ALZANDO EL VUELO

Hace poco más de un año entré a formar parte de una bandada de madres gaviotas por pura casualidad. El nexo de unión fue, sin duda, el hecho accidental de llevar un tiempo sin volar por la falta de viento que empujara nuestras alas. Sobrevivíamos a duras penas, caminando en equilibrio al son de las olas, sin poder elevar la mirada y vislumbrar el panorama. Después de tantos años nos habíamos acostumbrado a ver el mundo a ras del suelo y las nubes nos daban vértigo: parecían un espejismo inalcanzable.

Creo que muchas teníamos un miedo reverencial a volver a volar, tal era nuestra falta de práctica y la resignación y el tedio que nos invadían.

Lo más dramático era el aislamiento en el que nos encontrábamos, la pérdida del sistema de comunicación y de contactos que nos diferenciaba de otras aves. Algunas estaban prácticamente mudas.

Una leve brisa inesperada nos reunió en esta playa. Poco a poco fuimos llegando tímidamente, volando bajo. Nos miramos y nos reconocimos. Algunas exhibían, valientes, heridas de guerra entre el plumaje. Otras teníamos cicatrices invisibles, de esas que sólo pueden ser apreciadas por el corazón.

Desde entonces nos hemos convertido en cómplices. Las palabras han vuelto a fluir, tejiendo una red que nos une y nos impulsa hacia adelante. El miedo a las alturas se ha esfumado, hemos tomado conciencia de que allí está nuestro lugar.

Juntas hemos descubierto que, a veces, cuando el viento no es favorable no basta con invocar a Eolo para que ruja el Mistral o el Cierzo azote, que los Alisios nos acunen o el Levante nos enloquezca, que el Terral nos acaricie, la Galerna nos sacuda o el Poniente sople a nuestro antojo. Tenemos que erguirnos y alzar el vuelo batiendo las alas y llegar tan lejos como nos lleven nuestros sueños.

Y aquí estamos alzando el vuelo sobre el mar y mirando cara a cara a la línea perfecta del horizonte, que nos aguarda. Nadie podrá pararnos esta vez…

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