ser más exactos, como le contó mi hija en un audio a alguien: un “hostión” en toda regla. Por supuesto la reñí después convenientemente por el uso de esas palabrotas, aunque tenía más razón que un santo, a decir verdad.

-“Ay, ay,ay… ¡Mierda!, qué dañoooo!”-me lamenté con voz lastimera sin poder mover un músculo.

Mis queridos polluelos vinieron a socorrerme asustados. Reconstruimos los hechos y vimos que la causa del accidente era una mancha enorme de aceite que, a simple vista, se confundía con un defecto de la pintura.

Me quitan la mascarilla y tengo sangre. Entran en pánico. Los pobres se movilizan angustiados para darme kleenex, coger mis cosas y avisar a su padre de mi peripecia.

Después de lavarme un poco en el aseo de la planta baja me empeñé en hacer una reclamación formal. Soy abogada por encima de todo. Así se lo hice saber a mi marido cuando me comentó discretamente que ya me valía ponerme a reclamar en lugar de ir directa a Urgencias.

-“Así soy”- le susurré mientras esperamos al responsable de seguridad. «Esta vez no es culpa mía y no pienso dejar las cosas así».

A continuación le resumí por lo bajo el control de la fuente de peligro, la comisión por omisión y todos los conceptos jurídicos que se me iban ocurriendo aplicables al caso. Lejos de tranquilizarle mi perorata debió surtir el efecto contrario e insistió en llevarme al hospital de inmediato. Quizás temía que con el golpe mi estado mental hubiera empeorado hasta el desvarío… no sé.

En la sala de espera tuve tiempo de reflexionar y de recordar la frase del filosófico y docto Diario de Bridget Jones: “Es una realidad como un templo que en el momento en que una parte de tu vida empieza a ir bien, otra se hace añicos”. En este caso mi nariz, para ser más exactos.

Lo cual me llevó a remememorar unas palabras de otra buena amiga. Al tratar de resumir su vida su vida comprobaba que a cada buena noticia, a cada estado de felicidad le sucedía un acontecimiento triste que le impedía disfrutar plenamente del momento de dicha. El destino caprichoso parece darnos una de cal y otra de arena.

Ojalá que “la arena” de esta buena racha sea este batacazo. Sólo pido eso.

Así de relativo es todo…

EL RECHAZO

En los últimos tiempos conjugamos más que nunca el verbo “rechazar” en todas sus acepciones y soportamos en silencio el proceso que arrastra consigo hasta convertirse en el temido y devastador sustantivo “rechazo” que nos termina de hundir en las profundidades del dolor y la frustración.

Desde que soñamos despiertos esta pesadilla de pandemia y salimos a la calle armados con geles hidroalcohólicos y con el escudo de la mascarilla marcamos una distancia de seguridad imaginaria que obliga al otro a retroceder como si fuera nuestro enemigo o un apestado del que conviene alejarse. Algunas personas incluso nos esquivan sin ningún disimulo o recriminan abiertamente a los demás metidos en su papel de guardianes de la moral y el orden (sus incumplimientos no cuentan, sólo ven la paja en el ojo ajeno: un día escuché a una señora que, después de reconocer abiertamente que cada fin de semana iba a su aldea a pesar del cierre perimetral de la ciudad con la excusa preparada de un problema en las tuberías, se jactaba de haber llamado la atención a unos jóvenes en una terraza por no ponerse la mascarilla inmediatamente después de beber del vaso) y ya ni siquiera cabe considerar estas conductas una muestra de mala educación. Tienen la bula del estrés pandémico y del miedo al contagio. Por supuesto no hablo de no respetar las normas, sino de llegar al extremo de erigirse en nuevos “ultraortodoxos” cívicos hasta los límites del desprecio a la ciencia. Pero no es este el peor sentido de la palabra rechazo.

Lo sutil suele ser aún más terrible que lo evidente. Comprobar que no te llaman, que no te aceptan, que no cuentan contigo … que no te quieren. Por mucha fuerza interior y muchos recursos psicológicos que tengas el rechazo invisible duele. Hakim Sanai nos intenta reconfortar en estos casos: «Si conoces tu propio valor ¿qué necesitas preocuparte sobre la aceptación o rechazo de los otros?” Pero a mí me afecta, no puedo evitarlo.

Ahora la vida se ha convertido en una sucesión de beneplácitos y rechazos. En el afán desmedido de las empresas de recabar datos y cumplir a rajatabla los preceptos del nuevo marketing que exige un feedback constante del cliente nos convertimos en jueces implacables a tiempo completo. Si adquirimos un producto tenemos que calificar a los pocos minutos cómo ha sido nuestra experiencia de compra, si nos atienden por teléfono para resolver cualquier trámite, nos piden esperar unos instantes al final de la conversación para puntuar la atención recibida, al abandonar un hotel recibimos a un correo electrónico para evaluar los servicios que ofrecen y que hemos utilizado, incluso al pagar en algún establecimiento la propia maquinita muestra una escala de grado de satisfacción a través de diferentes caritas que van desde el enfado a la sonrisa de oreja a oreja. Sinceramente, me parece cruel y poco fiable. Quizás nuestra aprobación o nuestro desagrado tenga repercusiones laborales para las personas involucradas. Y no sabemos nada acerca de quién es, qué situación atraviesa, qué problemas le preocupan… Y como si no tuviéramos bastante con este bombardeo de solicitudes de datos, mucha gente decide tomar la iniciativa y actuar como un crítico profesional de los restaurantes y establecimientos que visita, tomándose su tiempo para despacharse a gusto en las redes sociales sobre la calidad de la comida o su elaboración, el estado de las instalaciones, el trato dedicado, la limpieza, el ambiente… Cuando leo estas reseñas negativas me da mucha pena, pueden hundir la reputación de alguien que ha luchado mucho y que, simplemente, ha tenido un mal día. A veces me pregunto cómo viven esos comentaristas usurpadores, qué comen a diario, cómo son sus casas… igual tampoco pasaban la prueba del algodón. Pero como son clientes creen que tienen razón por defecto así como el peligroso súper poder de veto romano.

