EL RECHAZO

En los últimos tiempos conjugamos más que nunca el verbo “rechazar” en todas sus acepciones y soportamos en silencio el proceso que arrastra consigo hasta convertirse en el temido y devastador sustantivo “rechazo” que nos termina de hundir en las profundidades del dolor y la frustración.

Desde que soñamos despiertos esta pesadilla de pandemia y salimos a la calle armados con geles hidroalcohólicos y con el escudo de la mascarilla marcamos una distancia de seguridad imaginaria que obliga al otro a retroceder como si fuera nuestro enemigo o un apestado del que conviene alejarse. Algunas personas incluso nos esquivan sin ningún disimulo o recriminan abiertamente a los demás metidos en su papel de guardianes de la moral y el orden (sus incumplimientos no cuentan, sólo ven la paja en el ojo ajeno: un día escuché a una señora que, después de reconocer abiertamente que cada fin de semana iba a su aldea a pesar del cierre perimetral de la ciudad con la excusa preparada de un problema en las tuberías, se jactaba de haber llamado la atención a unos jóvenes en una terraza por no ponerse la mascarilla inmediatamente después de beber del vaso) y ya ni siquiera cabe considerar estas conductas una muestra de mala educación. Tienen la bula del estrés pandémico y del miedo al contagio. Por supuesto no hablo de no respetar las normas, sino de llegar al extremo de erigirse en nuevos “ultraortodoxos” cívicos hasta los límites del desprecio a la ciencia. Pero no es este el peor sentido de la palabra rechazo.

Lo sutil suele ser aún más terrible que lo evidente. Comprobar que no te llaman, que no te aceptan, que no cuentan contigo … que no te quieren. Por mucha fuerza interior y muchos recursos psicológicos que tengas el rechazo invisible duele. Hakim Sanai nos intenta reconfortar en estos casos: «Si conoces tu propio valor ¿qué necesitas preocuparte sobre la aceptación o rechazo de los otros?” Pero a mí me afecta, no puedo evitarlo.

Ahora la vida se ha convertido en una sucesión de beneplácitos y rechazos. En el afán desmedido de las empresas de recabar datos y cumplir a rajatabla los preceptos del nuevo marketing que exige un feedback constante del cliente nos convertimos en jueces implacables a tiempo completo. Si adquirimos un producto tenemos que calificar a los pocos minutos cómo ha sido nuestra experiencia de compra, si nos atienden por teléfono para resolver cualquier trámite, nos piden esperar unos instantes al final de la conversación para puntuar la atención recibida, al abandonar un hotel recibimos a un correo electrónico para evaluar los servicios que ofrecen y que hemos utilizado, incluso al pagar en algún establecimiento la propia maquinita muestra una escala de grado de satisfacción a través de diferentes caritas que van desde el enfado a la sonrisa de oreja a oreja. Sinceramente, me parece cruel y poco fiable. Quizás nuestra aprobación o nuestro desagrado tenga repercusiones laborales para las personas involucradas. Y no sabemos nada acerca de quién es, qué situación atraviesa, qué problemas le preocupan… Y como si no tuviéramos bastante con este bombardeo de solicitudes de datos, mucha gente decide tomar la iniciativa y actuar como un crítico profesional de los restaurantes y establecimientos que visita, tomándose su tiempo para despacharse a gusto en las redes sociales sobre la calidad de la comida o su elaboración, el estado de las instalaciones, el trato dedicado, la limpieza, el ambiente… Cuando leo estas reseñas negativas me da mucha pena, pueden hundir la reputación de alguien que ha luchado mucho y que, simplemente, ha tenido un mal día. A veces me pregunto cómo viven esos comentaristas usurpadores, qué comen a diario, cómo son sus casas… igual tampoco pasaban la prueba del algodón. Pero como son clientes creen que tienen razón por defecto así como el peligroso súper poder de veto romano.

Buscar trabajo es una de la máximas expresiones de este tipo de sufrimiento. Nadie te explica por qué no eres seleccionado, qué competencias deberías mejorar, qué experiencia te sobra o cuál te falta, de qué soft skills careces… Sólo recibes la elocuencia del silencio: en este caso “no news” no son “good news”.

