
En los últimos tiempos conjugamos más que nunca el verbo “rechazar” en todas sus acepciones y soportamos en silencio el proceso que arrastra consigo hasta convertirse en el temido y devastador sustantivo “rechazo” que nos termina de hundir en las profundidades del dolor y la frustración.
Desde que soñamos despiertos esta pesadilla de pandemia y salimos a la calle armados con geles hidroalcohólicos y con el escudo de la mascarilla marcamos una distancia de seguridad imaginaria que obliga al otro a retroceder como si fuera nuestro enemigo o un apestado del que conviene alejarse. Algunas personas incluso nos esquivan sin ningún disimulo o recriminan abiertamente a los demás metidos en su papel de guardianes de la moral y el orden (sus incumplimientos no cuentan, sólo ven la paja en el ojo ajeno: un día escuché a una señora que, después de reconocer abiertamente que cada fin de semana iba a su aldea a pesar del cierre perimetral de la ciudad con la excusa preparada de un problema en las tuberías, se jactaba de haber llamado la atención a unos jóvenes en una terraza por no ponerse la mascarilla inmediatamente después de beber del vaso) y ya ni siquiera cabe considerar estas conductas una muestra de mala educación. Tienen la bula del estrés pandémico y del miedo al contagio. Por supuesto no hablo de no respetar las normas, sino de llegar al extremo de erigirse en nuevos “ultraortodoxos” cívicos hasta los límites del desprecio a la ciencia. Pero no es este el peor sentido de la palabra rechazo.
Lo sutil suele ser aún más terrible que lo evidente. Comprobar que no te llaman, que no te aceptan, que no cuentan contigo … que no te quieren. Por mucha fuerza interior y muchos recursos psicológicos que tengas el rechazo invisible duele. Hakim Sanai nos intenta reconfortar en estos casos: «Si conoces tu propio valor ¿qué necesitas preocuparte sobre la aceptación o rechazo de los otros?” Pero a mí me afecta, no puedo evitarlo.
Ahora la vida se ha convertido en una sucesión de beneplácitos y rechazos. En el afán desmedido de las empresas de recabar datos y cumplir a rajatabla los preceptos del nuevo marketing que exige un feedback constante del cliente nos convertimos en jueces implacables a tiempo completo. Si adquirimos un producto tenemos que calificar a los pocos minutos cómo ha sido nuestra experiencia de compra, si nos atienden por teléfono para resolver cualquier trámite, nos piden esperar unos instantes al final de la conversación para puntuar la atención recibida, al abandonar un hotel recibimos a un correo electrónico para evaluar los servicios que ofrecen y que hemos utilizado, incluso al pagar en algún establecimiento la propia maquinita muestra una escala de grado de satisfacción a través de diferentes caritas que van desde el enfado a la sonrisa de oreja a oreja. Sinceramente, me parece cruel y poco fiable. Quizás nuestra aprobación o nuestro desagrado tenga repercusiones laborales para las personas involucradas. Y no sabemos nada acerca de quién es, qué situación atraviesa, qué problemas le preocupan… Y como si no tuviéramos bastante con este bombardeo de solicitudes de datos, mucha gente decide tomar la iniciativa y actuar como un crítico profesional de los restaurantes y establecimientos que visita, tomándose su tiempo para despacharse a gusto en las redes sociales sobre la calidad de la comida o su elaboración, el estado de las instalaciones, el trato dedicado, la limpieza, el ambiente… Cuando leo estas reseñas negativas me da mucha pena, pueden hundir la reputación de alguien que ha luchado mucho y que, simplemente, ha tenido un mal día. A veces me pregunto cómo viven esos comentaristas usurpadores, qué comen a diario, cómo son sus casas… igual tampoco pasaban la prueba del algodón. Pero como son clientes creen que tienen razón por defecto así como el peligroso súper poder de veto romano.
Buscar trabajo es una de la máximas expresiones de este tipo de sufrimiento. Nadie te explica por qué no eres seleccionado, qué competencias deberías mejorar, qué experiencia te sobra o cuál te falta, de qué soft skills careces… Sólo recibes la elocuencia del silencio: en este caso “no news” no son “good news”.
El rechazo no entiende de edad. Supongo que todos lo hemos padecido en algún momento de nuestra vida en una o en varias manifestaciones de su significado (aunque algunos nunca lo reconocerán en voz alta): un compañero del cole que te insulta o te pega, no resultar elegido delegado, no ganar un concurso, no ser seleccionado para algo, un amor no correspondido, un grupo del instituto que te hace el vacío, un profesor que te tiene manía, un compañero de trabajo que no te soporta, un jefe hostil y despiadado, un cliente borde, un proyecto personal que no se lleva a cabo, un ascenso denegado, propuestas descartadas, personas cercanas que te dan la espalda, una decisión vital incomprendida… Lo que nos diferencia es la forma de enfrentarlo y de encajarlo en nuestra memoria, en ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos que somos del que habla Borges: si nos ha servido para crecer, para aprender, para levantarnos con más impulso o por el contrario nos ha sumido en una profunda apatía.
Afirma Eduardo Punset que “hemos crecido en un entorno determinado y todo lo que sea diferente nos causará (en primera instancia) desconfianza o rechazo”. Lo malo es cuando lo diferente eres tú y eres, por tanto, el sujeto paciente de este rechazo que muchas veces no comprendes… Dice A. Camus que “nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para ser normales”. Y estoy de acuerdo. Es muy difícil sobrevivir en este absurdo que nos rodea.
La acepción que más me gusta de la palabra rechazo es el de “vuelta o retroceso que hace un cuerpo por encontrarse con alguna resistencia”. Sí, hay veces en que nada se nos pone por delante y rompemos barreras y moldes y lo que haga falta. Pero en otras ocasiones el rechazo nos pilla con las defensas bajas y nos rendimos, replegándonos de inmediato torpe y discretamente como un caracol. No es una derrota final. Solo una batalla perdida. Necesitamos la soledad de nuestro caparazón para encontrarnos de nuevo. Pronto llegará el día en que atisbemos un rayo de sol y nos sintamos preparados para salir a la arena con paso firme.
No podemos permitir que las palabras nos hagan daño. No deben detenernos ni impedirnos ver el horizonte. Aunque sean tan desoladoras como “rechazo“.
«Las palabras son solo piedras atravesando la corriente de un río. Si están allí es para que podamos llegar a la otra orilla, la otra orilla es lo que importa” J. Saramago