Buscar trabajo es una de la máximas expresiones de este tipo de sufrimiento. Nadie te explica por qué no eres seleccionado, qué competencias deberías mejorar, qué experiencia te sobra o cuál te falta, de qué soft skills careces… Sólo recibes la elocuencia del silencio: en este caso “no news” no son “good news”.

El rechazo no entiende de edad. Supongo que todos lo hemos padecido en algún momento de nuestra vida en una o en varias manifestaciones de su significado (aunque algunos nunca lo reconocerán en voz alta): un compañero del cole que te insulta o te pega, no resultar elegido delegado, no ganar un concurso, no ser seleccionado para algo, un amor no correspondido, un grupo del instituto que te hace el vacío, un profesor que te tiene manía, un compañero de trabajo que no te soporta, un jefe hostil y despiadado, un cliente borde, un proyecto personal que no se lleva a cabo, un ascenso denegado, propuestas descartadas, personas cercanas que te dan la espalda, una decisión vital incomprendida… Lo que nos diferencia es la forma de enfrentarlo y de encajarlo en nuestra memoria, en ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos que somos del que habla Borges: si nos ha servido para crecer, para aprender, para levantarnos con más impulso o por el contrario nos ha sumido en una profunda apatía.

Afirma Eduardo Punset que “hemos crecido en un entorno determinado y todo lo que sea diferente nos causará (en primera instancia) desconfianza o rechazo”. Lo malo es cuando lo diferente eres tú y eres, por tanto, el sujeto paciente de este rechazo que muchas veces no comprendes… Dice A. Camus que “nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para ser normales”. Y estoy de acuerdo. Es muy difícil sobrevivir en este absurdo que nos rodea.

La acepción que más me gusta de la palabra rechazo es el de “vuelta o retroceso que hace un cuerpo por encontrarse con alguna resistencia”. Sí, hay veces en que nada se nos pone por delante y rompemos barreras y moldes y lo que haga falta. Pero en otras ocasiones el rechazo nos pilla con las defensas bajas y nos rendimos, replegándonos de inmediato torpe y discretamente como un caracol. No es una derrota final. Solo una batalla perdida. Necesitamos la soledad de nuestro caparazón para encontrarnos de nuevo. Pronto llegará el día en que atisbemos un rayo de sol y nos sintamos preparados para salir a la arena con paso firme.

No podemos permitir que las palabras nos hagan daño. No deben detenernos ni impedirnos ver el horizonte. Aunque sean tan desoladoras como “rechazo“.

«Las palabras son solo piedras atravesando la corriente de un río. Si están allí es para que podamos llegar a la otra orilla, la otra orilla es lo que importa” J. Saramago

UN AÑO MÁS

Dice Rafael Alberti que «las palabras abren puertas sobre el mar.» Y es verdad. En este año de ciencia ficción donde se prohibieron los abrazos nos quedó el consuelo de las palabras. Palabras que nos curaron, que nos acompañaron en nuestra soledad, que nos acercaron desde la distancia, que nos hirieron como flechas, que nos faltaron como el aire para respirar.

«Toda palabra dice algo más de lo que debiera y también menos de lo que debiera expresar «afirma Ortega y Gasset. Por eso me gusta tomarme mi tiempo para elegir la palabra precisa que acaricie el alma, que sea una mano tendida, una sonrisa perfecta, una mirada constante, un beso con alas. Según Unamuno «la palabra sabia es aquella que, dicha a un niño, se entiende siempre aunque no se explique». No siempre lo consigo. Las palabras no siguen una trayectoria previamente determinada que pueda calcularse con una fórmula matemática. A veces lanzas una palabra en linea recta y se convierte en una curva que de pronto sube y luego baja desdibujándose en el camino. Otras gritas con fuerza la palabra y el eco traicionero la distorsiona, y la reduce a un susurro lejano. Muchas veces se pierden en la elíptica y no es posible encontrarlas de nuevo, quedando en tierra de nadie, en paradero desconocido, como un globo de helio aventurero que se escapa de nuestra mano. O se retrasan y ya no son escuchadas: Haruki Murakami asegura que “por algún motivo las palabras adecuadas siempre llegan demasiado tarde”. O son simple ruido de palabras vacías que no dicen nada, que nos aturden…Julio Cortázar pensaba que “no hay sustancias más letales que esas que se cuelan por cualquier parte, que se respiran sin saberlo en las palabras o en el amor o en la amistad”. Pero, a pesar de estos inconvenientes, si la palabra mejora el silencio, siempre es mejor pronunciarla y rezar para que produzca el efecto deseado. Porque hay ocasiones en que las palabras siguen la parábola planeada y se produce el milagro de la comunicación y, sobre todo, el de la emoción que nos une con nuestro interlocutor. Y es que «las palabras, como los rayos X, atraviesan cualquier cosa, si uno las emplea adecuadamente» ( A. Huxley).