El rechazo no entiende de edad. Supongo que todos lo hemos padecido en algún momento de nuestra vida en una o en varias manifestaciones de su significado (aunque algunos nunca lo reconocerán en voz alta): un compañero del cole que te insulta o te pega, no resultar elegido delegado, no ganar un concurso, no ser seleccionado para algo, un amor no correspondido, un grupo del instituto que te hace el vacío, un profesor que te tiene manía, un compañero de trabajo que no te soporta, un jefe hostil y despiadado, un cliente borde, un proyecto personal que no se lleva a cabo, un ascenso denegado, propuestas descartadas, personas cercanas que te dan la espalda, una decisión vital incomprendida… Lo que nos diferencia es la forma de enfrentarlo y de encajarlo en nuestra memoria, en ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos que somos del que habla Borges: si nos ha servido para crecer, para aprender, para levantarnos con más impulso o por el contrario nos ha sumido en una profunda apatía.

Afirma Eduardo Punset que “hemos crecido en un entorno determinado y todo lo que sea diferente nos causará (en primera instancia) desconfianza o rechazo”. Lo malo es cuando lo diferente eres tú y eres, por tanto, el sujeto paciente de este rechazo que muchas veces no comprendes… Dice A. Camus que “nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para ser normales”. Y estoy de acuerdo. Es muy difícil sobrevivir en este absurdo que nos rodea.

La acepción que más me gusta de la palabra rechazo es el de “vuelta o retroceso que hace un cuerpo por encontrarse con alguna resistencia”. Sí, hay veces en que nada se nos pone por delante y rompemos barreras y moldes y lo que haga falta. Pero en otras ocasiones el rechazo nos pilla con las defensas bajas y nos rendimos, replegándonos de inmediato torpe y discretamente como un caracol. No es una derrota final. Solo una batalla perdida. Necesitamos la soledad de nuestro caparazón para encontrarnos de nuevo. Pronto llegará el día en que atisbemos un rayo de sol y nos sintamos preparados para salir a la arena con paso firme.

No podemos permitir que las palabras nos hagan daño. No deben detenernos ni impedirnos ver el horizonte. Aunque sean tan desoladoras como “rechazo“.

«Las palabras son solo piedras atravesando la corriente de un río. Si están allí es para que podamos llegar a la otra orilla, la otra orilla es lo que importa” J. Saramago

Dieciséis añitos…

Éste será, sin duda, un cumpleaños memorable.

Nada saldrá como habíamos planeado. No iremos a ese viaje sorpresa, no te comprarás un vestido nuevo, no irás de cena a celebrarlo, no te harás fotos en la playa, no te abrazarán tus amigos…

Intentaremos hacerte feliz en casa, con miles de mimos y besos, con una fiesta inventada de guirnaldas infinitas y globos imaginarios de alegres colores.

Dieciséis añitos…

Por fin podremos dedicarte tu canción favorita de Dani Martín…Incluso cambiarle la letra para que cuente que durante este tiempo te rebelaste contra el sol, cambiaste un poco el mundo para que fuera mejor y marcaste a paso firme el rumbo de tu vida, te disfrazaste sin  ocultar apenas tu esencia, esa que te hace diferente y especial, fuiste valiente en todas las batallas que tuviste que enfrentar y nunca, nunca, te rendiste sin volverlo a intentar…

Quisiera hoy pintar un universo para ti de otro color, borrar las nubes grises y brindarte un horizonte azul de espuma blanca y barquitos de vela surcando el mar.

Pero estamos en medio de la pesadilla de un rodaje de película futurista con guión a medio escribir en la que todos somos actores forzosos y no hay ensayos ni posibilidad de repetición de tomas: es un Gran Hermano en tiempo real, grabado en vivo y en directo. Y no se ve el cielo: el decorado de cartón piedra oculta cualquier promesa de perspectiva alentadora.

