UN AÑO MÁS

Dice Rafael Alberti que «las palabras abren puertas sobre el mar.» Y es verdad. En este año de ciencia ficción donde se prohibieron los abrazos nos quedó el consuelo de las palabras. Palabras que nos curaron, que nos acompañaron en nuestra soledad, que nos acercaron desde la distancia, que nos hirieron como flechas, que nos faltaron como el aire para respirar.

«Toda palabra dice algo más de lo que debiera y también menos de lo que debiera expresar «afirma Ortega y Gasset. Por eso me gusta tomarme mi tiempo para elegir la palabra precisa que acaricie el alma, que sea una mano tendida, una sonrisa perfecta, una mirada constante, un beso con alas. Según Unamuno «la palabra sabia es aquella que, dicha a un niño, se entiende siempre aunque no se explique». No siempre lo consigo. Las palabras no siguen una trayectoria previamente determinada que pueda calcularse con una fórmula matemática. A veces lanzas una palabra en linea recta y se convierte en una curva que de pronto sube y luego baja desdibujándose en el camino. Otras gritas con fuerza la palabra y el eco traicionero la distorsiona, y la reduce a un susurro lejano. Muchas veces se pierden en la elíptica y no es posible encontrarlas de nuevo, quedando en tierra de nadie, en paradero desconocido, como un globo de helio aventurero que se escapa de nuestra mano. O se retrasan y ya no son escuchadas: Haruki Murakami asegura que “por algún motivo las palabras adecuadas siempre llegan demasiado tarde”. O son simple ruido de palabras vacías que no dicen nada, que nos aturden…Julio Cortázar pensaba que “no hay sustancias más letales que esas que se cuelan por cualquier parte, que se respiran sin saberlo en las palabras o en el amor o en la amistad”. Pero, a pesar de estos inconvenientes, si la palabra mejora el silencio, siempre es mejor pronunciarla y rezar para que produzca el efecto deseado. Porque hay ocasiones en que las palabras siguen la parábola planeada y se produce el milagro de la comunicación y, sobre todo, el de la emoción que nos une con nuestro interlocutor. Y es que «las palabras, como los rayos X, atraviesan cualquier cosa, si uno las emplea adecuadamente» ( A. Huxley).

Las palabras, cruzan océanos encerradas en botellas de cristal, se las lleva el viento si te descuidas, huyen hasta la nube y desde allí nos persiguen, acechándonos durante toda la eternidad, escriben la historia que debe ser recordada, rompen muros infranqueables, funden el hielo del corazón más frío, queman como un dardo de fuego, son luz en la oscuridad. Las palabras no reconocen más bandera que la libertad ni más letanía que los versos de un poeta. Decía Lorca que «la poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio…»

Aunque se ahoguen con mordazas en forma de mascarilla, como en este año maldito que nos ha tocado vivir. Las palabras son supervivientes natas. Se cuelan por cualquier rendija de la nueva normalidad. Para seguir uniéndonos, mientras nos quedamos a solas en casa, sin hacernos compañía.

Benditas palabras.

Brindemos por otro año lleno de palabras que lo digan todo en medio de este silencio.

Estaba en la oscuridad, pero di tres pasos y me encontré en el paraíso. El primer paso fue un buen pensamiento, el segundo, una buena palabra; y la tercera, una buena escritura”. (Nietzsche)

MI OCÉANO AZUL

Ahora resulta que vivo desde hace tiempo plácidamente en un océano azul. Que he seguido, sin saberlo, los postulados de Sun Tzu, gurú de cabecera de todo ejecutivo que se precie, y que vengo practicando el arte de la guerra de ganar sin luchar: como un pececillo que escapa despavorido del océano rojo, infectado de tiburones y demás depredadores del mar, para disfrutar de la calma de un nuevo horizonte lleno de oportunidades y con una fauna menos densa y mucho más pacífica, alejándose del ruido y de las asechanzas continuas que le impedían ser feliz.

En este océano azul todo es posible. No hay guerras cruentas ni competencia feroz. Es un nuevo espacio donde desarrollar ideas y poder encontrar tu propio abracadabra. El silencio permite escuchar tus pensamientos y mirar con perspectiva, sin prisa, valorando detenidamente pros y contras, flotar mirando pasar las nubes o navegar con el viento a favor, sin apenas esfuerzo, sólo dejándote llevar por las olas.

Algo así como el “shinrin-yoku” japonés, adentrarte en el bosque donde todo es silencioso y tranquilo para relajarte y vivir en el “ukiyo” o mundo paralelo alejado de las preocupaciones cotidianas, buscando el “ikigai”, verdadera razón de vivir que te impulsa cada día a seguir adelante y a intentar aportar algo a los demás, eso que define tu esencia y por lo que te gustaría ser recordada. Un oasis de mar azul cristalino entre las aguas teñidas de rojo.

De casualidad he sabido que esto en realidad es una teoría económica de gran éxito creada en 2005 por W. Chan Kim y Renée Mauborgne que, en términos generales, vino a contradecir el dicho popular de que los mares tranquilos no hacen buenos marineros, descubriendo nuevas rutas de navegación y nuevos puertos donde atracar a las empresas, alejándose de los confines conocidos. Ahora que parece que economía y vida son incompatibles, una disyuntiva fatal, un dilema moral y social que obliga a los gobiernos a elegir entre salvar vidas o evitar que la economía se hunda me gustaría recordar que son dos caras de la misma moneda. Y que las estrategias para evitar el naufragio son las mismas. Y que si hay que elegir a quién salvar, por favor, quedémonos con la vida. Siempre. Sin pretextos. Porque nunca se ha visto un océano sin peces. Porque la economía o gestión de la casa, según su significado original, debe satisfacer las necesidades humanas y no al revés.

Por distintas circunstancias quizás tenga que abandonar este maravilloso océano azul y regresar al océano ensangrentado de donde huí. O tal vez sean las olas rojas las que están acercándose poco a poco, amenazando a mi pobre barco… es confuso el límite entre ambos océanos… Escucho cantos de sirena que me despiertan e intentan atraerme y llevarme de vuelta a la jungla marina y a la tiranía de los tiburones blancos. Y no quiero. Cuando has vivido en un océano azul es difícil adaptarse de nuevo a la guerra sin cuartel, sobrevivir a las emboscadas diarias, no morder los anzuelos dorados, no clavarse cientos de espinas… Y sobre todo, es imposible recuperar la inocencia perdida y volver a creer en los cuentos de hadas.