Las palabras, cruzan océanos encerradas en botellas de cristal, se las lleva el viento si te descuidas, huyen hasta la nube y desde allí nos persiguen, acechándonos durante toda la eternidad, escriben la historia que debe ser recordada, rompen muros infranqueables, funden el hielo del corazón más frío, queman como un dardo de fuego, son luz en la oscuridad. Las palabras no reconocen más bandera que la libertad ni más letanía que los versos de un poeta. Decía Lorca que «la poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio…»

Aunque se ahoguen con mordazas en forma de mascarilla, como en este año maldito que nos ha tocado vivir. Las palabras son supervivientes natas. Se cuelan por cualquier rendija de la nueva normalidad. Para seguir uniéndonos, mientras nos quedamos a solas en casa, sin hacernos compañía.

Benditas palabras.

Brindemos por otro año lleno de palabras que lo digan todo en medio de este silencio.

Estaba en la oscuridad, pero di tres pasos y me encontré en el paraíso. El primer paso fue un buen pensamiento, el segundo, una buena palabra; y la tercera, una buena escritura”. (Nietzsche)

MI OCÉANO AZUL

Ahora resulta que vivo desde hace tiempo plácidamente en un océano azul. Que he seguido, sin saberlo, los postulados de Sun Tzu, gurú de cabecera de todo ejecutivo que se precie, y que vengo practicando el arte de la guerra de ganar sin luchar: como un pececillo que escapa despavorido del océano rojo, infectado de tiburones y demás depredadores del mar, para disfrutar de la calma de un nuevo horizonte lleno de oportunidades y con una fauna menos densa y mucho más pacífica, alejándose del ruido y de las asechanzas continuas que le impedían ser feliz.

En este océano azul todo es posible. No hay guerras cruentas ni competencia feroz. Es un nuevo espacio donde desarrollar ideas y poder encontrar tu propio abracadabra. El silencio permite escuchar tus pensamientos y mirar con perspectiva, sin prisa, valorando detenidamente pros y contras, flotar mirando pasar las nubes o navegar con el viento a favor, sin apenas esfuerzo, sólo dejándote llevar por las olas.

Algo así como el “shinrin-yoku” japonés, adentrarte en el bosque donde todo es silencioso y tranquilo para relajarte y vivir en el “ukiyo” o mundo paralelo alejado de las preocupaciones cotidianas, buscando el “ikigai”, verdadera razón de vivir que te impulsa cada día a seguir adelante y a intentar aportar algo a los demás, eso que define tu esencia y por lo que te gustaría ser recordada. Un oasis de mar azul cristalino entre las aguas teñidas de rojo.

De casualidad he sabido que esto en realidad es una teoría económica de gran éxito creada en 2005 por W. Chan Kim y Renée Mauborgne que, en términos generales, vino a contradecir el dicho popular de que los mares tranquilos no hacen buenos marineros, descubriendo nuevas rutas de navegación y nuevos puertos donde atracar a las empresas, alejándose de los confines conocidos. Ahora que parece que economía y vida son incompatibles, una disyuntiva fatal, un dilema moral y social que obliga a los gobiernos a elegir entre salvar vidas o evitar que la economía se hunda me gustaría recordar que son dos caras de la misma moneda. Y que las estrategias para evitar el naufragio son las mismas. Y que si hay que elegir a quién salvar, por favor, quedémonos con la vida. Siempre. Sin pretextos. Porque nunca se ha visto un océano sin peces. Porque la economía o gestión de la casa, según su significado original, debe satisfacer las necesidades humanas y no al revés.

Por distintas circunstancias quizás tenga que abandonar este maravilloso océano azul y regresar al océano ensangrentado de donde huí. O tal vez sean las olas rojas las que están acercándose poco a poco, amenazando a mi pobre barco… es confuso el límite entre ambos océanos… Escucho cantos de sirena que me despiertan e intentan atraerme y llevarme de vuelta a la jungla marina y a la tiranía de los tiburones blancos. Y no quiero. Cuando has vivido en un océano azul es difícil adaptarse de nuevo a la guerra sin cuartel, sobrevivir a las emboscadas diarias, no morder los anzuelos dorados, no clavarse cientos de espinas… Y sobre todo, es imposible recuperar la inocencia perdida y volver a creer en los cuentos de hadas.

REENCONTRARSE

Recuerdo como si hubiera sido ayer una conversación telefónica surrealista con una mamá del cole.

Nunca habíamos hablado antes y se presentó como “la mamá de Fulanita” para invitar a mi hija al cumple de su pequeña. Pero, al escucharse a sí misma pronunciar esas palabras, enseguida corrigió: ”En realidad no soy la mamá de nadie. Soy Zutanita de Tal y Cual. Porque yo soy YO antes que madre”- aseguró en tono tajante y decidido. Con esta declaración de intenciones comenzó una perorata disparatada que parecía no tener fin. No sé por qué salió el tema de la función de Navidad y del rollo de la indumentaria de los niños (a la suya le había tocado de paje). Al comentarle que ya me había fijado, que era un traje precioso, me contó que lo había cosido ella misma, aunque no era modista ni mucho menos. Ella era una profesional, un ingeniera técnica más concretamente, con un cargo importante en una multinacional. Y así siguió hablando durante casi una hora en un monólogo delirante y agotador. No tuve ocasión de meter baza…

Cuando pude despedirme y colgar el teléfono pensé que la tal Zutanita era una pirada petulante y que debajo de su discurso debía haber muchos complejos e inseguridades… Como tantas veces, el tiempo me dio la razón.

Yo, sin embargo, estoy orgullosa de ser madre. No me importa ser la “mamá de” ni creo que por ello pierda un ápice de mi personalidad. Porque ser madre forma parte de mí. No existe un YO independiente de la maternidad. Zutanita, (con la que a partir de entonces tuve cierta relación por la amistad de las niñas) solía repetirme que un hijo era un problema, dos hijos dos problemas y tres, tres problemas, como si le consolara tener un problema en lugar de tres, como en mi caso.