Un buen día, sin previo aviso, alguien dijo: “Luces, cámara, acción” y dio un golpe seco de claqueta. Y así empezó todo…

Nuestras vidas se pararon, la tierra dejó de girar y se hizo la noche. Y ya nada volvió a ser como antes. Llegó el momento de mirar en nuestro interior, de crecer, de cambiar, de resurgir, de buscar nuestra verdad…un tiempo extraño, un paréntesis existencial, una especie de limbo etéreo de redención de la humanidad.

Aunque no nos queda mucho margen de acción, (somos sonámbulos que andan a ciegas en la oscuridad y desconocen al director, artífice y responsable de este delirio y también los verdaderos intereses de la productora) podemos elegir ser los protagonistas de esta historia o bien algún personaje secundario. De igual modo está a nuestro alcance escoger nuestra banda sonora particular y la luz que proyecte nuestros primeros planos. Y quién sabe, quizás desde este letargo, incluso seamos capaces de improvisar el final feliz de esta historia disparatada y cruel.

Y entonces podremos abrir de una vez los ojos para recuperar la vida y la libertad adormecidas y despertaremos de un sueño que nunca debimos soñar, sobre todo tú, mi niña, que sólo tienes 16 añitos y unas alas a punto de volar.

¡Feliz cumpleaños!

AVISO A NAVEGANTES

Aviso a navegantes: el mal existe, dejémonos de tonterías.

Hay que aceptarlo y llamarlo por su nombre. Y no caer en la tentación del buenismo con que acostumbramos a afrontar cualquier conflicto que se nos presenta ya sea en el ámbito de la escuela, del trabajo o de la sociedad en general. Así nos va…

La RAE define el buenismo como la actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia: es el camino cómodo para todo. Pero desde luego no es el más adecuado para solucionar el problema. Ni para evitarlo.

Al parecer entre el 1 y el 4% de la sociedad (la cifra varía según los autores) está catalogada como psicópata, porcentaje que aumenta en el caso de ejecutivos y personas con altas responsabilidades en el ámbito político y empresarial, (son las “serpientes con corbata y traje” de las que hablan P. Babiak y R. Hare). Hablamos de sujetos egoístas sin pizca de empatía ni remordimiento, trepas sin escrúpulos, narcisistas interesados, manipuladores natos, parásitos insensibles eminentemente mentirosos. Lo malo es que muchos de ellos son a la vez encantadores y tienen una gran capacidad de persuasión y magnetismo.

Tuve ocasión de profundizar en el tema para documentarme sobre algunos personajes de mi novela y desde aquí quiero destacar, alabar y agradecer la labor divulgativa encomiable llevada a cabo por el blog Sobreviviendo a sociópatas y narcisistas

Los psicópatas son depredadores de libro. El abanico de técnicas que despliegan es muy variado según el tipo de presa que tengan en el punto de mira: adulación, agudo sentido del humor, bombardeo de atención, lástima, culpa… Su perspicacia y olfato para detectar necesidades y debilidades es su arma letal. El fin justifica los medios siempre. Te engancha y te atrapa en su red sin que te des cuenta.Y entonces estás perdido, porque puede destrozarte. Te usará y te tirará cuando se canse de ti o no le sirvas para nada. 

Y no sabrás por qué tuviste la mala suerte de cruzarte en su vida ni por qué despertaste su interés. No hay explicación posible. Su comportamiento no obedece a ninguna razón, su abuso se basa en el sinsentido y compruebas impotente cómo tu existencia se desbarata igual que un rompecabezas imposible de volver a encajar.

Según ciertas estadísticas cada persona en su vida se cruzará con un promedio de tres psicópatas. Yo debo tener un imán especial para atraer a este tipo de individuos y he cubierto el cupo sobradamente hace tiempo. Mi estrategia siempre ha sido la misma: desenmascarada la verdadera personalidad del sujeto en cuestión, pongo pies en polvorosa. Contacto cero. O mínimo posible. No siempre me han dejado en paz. Algunos se resisten como gato panza arriba a dejar escapar a su víctima y no dudan en utilizar todo tipo de artimañas para seguir haciéndote daño, prolongando la agonía. Las experiencias me han hecho más fuerte. Pero nunca he resultado ilesa. Reconozco que me han marcado y que arrastro secuelas difíciles de curar. Precisamente la palabra trauma deriva de la palabra griega herida. Y es que el trauma del abuso narcisista es lento y cuestiona nuestra visión del mundo y nuestro propio valor como personas.

