
Ahora resulta que vivo desde hace tiempo plácidamente en un océano azul. Que he seguido, sin saberlo, los postulados de Sun Tzu, gurú de cabecera de todo ejecutivo que se precie, y que vengo practicando el arte de la guerra de ganar sin luchar: como un pececillo que escapa despavorido del océano rojo, infectado de tiburones y demás depredadores del mar, para disfrutar de la calma de un nuevo horizonte lleno de oportunidades y con una fauna menos densa y mucho más pacífica, alejándose del ruido y de las asechanzas continuas que le impedían ser feliz.
En este océano azul todo es posible. No hay guerras cruentas ni competencia feroz. Es un nuevo espacio donde desarrollar ideas y poder encontrar tu propio abracadabra. El silencio permite escuchar tus pensamientos y mirar con perspectiva, sin prisa, valorando detenidamente pros y contras, flotar mirando pasar las nubes o navegar con el viento a favor, sin apenas esfuerzo, sólo dejándote llevar por las olas.
Algo así como el “shinrin-yoku” japonés, adentrarte en el bosque donde todo es silencioso y tranquilo para relajarte y vivir en el “ukiyo” o mundo paralelo alejado de las preocupaciones cotidianas, buscando el “ikigai”, verdadera razón de vivir que te impulsa cada día a seguir adelante y a intentar aportar algo a los demás, eso que define tu esencia y por lo que te gustaría ser recordada. Un oasis de mar azul cristalino entre las aguas teñidas de rojo.
De casualidad he sabido que esto en realidad es una teoría económica de gran éxito creada en 2005 por W. Chan Kim y Renée Mauborgne que, en términos generales, vino a contradecir el dicho popular de que los mares tranquilos no hacen buenos marineros, descubriendo nuevas rutas de navegación y nuevos puertos donde atracar a las empresas, alejándose de los confines conocidos. Ahora que parece que economía y vida son incompatibles, una disyuntiva fatal, un dilema moral y social que obliga a los gobiernos a elegir entre salvar vidas o evitar que la economía se hunda me gustaría recordar que son dos caras de la misma moneda. Y que las estrategias para evitar el naufragio son las mismas. Y que si hay que elegir a quién salvar, por favor, quedémonos con la vida. Siempre. Sin pretextos. Porque nunca se ha visto un océano sin peces. Porque la economía o gestión de la casa, según su significado original, debe satisfacer las necesidades humanas y no al revés.
Por distintas circunstancias quizás tenga que abandonar este maravilloso océano azul y regresar al océano ensangrentado de donde huí. O tal vez sean las olas rojas las que están acercándose poco a poco, amenazando a mi pobre barco… es confuso el límite entre ambos océanos… Escucho cantos de sirena que me despiertan e intentan atraerme y llevarme de vuelta a la jungla marina y a la tiranía de los tiburones blancos. Y no quiero. Cuando has vivido en un océano azul es difícil adaptarse de nuevo a la guerra sin cuartel, sobrevivir a las emboscadas diarias, no morder los anzuelos dorados, no clavarse cientos de espinas… Y sobre todo, es imposible recuperar la inocencia perdida y volver a creer en los cuentos de hadas.