Pues bien, no me importa tener tres problemas. Los asumo y me responsabilizo e intento comprender sus enunciados, buscar las premisas y el razonamiento más adecuado para hallar soluciones sobre la marcha a todos los interrogantes que se me plantean, que no son pocos.  

Dice Saramago que ser padre es el mayor acto de coraje que alguien puede hacer. Tal vez tenga razón. Para mí es, sin duda, mi mayor hazaña.

Ser madre me ha ayudado a crecer, a enfrentarme a mis miedos, a ver el mundo con otros ojos, a simplificar, a buscar soluciones prácticas, a resolver conflictos, a desarrollar habilidades de negociación y de organización, a optimizar recursos y tiempo, a trabajar en equipo, a repartir tareas y a dejar de pensar en mí como centro del universo para poner por delante el beneficio común.

Es una pena que el sistema no aprecie el potencial de las madres y que la sociedad juzgue y condene a quien decide tener hijos y se ve forzada por distintas circunstancias a dejar su profesión durante un tiempo. Todas nosotras tenemos una historia que contar, imposible de explicar en una entrevista de trabajo. Y, a veces, el paréntesis inicial se convierte en unos puntos suspensivos que no conectan con ningún nuevo párrafo. Y ahí te quedas, perdida en el papel en blanco, suspendida en el limbo laboral.

Se me han cerrado muchas puertas por haber sido madre y por haber decidido encargarme del cuidado de mis hijos. Y eso que no me quedé de brazos cruzados:  seguía completando mi formación con másteres, cursos de doctorado, idiomas… quitando horas al sueño o aprovechando ratos perdidos de espera en el cole o en las actividades de turno. No me arrepiento. En mi balanza ciega siempre ha pesado más su bienestar que cualquier otra cosa en el mundo.

Lo ideal sería que una madre no tuviera que elegir, que existieran medidas eficaces que facilitaran la conciliación. Durante este tiempo llegué a pensar que mi tren profesional había pasado y que ya no podría subirme a ningún otro. En estas estaba cuando llegó el confinamiento. El sueño de una hipotética oportunidad se desdibujaba por completo: la situación no podía haberse vuelto más adversa.

Pero, de pronto, como una flor en el desierto, apareció ante mí el Programa Reencuentra del Banco Santander, la ocasión de empezar de nuevo, de descubrir un horizonte diferente, de tomar por fin las riendas, de ser dueña de mi propio destino. Se trata de un proyecto para ayudar a las madres que abandonaron su carrera profesional por motivos familiares a reincorporarse al mercado laboral en empresas de su entorno, especialmente en aquellos casos en los que les está costando encontrar una oportunidad. No es una simple oferta de trabajo. Es mucho más. Aparte de una experiencia profesional en el banco, incluye acciones de formación, coaching y mentoring para generar valor e incrementar sus posibilidades de empleabilidad. 

En medio del caos hice las entrevistas por Zoom, tiñéndome de forma improvisada el pelo en casa y poniéndome rulos y ropa formal para estar mínimamente presentable mientras rezaba para que los niños siguieran con sus clases on line y no gritaran ni entraran en mi habitación. Al final de todo el proceso resultamos elegidas cien mujeres entre más de tres mil candidatas. Cuando me llamaron de Recursos Humanos para darme la noticia no me lo podía creer…

Este Programa me prestó las alas que necesitaba para poder volver a volar. Es una oportunidad increíble que me ha ayudado a salir del letargo, a despertar de golpe con los ojos bien abiertos. Es una luz al final del túnel, una ventana al mundo laboral que me había excluído sin compasión. Antes me sentía en el bando de los perdedores, de aquellos que eligen la ruta equivocada. Hoy, sin embargo, veo que la derrota no ha sido definitiva, que aún quedan muchas batallas por librar. Me siento con más energía y, sobre todo, agradecida y comprometida con este Programa que ojalá sea un ejemplo para muchas empresas.

Está claro que cada día se puede comenzar de nuevo, abrir la mente y descubrir nuevas facetas, superar tus lastres y dar lo mejor de tí, retomando el camino con fuerzas renovadas.

REENCONTRARSE, en fin, con una misma.

Sin puertos donde atracar

Al principio pensé que el diablo se había puesto de mi parte. Y me sentí fatal. Con tanto afán había deseado que el mundo dejara de girar a este ritmo loco y absurdo y ahora, de pronto, mis súplicas habían sido escuchadas y se hacían realidad a costa de miles de muertes y de varios millones de personas infectadas por un virus terrible y despiadado. Nunca quise un escenario tan cruento y feroz. Ni en mis peores días de bajón por decepciones diversas del género humano.

El mundo se paró en seco. Los dedos invisibles que mueven las agujas del reloj del tiempo mientras tejen los hilos de la telaraña que nos atrapa pulsaron el botón rojo de parar motores en el planeta tierra.

Mi barco también echó el ancla. Antes tuve que hacer acopio exprés de provisiones y de todo lo necesario para sobrevivir una buena temporada capeando el temporal.