Investigaciones publicadas en el American Journal of Psychiatry defienden que se pueden detectar características de psicopatía con resonancias magnéticas o con pruebas de reacción al miedo desde los tres años. El niño no se interesa por los demás; su mala conducta se basa en el placer que le produce molestar a sus compañeros, familiares y profesores y se siente por encima de las normas. Advierte que los docentes deben tener especial cuidado con estos niños o adolescentes porque suelen culpar a otros niños de sus malas acciones y son muy convincentes cuando se lo proponen. Normalmente dejarán pronto de cometer actos de forma abierta y violenta y utilizarán el abuso y la manipulación emocional que no deja huellas ni evidencias visibles. 

Todos hemos sido testigos de comportamientos de grupo perversos. En el cole siempre había dos o tres niños que pegaban o maltrataban a otros. La gran mayoría callaban, muy pocos intervenían para que dejaran en paz a los agredidos, algunos les consolaban en secreto, otros reían las gracias de los matones, a los que seguían como perritos falderos y sólo algún valiente les plantaba cara. Y esto sigue ocurriendo sin que nadie termine de hacer nada. La Administración y los equipos directivos de los centros educativos miran para otro lado, cubriéndose las espaldas con charlas y dinámicas teóricas contra el bullying. Nadie quiere que su estadística de acoso aumente. Así lo que no se cuenta ni se cuantifica no existe. Pero los niños malos siguen ahí. Nadie les para los pies. Y dentro de unos años quizás serán serpientes con traje. No lo olvidemos.

RUIDO

Una vez más sobrevivimos a la Navidad. Como decía aquel antiguo meme de whatsapp, se acabó por fin el simulacro colectivo de paz y amor y volvimos a ponernos el cuchillo entre los dientes y a gritar el habitual “sálvese quien pueda”. Ya se apagaron las luces, se recogieron los nacimientos napolitanos expuestos por todo el país, guardamos el árbol ecológico y, sin darnos cuenta, dejamos de escuchar villancicos en los Centros Comerciales e incluso en el súpermercado, después del asedio sin tregua desde el mes de octubre. Y llegó también el momento temido de tomar medidas drásticas para quemar el exceso de grasas, dulces, alcohol… Todo en esta vida tiene su cara y su cruz…

Pero este año la sirena que anuncia el fin de esta ilusión óptica navideña sonó antes de tiempo. De forma inesperada un ruido ensordecedor inundó el Congreso de los Diputados durante el debate de investidura, adelantándose a la llegada de los Reyes Magos de Oriente. Mucho, mucho ruido. Tanto ruido que era imposible explicar a mis hijos lo que estaba ocurriendo. Diputados que miraban sin disimulo el móvil y hablaban por redes sociales, alguno que leía con descaro un libro, otros de charla animada con su colega de al lado, muchos que no escuchaban, varios que interrumpían el discurso del contrario de todas las maneras posibles llegando incluso a exhibir panfletos, a proferir insultos y a gritar directamente, haciendo caso omiso a las llamadas de atención de la presidenta, algún grupito que abandonaba el hemiciclo cuando no estaba de acuerdo con el orador, uno que daba ostensiblemente la espalda al estrado para hacer constar su rechazo al grupo político que estaba en uso de la palabra…Todo ello durante su jornada laboral en el desempeño de una función que consiste en representar al resto de ciudadanos que les hemos votado para ese fin y sin importarles lo más mínimo que su comportamiento estuviera siendo retransmitido en directo (y previsiblemente con un elevado índice de audiencia) para todos los votantes en cuestión. Un panorama desolador.

En cualquier otro trabajo estas conductas serían causa de sanción disciplinaria e incluso despido. Y por mucho menos a un alumno de Primaria (no hablemos de Secundaria o de la Universidad) en su cole le habrían requisado de inmediato el móvil o el dispositivo electrónico de turno, avisando a continuación a sus padres, y además le habrían castigado convenientemente por varias faltas graves y muy graves conforme al reglamento interno de convivencia.

