
Aviso a navegantes: el mal existe, dejémonos de tonterías.
Hay que aceptarlo y llamarlo por su nombre. Y no caer en la tentación del buenismo con que acostumbramos a afrontar cualquier conflicto que se nos presenta ya sea en el ámbito de la escuela, del trabajo o de la sociedad en general. Así nos va…
La RAE define el buenismo como la actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia: es el camino cómodo para todo. Pero desde luego no es el más adecuado para solucionar el problema. Ni para evitarlo.
Al parecer entre el 1 y el 4% de la sociedad (la cifra varía según los autores) está catalogada como psicópata, porcentaje que aumenta en el caso de ejecutivos y personas con altas responsabilidades en el ámbito político y empresarial, (son las “serpientes con corbata y traje” de las que hablan P. Babiak y R. Hare). Hablamos de sujetos egoístas sin pizca de empatía ni remordimiento, trepas sin escrúpulos, narcisistas interesados, manipuladores natos, parásitos insensibles eminentemente mentirosos. Lo malo es que muchos de ellos son a la vez encantadores y tienen una gran capacidad de persuasión y magnetismo.
Tuve ocasión de profundizar en el tema para documentarme sobre algunos personajes de mi novela y desde aquí quiero destacar, alabar y agradecer la labor divulgativa encomiable llevada a cabo por el blog Sobreviviendo a sociópatas y narcisistas.
Los psicópatas son depredadores de libro. El abanico de técnicas que despliegan es muy variado según el tipo de presa que tengan en el punto de mira: adulación, agudo sentido del humor, bombardeo de atención, lástima, culpa… Su perspicacia y olfato para detectar necesidades y debilidades es su arma letal. El fin justifica los medios siempre. Te engancha y te atrapa en su red sin que te des cuenta.Y entonces estás perdido, porque puede destrozarte. Te usará y te tirará cuando se canse de ti o no le sirvas para nada.
Y no sabrás por qué tuviste la mala suerte de cruzarte en su vida ni por qué despertaste su interés. No hay explicación posible. Su comportamiento no obedece a ninguna razón, su abuso se basa en el sinsentido y compruebas impotente cómo tu existencia se desbarata igual que un rompecabezas imposible de volver a encajar.
Según ciertas estadísticas cada persona en su vida se cruzará con un promedio de tres psicópatas. Yo debo tener un imán especial para atraer a este tipo de individuos y he cubierto el cupo sobradamente hace tiempo. Mi estrategia siempre ha sido la misma: desenmascarada la verdadera personalidad del sujeto en cuestión, pongo pies en polvorosa. Contacto cero. O mínimo posible. No siempre me han dejado en paz. Algunos se resisten como gato panza arriba a dejar escapar a su víctima y no dudan en utilizar todo tipo de artimañas para seguir haciéndote daño, prolongando la agonía. Las experiencias me han hecho más fuerte. Pero nunca he resultado ilesa. Reconozco que me han marcado y que arrastro secuelas difíciles de curar. Precisamente la palabra trauma deriva de la palabra griega herida. Y es que el trauma del abuso narcisista es lento y cuestiona nuestra visión del mundo y nuestro propio valor como personas.
Investigaciones publicadas en el American Journal of Psychiatry defienden que se pueden detectar características de psicopatía con resonancias magnéticas o con pruebas de reacción al miedo desde los tres años. El niño no se interesa por los demás; su mala conducta se basa en el placer que le produce molestar a sus compañeros, familiares y profesores y se siente por encima de las normas. Advierte que los docentes deben tener especial cuidado con estos niños o adolescentes porque suelen culpar a otros niños de sus malas acciones y son muy convincentes cuando se lo proponen. Normalmente dejarán pronto de cometer actos de forma abierta y violenta y utilizarán el abuso y la manipulación emocional que no deja huellas ni evidencias visibles.
Todos hemos sido testigos de comportamientos de grupo perversos. En el cole siempre había dos o tres niños que pegaban o maltrataban a otros. La gran mayoría callaban, muy pocos intervenían para que dejaran en paz a los agredidos, algunos les consolaban en secreto, otros reían las gracias de los matones, a los que seguían como perritos falderos y sólo algún valiente les plantaba cara. Y esto sigue ocurriendo sin que nadie termine de hacer nada. La Administración y los equipos directivos de los centros educativos miran para otro lado, cubriéndose las espaldas con charlas y dinámicas teóricas contra el bullying. Nadie quiere que su estadística de acoso aumente. Así lo que no se cuenta ni se cuantifica no existe. Pero los niños malos siguen ahí. Nadie les para los pies. Y dentro de unos años quizás serán serpientes con traje. No lo olvidemos.