Por supuesto cada uno vivió esta experiencia de forma diferente y la ha escrito, dibujado, cantado, bailado, grabado en vídeos, inmortalizado en fotos, memes, o tweets en tiempo real que quedarán para la posteridad. La verdad es que el humor nos acompañó y nos sacó una sonrisa hasta en los peores momentos, lo cual es de agradecer…

Yo, sin embargo, he tenido que dejar pasar unas semanas para poder hablar con serenidad y con la perspectiva maravillosa de la calma tras la tormenta. Mi barco se convirtió en mi oasis de paz en medio del caos de las olas y de los naufragios. Pero aún así, a ratos tenía miedo y angustia por lo que pudiera suceder. Dormía mal, no lograba conciliar el sueño. Me dolía la cabeza todos los días y sentía la necesidad imperiosa de conocer las últimas noticias a cada rato. Lloraba y me emocionaba por cualquier vídeo lacrimógeno o por cualquier recuerdo, así sin más Y eso que intentaba ser positiva y valorar lo bueno que esta situación me ofrecía: por primera vez en años tuve tiempo para hacer ejercicio y cuidar mi dieta, leer, tocar el piano, tumbarme al sol y disfrutar del “dolce far niente” sin sentimiento de culpa y sin la tiranía de los horarios, las obligaciones autoimpuestas y la vida social.

Todo se simplificó de forma automática. Ningún plan ni ninguna cita ineludible se pudo cumplir ni organizar. Nos dimos cuenta de que todo era prescindible. Sólo importaba lo esencial: la salud y el bienestar de los nuestros.

Aunque nos robaron el mes de abril (y también parte de marzo y mayo) y los besos y los abrazos que nunca pudimos dar, esos ladrones de dedos invisibles nos dejaron cierta paz, una nueva visión de las cosas y el gusto por los pequeños placeres de la vida.

Los primeros días parecía que todos nos habíamos convertido en personas solidarias y tolerantes y que la desgracia nos había unido para siempre. España era un país ejemplar: aplaudíamos a los sanitarios, a las cajeras, a los periodistas, a los bomberos, a la policía, a las limpiadoras, a los que se quedaban en casa… en fin, a todos porque TODOS UNIDOS íbamos a salir de ésta. Muchos niños conocieron, por fin, a sus padres y pasaron ratos en familia, mientras que algunos adultos descubrieron a sus vecinos, e incluso a sus propias parejas, hablaron con los empleados del súper, se preocuparon de los mayores, volvieron a hablar por teléfono, cocinaron y prepararon tartas y bizcochos, hicieron favores a los demás, valoraron por fin a los científicos y compartieron lo que tenían: música, dinero, gracia, mano de obra, fábricas, comida, impresoras 3D…qué se yo…

La ola de buen rollo cruzó el océano y llegó hasta las Antípodas. La vi pasar pero no me impresionó. Mi barco ni siquiera notó su estela. Y es que nunca me he dejado llevar por los cantos de sirena. Mi mente racional y mi escepticismo empedernido no me lo han permitido.

Como los días pasaban y seguíamos confinados no me quedó más remedio que salir a la calle. Lo cual era casi una Misión Imposible para la que sólo nos faltaba la escafandra: guantes, mascarilla, colas, distancia de seguridad, mamparas protectoras, lavado de ropa y bolsas de tela y ducha al volver.  Y, sobre todo, cruzar los dedos para que hubiera papel higiénico y harina.

Por razones que no vienen al caso tuve que atravesar España en coche y mi sensación durante todo el trayecto fue de total desolación: carreteras desiertas, ciudades vacías, gasolineras cerradas. Era como colarse en el rodaje de una peli distópica el día después de la catástrofe que asoló el mundo. Era mucho mejor permanecer en mi barco, ajena a todo mal.

Cuando nos dejaron salir a dar pequeños paseos en nuestra correspondiente franja horaria, la gente redescubrió sus barrios y se lanzó a hacer deporte como si no hubiera un mañana. Los habitantes de las ciudades dormitorio pudieron poner cara a los pasajeros de los coches que antes se cruzaban en las entradas y salidas de casa y hasta llegaron a saludarse o a entablar una pequeña conversación. Estos momentos eran un auténtico lujo al alcance de cualquiera. Aunque, como hay de todo en la viña del señor, algunos no quisieron arriesgarse y desarrollaron lo que se llama “síndrome de la cabaña” y aún sienten un pánico atroz al contagio. Muchos adolescentes tampoco sintieron esa necesidad de salir al espacio exterior, acostumbrados como están a la vida virtual que les ofrece Instagram o Fortnite y casi hubo que sacarles por los pelos. Es curioso, esta generación de nativos digitales estuvo en su salsa durante el confinamiento. Fuimos los pobres analógicos los que nos sentíamos como gatos enjaulados y mirábamos el reloj a ver si llegaba la hora de poder cambiar de aires y estirar las piernas, aunque sólo fuera un ratito.

Muchas veces pensé durante ese tiempo raro e incierto, la suerte que tenía de sentir que mi barco era mi trinchera y mi familia mis PERSONAS. Era el momento de recoger lo que habíamos ido sembrando con mucho esfuerzo durante nuestra vida. Y es que cuando llega la hora de la verdad, no sirven de nada las máscaras ni los disfraces. La verdad se nos presenta desnuda y sólo podemos mirarla de frente. No hay escapatoria posible. Para otros, quizás su hogar era una emboscada, obligados a convivir con alguien que ya no reconocían como ser querido, o, incluso con su peor enemigo. O un laberinto oscuro sin salida ni luz al final del túnel. No podía siquiera imaginar lo que estarían pasando…

La televisión fue nuestra ventana de excepción que nos trasladaba a un territorio hostil: ERTE’s, despidos, cierres de negocios, hospitales colapsados, colas del hambre, muertes y enfermedad. El culpable de todo era un ser no vivo, microscópico pero matón y camaleónico que recorría el mundo de cuerpo en cuerpo, esquivando balas y tratamientos. Después de innumerables conjeturas parece ser que salió de un mercado mojado chino y que su origen se halla en algún murciélago maldito. Pero aún hay cabos sueltos y varias teorías conspiratorias en el aire que me inquietan. Quizás nunca sepamos toda la verdad…