Por favor, un poquito de educación. Que aunque ahora los niños estudien en inglés el tema de la forma de Gobierno y la división de Poderes para intentar subirnos al tren de la modernidad que circula en ese idioma, estas cosas ponen en evidencia una imagen de país poco vanguardista y nada edificante. El ejemplo de estos señores es nefasto. Igual no se han enterado que ahora desde las aulas de Infantil se trabaja en equipo para preparar a los pequeños a ayudarse, respetarse y tolerarse, como deberán hacer cuando sean adultos en el desempeño de su profesión. Y en los equipos no suelen coincidir los amiguitos, sino niños con diferentes habilidades y a veces con caracteres e intereses muy diversos para favorecer la integración y el aprendizaje de escuchar, ceder, aportar, compartir y esforzarse para lograr un objetivo final.

Pero volviendo al tema de la Navidad… Dejando a un lado las desgracias ocurridas en el mundo durante 2019, que ya de por sí serían motivo más que suficiente para haber caído en una profunda depresión y gracias a ese don natural del egoísmo de la clase humana muy útil para sobrevivir pese a todo, después de un estudio exhaustivo de mi balance personal de alegrías y tristezas de estos doce meses, la verdad es que me alegro de que acabara. Definitivamente no fue un año memorable.

Comenzando por las cosas buenas: terminé mi primera novela, me atreví a escribir dos cuentos infantiles, combatí injusticias propias y ajenas con todas mis fuerzas, viví sorpresas agradables y momentos felices, encontré la paz en los mares del sur y conocí y  me rodeé de personas que merecen la pena.

Sin entrar en detalles innecesarios, las cosas malas pesaron más en mi cómputo anual y desequilibraron la balanza hacia el lado del descontento y el desánimo: decepciones profundas, problemillas de salud, desencuentros, disputas absurdas, distancias que duelen, sufrimiento de gente cercana, impotencia, desilusión.  Otro año en que los de siempre siguen ganando la partida porque el mundo está hecho a su medida.

Pese a todo tengo esperanzas en el 2020. Y también tengo propósitos y sueños por cumplir. Estos días he planeado nuevas tácticas y estrategias. Para seguir el viaje contra viento y marea. Porque como dice F. Pessoa:

"De todo, quedaron tres cosas: 
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.

Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera,
del sueño, un puente,
de la búsqueda... un encuentro.”


LA SOLEDAD

Horizonte

Aunque no puedo estar más de acuerdo con la afirmación de Nietzsche de que ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo, tengo que reconocer que, a veces, es muy duro huir hacia adelante en solitario y ponerse el mundo por montera.

El otro día, mientras echaba un vistazo con mi hijo pequeño al tema de Inglés y repasábamos la construcción del futuro simple, surgió una conversación muy interesante. (Desde que soy madre me encanta ver el mundo desde los ojos de los niños, situarme en su perspectiva, siempre certera y original. Y recordar la niña que fui hace ya tantos años y mis propias inquietudes y  argumentos apabullantemente lógicos y sencillos. A menudo aprendo de ellos más que de muchos adultos…la pena es no tener a mano una libreta para anotar cada una de sus ocurrencias sublimes y de sus sentencias irrebatibles.)

Pues bien, uno de los ejercicios que debía hacer consistía en echar a volar su imaginación para responder varias preguntas sobre cómo sería su vida en 2050. Con una seguridad aplastante mi pequeño de 11 añitos contestó que estaría casado. Que ya tenía decidido que la boda sería en la catedral de Santiago de Compostela (lo cual me dejó pasmada porque ni siquiera vivimos allí) y que la celebración posterior sería justo al lado, cerquita, en el Parador de los Reyes Católicos (debió gustarle cuando estuvimos sentados en la terraza, tomando un café este verano, es la única explicación que se me ocurre). Contagiada por tanto despropósito le pregunté si quería que le ayudara con los preparativos y la organización del evento. Su respuesta fue inesperada y genial y me llevó de vuelta a la realidad: -“Mami, eso habrá que preguntárselo a mi novia, a ver si le parece bien, si ella quiere pues entonces sí”. Acerté a decirle-“Claro, hijo, así tiene que ser”.

