
Recuerdo como si hubiera sido ayer una conversación telefónica surrealista con una mamá del cole.
Nunca habíamos hablado antes y se presentó como “la mamá de Fulanita” para invitar a mi hija al cumple de su pequeña. Pero, al escucharse a sí misma pronunciar esas palabras, enseguida corrigió: ”En realidad no soy la mamá de nadie. Soy Zutanita de Tal y Cual. Porque yo soy YO antes que madre”- aseguró en tono tajante y decidido. Con esta declaración de intenciones comenzó una perorata disparatada que parecía no tener fin. No sé por qué salió el tema de la función de Navidad y del rollo de la indumentaria de los niños (a la suya le había tocado de paje). Al comentarle que ya me había fijado, que era un traje precioso, me contó que lo había cosido ella misma, aunque no era modista ni mucho menos. Ella era una profesional, un ingeniera técnica más concretamente, con un cargo importante en una multinacional. Y así siguió hablando durante casi una hora en un monólogo delirante y agotador. No tuve ocasión de meter baza…
Cuando pude despedirme y colgar el teléfono pensé que la tal Zutanita era una pirada petulante y que debajo de su discurso debía haber muchos complejos e inseguridades… Como tantas veces, el tiempo me dio la razón.
Yo, sin embargo, estoy orgullosa de ser madre. No me importa ser la “mamá de” ni creo que por ello pierda un ápice de mi personalidad. Porque ser madre forma parte de mí. No existe un YO independiente de la maternidad. Zutanita, (con la que a partir de entonces tuve cierta relación por la amistad de las niñas) solía repetirme que un hijo era un problema, dos hijos dos problemas y tres, tres problemas, como si le consolara tener un problema en lugar de tres, como en mi caso.
Pues bien, no me importa tener tres problemas. Los asumo y me responsabilizo e intento comprender sus enunciados, buscar las premisas y el razonamiento más adecuado para hallar soluciones sobre la marcha a todos los interrogantes que se me plantean, que no son pocos.
Dice Saramago que ser padre es el mayor acto de coraje que alguien puede hacer. Tal vez tenga razón. Para mí es, sin duda, mi mayor hazaña.
Ser madre me ha ayudado a crecer, a enfrentarme a mis miedos, a ver el mundo con otros ojos, a simplificar, a buscar soluciones prácticas, a resolver conflictos, a desarrollar habilidades de negociación y de organización, a optimizar recursos y tiempo, a trabajar en equipo, a repartir tareas y a dejar de pensar en mí como centro del universo para poner por delante el beneficio común.
Es una pena que el sistema no aprecie el potencial de las madres y que la sociedad juzgue y condene a quien decide tener hijos y se ve forzada por distintas circunstancias a dejar su profesión durante un tiempo. Todas nosotras tenemos una historia que contar, imposible de explicar en una entrevista de trabajo. Y, a veces, el paréntesis inicial se convierte en unos puntos suspensivos que no conectan con ningún nuevo párrafo. Y ahí te quedas, perdida en el papel en blanco, suspendida en el limbo laboral.
Se me han cerrado muchas puertas por haber sido madre y por haber decidido encargarme del cuidado de mis hijos. Y eso que no me quedé de brazos cruzados: seguía completando mi formación con másteres, cursos de doctorado, idiomas… quitando horas al sueño o aprovechando ratos perdidos de espera en el cole o en las actividades de turno. No me arrepiento. En mi balanza ciega siempre ha pesado más su bienestar que cualquier otra cosa en el mundo.
Lo ideal sería que una madre no tuviera que elegir, que existieran medidas eficaces que facilitaran la conciliación. Durante este tiempo llegué a pensar que mi tren profesional había pasado y que ya no podría subirme a ningún otro. En estas estaba cuando llegó el confinamiento. El sueño de una hipotética oportunidad se desdibujaba por completo: la situación no podía haberse vuelto más adversa.
Pero, de pronto, como una flor en el desierto, apareció ante mí el Programa Reencuentra del Banco Santander, la ocasión de empezar de nuevo, de descubrir un horizonte diferente, de tomar por fin las riendas, de ser dueña de mi propio destino. Se trata de un proyecto para ayudar a las madres que abandonaron su carrera profesional por motivos familiares a reincorporarse al mercado laboral en empresas de su entorno, especialmente en aquellos casos en los que les está costando encontrar una oportunidad. No es una simple oferta de trabajo. Es mucho más. Aparte de una experiencia profesional en el banco, incluye acciones de formación, coaching y mentoring para generar valor e incrementar sus posibilidades de empleabilidad.
En medio del caos hice las entrevistas por Zoom, tiñéndome de forma improvisada el pelo en casa y poniéndome rulos y ropa formal para estar mínimamente presentable mientras rezaba para que los niños siguieran con sus clases on line y no gritaran ni entraran en mi habitación. Al final de todo el proceso resultamos elegidas cien mujeres entre más de tres mil candidatas. Cuando me llamaron de Recursos Humanos para darme la noticia no me lo podía creer…
Este Programa me prestó las alas que necesitaba para poder volver a volar. Es una oportunidad increíble que me ha ayudado a salir del letargo, a despertar de golpe con los ojos bien abiertos. Es una luz al final del túnel, una ventana al mundo laboral que me había excluído sin compasión. Antes me sentía en el bando de los perdedores, de aquellos que eligen la ruta equivocada. Hoy, sin embargo, veo que la derrota no ha sido definitiva, que aún quedan muchas batallas por librar. Me siento con más energía y, sobre todo, agradecida y comprometida con este Programa que ojalá sea un ejemplo para muchas empresas.
Está claro que cada día se puede comenzar de nuevo, abrir la mente y descubrir nuevas facetas, superar tus lastres y dar lo mejor de tí, retomando el camino con fuerzas renovadas.
REENCONTRARSE, en fin, con una misma.