Fernando Simón, intentaba cada día informarnos y tranquilizarnos. (En mi caso no lo consiguió: demasiadas incoherencias y contradicciones que no he sido capaz de comprender ni de justificar). Primero nos aseguró que no eran necesarias las mascarillas ni los guantes. El sencillo gesto de lavarnos las manos con frecuencia era más que suficiente. Los anuncios y hasta los telediarios nos enseñaron a lavarnos las manos como auténticos cirujanos antes de entrar al quirófano. El alcohol se agotó en todas partes mientras que los geles hidroalcohólicos formaron parte ya de nuestra lista de la compra y del ritual de desinfección cotidiana.

Poco después resultó que sí, que las mascarillas y los guantes eran imprescindibles y entonces subieron su precio de forma desorbitada para que los de turno hicieran su agosto. Y así seguimos con la mascarilla a vueltas, ahora también hay que utilizarla en la playa y en los espacios naturales. Las mamparas protectoras son parte esencial  del mobiliario de cualquier establecimiento abierto al público. Y lo que es peor: el miedo al contagio se ha colado en nuestro ADN desde entonces.

La economía se ha ido al garete. El turismo, nuestra joya de la corona, atraviesa horas bajas que los clientes autóctonos no podemos paliar. El simulacro de paz y amor se ha acabado y España vuelve a estar dividida en dos, como siempre.

El futuro imperfecto es más incierto que nunca. Se acabó la vida que conocíamos. Ahora vivimos la era de la nueva normalidad, que aún no sabemos en qué consistirá. Lo que es seguro es que echaré mucho de menos viajar y, sobre todo, la libertad que poco a poco nos están arrebatando con diversos pretextos.

Esto no ha hecho más que empezar. Los gobiernos han soltado amarras en verano para que no nos subamos por las paredes de la desesperación y nos amotinemos por el calor. Y, claro está, para dar un poco de tregua a la economía tras la parálisis total y absoluta de casi todos los sectores.

Pero ya se anuncia un nuevo brote en otoño y quizás tengamos que volver a hibernar… Así que , por si acaso, no me alejaré mucho de la costa ni sucumbiré a la insistente tentación de perderme en el horizonte rumbo a ninguna parte. Además ya no quedan puertos donde atracar…

MAR DE FONDO

Mar de fondo: Oleaje que se propaga fuera de la zona donde se ha generado, pudiendo llegar a lugares muy alejados. Este estado de la mar no está relacionado con el viento presente, aunque su causa es el viento que ha soplado en otro área distinta. Su aspecto es regular. La longitud de la onda es muy superior a su altura, presentando crestas redondeadas que no rompen nunca en alta mar. La altura de las olas es sensiblemente igual y su perfil tiende hacia la forma sinusoidal.

El 20-02-2020 me pareció una fecha especial para comenzar una novela distópica que tenía en mente desde hacía tiempo Pero ese día anduve muy liada y no pude sentarme a escribir hasta casi media noche. De forma apresurada improvisé unas líneas para invocar una vez más a la suerte que bendice el número 20 en mi vida y ahí las dejé, perdidas en una libreta. Hasta hoy.

“Hacía varios años que la vida tal como la conocíamos tenía los días contados. No queríamos verlo. Cerrábamos los ojos, nos afanábamos en no mirar al futuro, un espejismo lejano y de ciencia ficción.

Sólo unos pocos sabían que estábamos en tiempo de descuento y manejaban los hilos invisibles de nuestra insignificante existencia…Y nosotros ni siquiera lo sospechábamos: vivíamos en una especie de Show de Truman colectivo, creyéndonos dueños de nuestro propio destino…”

Da miedo releerlo. La realidad, una vez más, ha superado a la ficción. 

Hace mucho tiempo que andaba pensando que el mundo estaba al revés. Que llegaría un momento en que todo volaría por los aires porque vivíamos en un bucle que cada vez daba más vueltas que no llevaban a ninguna parte. Nos creíamos omnipotentes, omnipresentes, omniscientes, omnímodos…Conocedores de todas las respuestas, libérrimos, inmortales, superhombres y supermujeres incansables a los que no se les pone nada por delante: trabajar jornadas infinitas, llegar a casa y hacer las tareas del hogar, atender a los mayores, pasar tiempo de calidad con los niños, mantenerse en forma, mimar a la pareja, salir con amigos o amigas de cena, ir de taxistas de un lado a otro de la ciudad por culpa de las diversas actividades extraescolares, asistir a las reuniones del cole, atender a los whatsapps de los grupos de clase, del fútbol, de baloncesto etc, madrugar también los fines de semana y andar de la ceca a la meca para  llegar al maratón de partidos y competiciones de los peques, viajar los puentes, organizar fiestas, navegar por internet, inmortalizar cada instante para compartirlo en Instagram, hacer repostería en casa, planear menús saludables…No sigo porque me mareo sólo de pensarlo.