Y siguió con su rollo: que tendría dos hijos, que no sabía en qué iba a trabajar, aunque esperaba no tener que hacerlo (se ve que ya abandonó su idea de convertirse en un científico loco, según sus propias palabras), y por tanto, no tendría que desplazarse en el coche volador que aparecía en la ilustración del tema. Nada sorprendente: es un poco “vaguete” y vivir del cuento resulta una aspiración coherente con su actitud vital.

Lo mejor vino con la pregunta sobre qué amigos tendría y cómo se comunicaría con ellos. Ni corto ni perezoso dijo de inmediato que no tendría amigos, que sería padre y no tendría tiempo. Ante mi sorpresa insistió: “¿no ves que papá no sale con amigos por ahí?”. -“Es verdad, no lo hace, pero eso no significa que no tenga amigos”- repliqué rauda y veloz.

Acorralado, se refirió a mí: “Tú tampoco sales casi, siempre estás cuidando de nosotros”.

Y añadió:- “Bueno, hablaré con mis amigos por la Play o por el móvil”. Y desapareció escaleras abajo, dispuesto a ver su programa favorito en la tele…

Y ahí me quedé yo, pensativa y perpleja. Es cierto. La soledad es peligrosa y adictiva. Como dice C. Jung, “una vez que te das cuenta de cuánta paz hay en ella no quieres lidiar con la gente”. Y aunque soy una persona sociable por naturaleza con frecuencia busco inconscientemente mi espacio en la soledad del océano. 

La última vez que fui de cena con unas amigas decidí que nunca más volvería a hacerlo. La velada fue un desastre. Dos de ellas discutieron por una auténtica tontería que resultó esconder reproches ancestrales sin resolver ni perdonar. Hubo lloros, escena de correr al baño, intentos inútiles de salvar la situación, silencios incómodos, recomposición de maquillaje, tensión en el ambiente y falso tupido velo final: un drama.

A mí se me hizo un nudo en el estómago por los nervios y no veía el momento de irme de allí corriendo. Esas situaciones me superan. También era mala suerte, para un día que me animaba a salir acabábamos como el rosario de la aurora. Pero no había llevado mi coche así que tuve que esperar. Yo creía que, después de lo ocurrido, todas, especialmente las ofensoras/ofendidas, estarían deseando retirarse y no prolongar la agonía. Pero me equivoqué. En el postre se abrazaron y acordaron ir a tomar una copa a un local cercano. Menos mal que mi choferesa tenía que madrugar y dijo que era hora de volver a casa. En ese momento la amé.

Pero todo esto es difícil de explicar a un niño. Son “mierdas” de mayores. Al cabo de un rato intenté decirle que “a veces, cuando un lazo se estrecha de más en lugar de unir corta lo que amarraba” y que por ello era conveniente mantener una distancia de seguridad y prudencia con las personas. Y también que no se preocupara, que “la verdadera amistad resiste el tiempo, la distancia y el silencio” como dice mi admirada Isabel Allende.

Pero no debí resultar muy convincente o simplemente no me escuchaba porque siguió erre que erre con que tenemos que salir más. Me temo que su preocupación no era tan sincera ni desinteresada y que tenía trampa: lo único que pretendía era jugar a la Play sin control en nuestra ausencia. Y yo rompiéndome la cabeza…

EPOJÉ

Estaba yo tan relajada disfrutando de mi caos veraniego particular que la vuelta al cole me pilló totalmente desprevenida.

Después de surcar durante meses mares en calma, con una suave brisa a favor, mi barco tenía que enfrentarse a marejadas, mares gruesas y arboladas así de repente y sin solución de continuidad, sin apenas tiempo para tomar una decisión lúcida acerca de cómo capear el temporal que me sorprendía en plena travesía de regreso a casa.