Por no hablar de los problemas verdaderamente importantes: calentamiento global, pobreza, desigualdad cruel, envejecimiento de la población, crisis económica, el poder en manos de narcisistas sin escrúpulos, superficialidad generalizada, consumismo feroz, redes sociales que nos asfixian y controlan, ausencia de valores,  el portazo a la ciencia y al conocimiento, la incapacidad de comprender lo que verdaderamente importa… 

Pero nunca creí que llegara a ver el fin de este mundo que conocíamos y que no entendía. La verdad es que no me gustaba nada. Me sentía una pieza sobrante del puzzle que todos parecían haber completado, condenada a integrarme en contra de mi voluntad. Llevábamos un ritmo trepidante, dábamos todo por hecho con una soberbia y una ignorancia supina. No fuimos capaces de divisar ese mar de fondo que se acercaba peligrosamente desde China y no pudimos alejarnos de la playa a tiempo. El oleaje nos sorprendió y arrastró a muchos mar adentro. El resto debemos mantener la calma, flotar, no intentar nadar contracorriente. El viento y el oleaje se han confabulado, lanzando sus flechas en la misma dirección: la mar combinada favorece que las olas lleguen con más fuerza. 

Por eso es la hora de los valientes, de los aplausos, de los héroes visibles e invisibles, de  la reflexión, del sosiego, del silencio, de la búsqueda de nuestro verano invencible, de la paciencia, de los pequeños detalles, de la familia y del hogar, del triunfo merecido de la razón y de los sabios, de la humildad, de los abrazos de palabras, de las lecciones por aprender… Una oportunidad para sobrevivir a este naufragio y recuperar la fe en la humanidad.

SEÑALES

Otra vez ha ocurrido. El destino me ha enviado una nueva señal, un augurio de buenas noticias. Algo me dice que mi suerte va a cambiar por fin.

Hace tres semanas aproximadamente, al salir al jardín por la noche para admirar las camelias rosas y blancas que estaban comenzando a florecer, algo sobrevoló mi cabeza a toda velocidad. Pensé que se trataba de un murciélago despistado. Pero no. Al cabo de un rato cuando volví con refuerzos a inspeccionar la zona comprobamos que la criatura voladora era un pajarillo que se disponía a pasar la noche en el foco que cuelga del techo del porche. Ya había ahuecado sus alas para protegerse del frío y estaba en posición de dormir (este detalle tuvo que explicármelo mi marido, adicto empedernido a los documentales de animales y experto oficial de la casa en cuestiones de flora y fauna).

Al principio no me hizo ninguna gracia que el pajarito se dispusiera a aposentarse y quedarse de okupa. Igual se le ocurría  hacer un nido y a ver qué hacíamos entonces… Era mejor ahuyentarle y cortar por lo sano esta irrupción sorpresiva en nuestro hogar antes de que fuera demasiado tarde.

Pero hacía una noche terrible de temporal. Con viento y lluvia. Era una cuestión de humanidad. No podíamos dejarle a la intemperie. Y así empezó todo.

El pajarillo volvió al día siguiente al atardecer. Y se instaló, buscando cobijo, en el mismo sitio, en la misma posición. De nuevo, un tiempo infernal. Cómo íbamos a desalojarle de allí, cómo pude siquiera planteármelo… Decidí llamarle  “Pajarín”.

La previsión meteorológica anunciaba una borrasca profunda durante toda la semana. Mi instinto maternal hizo acto de presencia y empecé a dar vueltas a la idea de prepararle una especie de casita de madera y algún recipiente con comida. Y hasta una mantita: idea peregrina, lo sé. 

Pobre Pajarín. Tratamos de averiguar si era un gorrión o quizá un petirrojo. Pero no queríamos asustarle abriendo la puerta corredera de cristal o encendiendo la luz. Así que desde ese día instauramos el ritual de la linterna: con mucho cuidado, para no deslumbrarle, le enfocamos con una luz indirecta unos instantes para saber si ha venido.

Pudimos confirmar que es un gorrión, pero poco más sabemos de él. Aunque, sin duda, es un tipo listo y especial. O a lo mejor es una chica… quién sabe… En cualquier caso la guarida que ha elegido es perfecta, una atalaya privilegiada para divisar posibles enemigos aéreos, a salvo de intrusos terrestres y protegida de las inclemencias del clima oceánico. También es un solitario valiente, que vuela por su cuenta, lejos de su bandada. Prueba de ese carácter indómito es que no aceptó la casita de madera, ni tampoco la comida que colgamos de un cestillo amarillo de juguete. De hecho estuvo ese fin de semana sin aparecer. No sé si se fue de marcha aprovechando las buenas temperaturas y el viento en calma o se agobió con la idea de que quisiéramos capturarle. Ante la tesitura de perderle para siempre tuve que rendirme y abortar el plan, aceptando su libertad y su espíritu independiente. El mismo día que quitamos todo el atrezzo habitacional volvió.

He de confesar que nunca he sentido la necesidad de tener una mascota. De hecho las criaturas de cuatro patas me dan tanto miedo como las de dos. Pero ahora, desde que apareció en nuestra vida, me sorprendo a mí misma yendo a comprobar cada tarde si Pajarín ha venido o si se fue a primera hora de la mañana. Y en cuanto le veo doy la voz de aviso a toda la familia… “Ya está Pajarínnnnnn”

De pronto se ha convertido en un motivo de preocupación. La vida en la naturaleza es muy dura. Quien sabe si sobrevivirá y volverá al anochecer…

Desde el día que vino pensé en el libro de El Principito. Pajarín me está domesticando, empiezo a esperarle mucho antes de que oscurezca. Y me alegra la existencia saber que otra noche más vuelve a elegir nuestra casa para dormir. Es un gorrioncillo igual a mil otros pero le he adoptado, respetando la distancia que nos ha impuesto, y para mí es único en el mundo. 

Y aquí estoy. Estudiando ornitología por culpa de Pajarín para intentar conocerle mejor. Y rompiéndome la cabeza para buscar una explicación lógica a esta casualidad.

Mis fuentes no son muy científicas, la verdad. Pero he sabido que el gorrión era la mascota de Afrodita y que en la Antigua Gran Bretaña era el símbolo de los espíritus del hogar acogedor y hospitalario.

Al parecer el gorrión es un tótem que ayuda a abrir los ojos a nuestro propio valor, inculca la dignidad y la autonomía y habla de pensamientos e ideales, de volar ligeros, sin lastres. Te señala que es el momento de cantar tu canción, recordándote que no siempre las cosas grandes son las que más se notan. También hace invisibles a quienes protege, camuflándoles para enfrentar los peligros de la vida

He leído en Internet que si un tótem gorrión ha entrado en tu vida debes preguntarte si te has olvidado de ti mismo y si tienes hundida tu propia autoestima.

Parece que Pajarín ha venido a decirme en silencio muchas cosas que necesitaba oir.

Y yo estoy aprendiendo a escucharle…

Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma” (Julio Cortázar)

AVISO A NAVEGANTES

Aviso a navegantes: el mal existe, dejémonos de tonterías.

Hay que aceptarlo y llamarlo por su nombre. Y no caer en la tentación del buenismo con que acostumbramos a afrontar cualquier conflicto que se nos presenta ya sea en el ámbito de la escuela, del trabajo o de la sociedad en general. Así nos va…

La RAE define el buenismo como la actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia: es el camino cómodo para todo. Pero desde luego no es el más adecuado para solucionar el problema. Ni para evitarlo.

Al parecer entre el 1 y el 4% de la sociedad (la cifra varía según los autores) está catalogada como psicópata, porcentaje que aumenta en el caso de ejecutivos y personas con altas responsabilidades en el ámbito político y empresarial, (son las “serpientes con corbata y traje” de las que hablan P. Babiak y R. Hare). Hablamos de sujetos egoístas sin pizca de empatía ni remordimiento, trepas sin escrúpulos, narcisistas interesados, manipuladores natos, parásitos insensibles eminentemente mentirosos. Lo malo es que muchos de ellos son a la vez encantadores y tienen una gran capacidad de persuasión y magnetismo.

Tuve ocasión de profundizar en el tema para documentarme sobre algunos personajes de mi novela y desde aquí quiero destacar, alabar y agradecer la labor divulgativa encomiable llevada a cabo por el blog Sobreviviendo a sociópatas y narcisistas

Los psicópatas son depredadores de libro. El abanico de técnicas que despliegan es muy variado según el tipo de presa que tengan en el punto de mira: adulación, agudo sentido del humor, bombardeo de atención, lástima, culpa… Su perspicacia y olfato para detectar necesidades y debilidades es su arma letal. El fin justifica los medios siempre. Te engancha y te atrapa en su red sin que te des cuenta.Y entonces estás perdido, porque puede destrozarte. Te usará y te tirará cuando se canse de ti o no le sirvas para nada. 

Y no sabrás por qué tuviste la mala suerte de cruzarte en su vida ni por qué despertaste su interés. No hay explicación posible. Su comportamiento no obedece a ninguna razón, su abuso se basa en el sinsentido y compruebas impotente cómo tu existencia se desbarata igual que un rompecabezas imposible de volver a encajar.

Según ciertas estadísticas cada persona en su vida se cruzará con un promedio de tres psicópatas. Yo debo tener un imán especial para atraer a este tipo de individuos y he cubierto el cupo sobradamente hace tiempo. Mi estrategia siempre ha sido la misma: desenmascarada la verdadera personalidad del sujeto en cuestión, pongo pies en polvorosa. Contacto cero. O mínimo posible. No siempre me han dejado en paz. Algunos se resisten como gato panza arriba a dejar escapar a su víctima y no dudan en utilizar todo tipo de artimañas para seguir haciéndote daño, prolongando la agonía. Las experiencias me han hecho más fuerte. Pero nunca he resultado ilesa. Reconozco que me han marcado y que arrastro secuelas difíciles de curar. Precisamente la palabra trauma deriva de la palabra griega herida. Y es que el trauma del abuso narcisista es lento y cuestiona nuestra visión del mundo y nuestro propio valor como personas.

Investigaciones publicadas en el American Journal of Psychiatry defienden que se pueden detectar características de psicopatía con resonancias magnéticas o con pruebas de reacción al miedo desde los tres años. El niño no se interesa por los demás; su mala conducta se basa en el placer que le produce molestar a sus compañeros, familiares y profesores y se siente por encima de las normas. Advierte que los docentes deben tener especial cuidado con estos niños o adolescentes porque suelen culpar a otros niños de sus malas acciones y son muy convincentes cuando se lo proponen. Normalmente dejarán pronto de cometer actos de forma abierta y violenta y utilizarán el abuso y la manipulación emocional que no deja huellas ni evidencias visibles. 

Todos hemos sido testigos de comportamientos de grupo perversos. En el cole siempre había dos o tres niños que pegaban o maltrataban a otros. La gran mayoría callaban, muy pocos intervenían para que dejaran en paz a los agredidos, algunos les consolaban en secreto, otros reían las gracias de los matones, a los que seguían como perritos falderos y sólo algún valiente les plantaba cara. Y esto sigue ocurriendo sin que nadie termine de hacer nada. La Administración y los equipos directivos de los centros educativos miran para otro lado, cubriéndose las espaldas con charlas y dinámicas teóricas contra el bullying. Nadie quiere que su estadística de acoso aumente. Así lo que no se cuenta ni se cuantifica no existe. Pero los niños malos siguen ahí. Nadie les para los pies. Y dentro de unos años quizás serán serpientes con traje. No lo olvidemos.