A veces hay que esperar a que amaine para buscar un puerto seguro. Pero eso exige serenidad y conocimientos náuticos y yo carezco de ambos a partes iguales… Por lo que la situación ha sido crítica y me he sentido perdida entre el ímpetu del mar y el viento.

Hubo momentos en que pensé tirarme por la borda y dejar a este endeble cascarón de nuez perderse entre el oleaje definitivamente. Pero rendirse es de cobardes y debo continuar el viaje y perseguir mis sueños, como decía el poema.

Afirmaba Joseph Conrad que “los temporales tienen su propia personalidad y después de todo, tal vez ello no sea extraño, pues al fin y al cabo son adversarios cuyas artimañas debe uno desbaratar, cuya violencia debe uno resistir y, con los que, sin embargo, ha de vivir en la intimidad de las noches y los días”.

En la contienda se fueron al traste mi calculada actitud de Epojé y mi propósito otoñal de ataraxia total. Tuve que mojarme, como siempre que me salpica alguna injusticia. Y esta vez me tiré de cabeza con tanto impulso que llegué hasta el fondo. No tengo remedio. No sé mirar para otro lado, permanecer neutral como Suiza, impertérrita como una geisha o hierática como una esfinge. Y así me va…

Entre las diversas olas montañosas que tuve que navegar y vencer esos días, no podía divisar ni tampoco imaginar la ciclogénesis explosiva que se estaba preparando. Las nubes grises aparecieron en la reunión inicial de curso.

Como hija de la antigua EGB debo aclarar con carácter previo que nunca viví este grado de involucración y compromiso que se exige ahora a los padres. Los niños entonces no éramos el centro de atención: por norma general nuestros progenitores apenas pisaban el colegio salvo trastada grave; si te castigaba un profesor sería con razón y te volvían a castigar en casa por si acaso; si alguien te pegaba pues algo habrías hecho; si te enfadabas con un amigo ya lo arreglarías tú solito y si suspendías tendrías que haber estudiado más y te fastidiabas el verano. Y punto. Principio de intervención mínima. Y aquí paz y después gloria. A veces me pregunto cómo hemos podido llegar hasta aquí…

Pero ahora resulta que nos han dado vela en el entierro. Que si tutorías, que si reunión inicial, que si encuesta de satisfacción, que si Master Class de padres, que si charlas varias, que si grupo aleatorio de Brainstorming, que si plataforma de comunicación, que si fiesta de la familia, que si celebración de la Paz, de Navidad, de Carnaval, de Fin de Curso…(En mi caso multiplicado por tres, lo cual supone escuchar tres veces el mismo rollo y a analizar detenidamente los tics, gags, coletillas y gestos del orador en cuestión)

Todo esto nos ha llevado a considerar que tenemos derecho a opinar y a ser escuchados por el Centro en los temas que verdaderamente nos importan, que son básicamente la calidad de la educación que reciben nuestros hijos y el refuerzo de los valores que deben venir aprendidos de casa. 

El sistema ha conseguido que unas personas hechas y derechas, incluso profesionales relevantes estén agobiados por el examen de Mates, abrumados por los deberes de Social Science o se sepan de memoria la expresión oral de Lengua de su pequeño de siete años. También el menú de los comedores escolares es un motivo serio de preocupación. En una ocasión fui testigo de una conversación de más de una hora sobre la escasa aceptación del segundo plato de ese día y la conveniencia de poner una queja…¿Estamos locos? me preguntaba…el tema no no daba para más. Por no mencionar las actividades extra escolares y sus correspondientes competiciones que merecen un capítulo aparte.

Y por hacer autocrítica tal vez el sistema nos ha empujado a meternos donde nadie nos llamaba… Pero este es el precio que tienen que pagar por haber abierto la caja de los truenos.

También hay que añadir que acababa de terminar Merlí la noche anterior después de varias sesiones intensivas de tres capítulos de un tirón (tal era mi grado de enganche), una serie sobre las andanzas de un profesor de Filosofía que quiere hacer de sus alumnos de bachiller unos adultos críticos, que se cuestionen cuanto les rodea, recurriendo a veces a métodos poco ortodoxos que no dejan indiferentes al resto de profesores, padres y a los propios estudiantes de un instituto público barcelonés. Aún conservaba en la retina la libertad, el compañerismo, la solidaridad, la tolerancia, la humanidad y el debate constante y abierto que se respiraba en esas aulas y seguía conmocionada por su abrupto aunque coherente final.

Así que nada más entrar en el salón de actos se me cayó el alma a los pies. Una bienvenida tristona y sombría en un escenario oscuro, con caras serias y circunspectas que no presagiaban nada bueno.

El viento del norte me sacudió violentamente mientras escuchaba las novedades del curso y apenas podía sujetarme en los reposabrazos de la butaca.

La enésima constatación de que en muchas ocasiones el triunfo nada tiene que ver con las virtudes ni con los méritos siempre es desoladora y decepcionante. Pero si además te afecta especialmente por haber sufrido en tus carnes (o en las de tu hijo) las malas prácticas, modos e ira desatada y de todo punto injustificada de un personaje que ahora se presenta ante todos con un flamante cargo directivo bajo el brazo el dolor se vuelve casi insoportable. Que el Centro, teniendo constancia fehaciente de sus fechorías, le premie con un reconocimiento de este tipo es algo incomprensible, que escapa a cualquier intento de argumentación lógica y ética.

Pero aún había más. Y es que la sombra de la mediocridad se extiende como un vertido de fuel en el océano, formando una mancha perversa y pastosa que tiñe de negro el agua más pura y la arena más fina, con efectos devastadores e insospechados. Es tan mezquino intentar apagar a la gente que brilla con pretextos burdos e incoherentes en lugar de premiarla y valorarla como merece. Defender y ensalzar a quien no se esfuerza o es un incompetente no tiene excusa ni paliativos y no logra esconder la envidia que les mueve.

Para resumir la situación: A la profesora que más destacó, se preocupó y se desvivió por los alumnos el curso pasado, con un currículum impresionante y un montón de ideas innovadoras la apartaron a un lado y en su lugar pusieron al profesor que más quejas había recibido, incluso en Inspección. ¿Qué pretendía el Colegio con este movimiento? ¿Tal vez cortar las alas a la profesora excelente y disimular la incompetencia del profesor cuestionado? ¿Dar un golpe de autoridad en la mesa para demostrar a los padres que quejarse no vale de nada?

Pues bien, en este caso varios padres se indignaron de inmediato y se mostraron dispuestos a protestar de forma aparentemente unánime. Incluso alguien creó un grupo de Whatsapp y hubo ofrecimientos para redactar un escrito en nombre de todos.

Comenzó a llover con fuerza. Y aún arreció los días siguientes: la iniciativa resultó un auténtico fracaso cuando llegó la hora de firmar y retrató a más de uno: comenzaron a dividirse las opiniones, se asomó por la puerta el miedo a las represalias, se sucedieron las disculpas para no dar la cara bajo el disfraz de recelos, dudas, reticencias, peros, desacuerdo en comas y puntos y el famoso donde dije digo, digo Diego. 

La lluvia cesó por fin pero no salió el sol. No conseguimos nada. Las intenciones de lucha se fueron disipando y terminaron de desinflarse como un globo. Me temo que cualquier día la profesora pierda la ilusión y piense que no sale a cuenta el esfuerzo y la implicación.

El colegio no escuchó nuestras razones. Ni veló por el bienestar de los niños. De antemano sabía que tenía ganada la partida al jugar con las cartas de la intransigencia y del ordeno y mando, con su mantra de siempre: Nunca llovió que no escampara

Me acordaba entonces de mi Merlí y de las acciones colectivas de protesta en las que la unidad era sagrada e incuestionable y me deprimí profundamente, vislumbrando como única salida caer en brazos de la apatía y el desánimo.

Pero inesperadamente una fuerza interior que suele remolcarme en los casos graves de zozobra me hizo reaccionar y salir a flote. Las cosas no pueden quedar así, alguna vez tendrán que ganar los buenos, me dije. Y por intentarlo no pierdo nada. Así que he decidido aletear, como una inocente mariposa, a ver si algo cambia por fin en alguna parte.