
Otra vez ha ocurrido. El destino me ha enviado una nueva señal, un augurio de buenas noticias. Algo me dice que mi suerte va a cambiar por fin.
Hace tres semanas aproximadamente, al salir al jardín por la noche para admirar las camelias rosas y blancas que estaban comenzando a florecer, algo sobrevoló mi cabeza a toda velocidad. Pensé que se trataba de un murciélago despistado. Pero no. Al cabo de un rato cuando volví con refuerzos a inspeccionar la zona comprobamos que la criatura voladora era un pajarillo que se disponía a pasar la noche en el foco que cuelga del techo del porche. Ya había ahuecado sus alas para protegerse del frío y estaba en posición de dormir (este detalle tuvo que explicármelo mi marido, adicto empedernido a los documentales de animales y experto oficial de la casa en cuestiones de flora y fauna).
Al principio no me hizo ninguna gracia que el pajarito se dispusiera a aposentarse y quedarse de okupa. Igual se le ocurría hacer un nido y a ver qué hacíamos entonces… Era mejor ahuyentarle y cortar por lo sano esta irrupción sorpresiva en nuestro hogar antes de que fuera demasiado tarde.
Pero hacía una noche terrible de temporal. Con viento y lluvia. Era una cuestión de humanidad. No podíamos dejarle a la intemperie. Y así empezó todo.
El pajarillo volvió al día siguiente al atardecer. Y se instaló, buscando cobijo, en el mismo sitio, en la misma posición. De nuevo, un tiempo infernal. Cómo íbamos a desalojarle de allí, cómo pude siquiera planteármelo… Decidí llamarle “Pajarín”.
La previsión meteorológica anunciaba una borrasca profunda durante toda la semana. Mi instinto maternal hizo acto de presencia y empecé a dar vueltas a la idea de prepararle una especie de casita de madera y algún recipiente con comida. Y hasta una mantita: idea peregrina, lo sé.
Pobre Pajarín. Tratamos de averiguar si era un gorrión o quizá un petirrojo. Pero no queríamos asustarle abriendo la puerta corredera de cristal o encendiendo la luz. Así que desde ese día instauramos el ritual de la linterna: con mucho cuidado, para no deslumbrarle, le enfocamos con una luz indirecta unos instantes para saber si ha venido.
Pudimos confirmar que es un gorrión, pero poco más sabemos de él. Aunque, sin duda, es un tipo listo y especial. O a lo mejor es una chica… quién sabe… En cualquier caso la guarida que ha elegido es perfecta, una atalaya privilegiada para divisar posibles enemigos aéreos, a salvo de intrusos terrestres y protegida de las inclemencias del clima oceánico. También es un solitario valiente, que vuela por su cuenta, lejos de su bandada. Prueba de ese carácter indómito es que no aceptó la casita de madera, ni tampoco la comida que colgamos de un cestillo amarillo de juguete. De hecho estuvo ese fin de semana sin aparecer. No sé si se fue de marcha aprovechando las buenas temperaturas y el viento en calma o se agobió con la idea de que quisiéramos capturarle. Ante la tesitura de perderle para siempre tuve que rendirme y abortar el plan, aceptando su libertad y su espíritu independiente. El mismo día que quitamos todo el atrezzo habitacional volvió.
He de confesar que nunca he sentido la necesidad de tener una mascota. De hecho las criaturas de cuatro patas me dan tanto miedo como las de dos. Pero ahora, desde que apareció en nuestra vida, me sorprendo a mí misma yendo a comprobar cada tarde si Pajarín ha venido o si se fue a primera hora de la mañana. Y en cuanto le veo doy la voz de aviso a toda la familia… “Ya está Pajarínnnnnn”
De pronto se ha convertido en un motivo de preocupación. La vida en la naturaleza es muy dura. Quien sabe si sobrevivirá y volverá al anochecer…
Desde el día que vino pensé en el libro de El Principito. Pajarín me está domesticando, empiezo a esperarle mucho antes de que oscurezca. Y me alegra la existencia saber que otra noche más vuelve a elegir nuestra casa para dormir. Es un gorrioncillo igual a mil otros pero le he adoptado, respetando la distancia que nos ha impuesto, y para mí es único en el mundo.
Y aquí estoy. Estudiando ornitología por culpa de Pajarín para intentar conocerle mejor. Y rompiéndome la cabeza para buscar una explicación lógica a esta casualidad.
Mis fuentes no son muy científicas, la verdad. Pero he sabido que el gorrión era la mascota de Afrodita y que en la Antigua Gran Bretaña era el símbolo de los espíritus del hogar acogedor y hospitalario.
Al parecer el gorrión es un tótem que ayuda a abrir los ojos a nuestro propio valor, inculca la dignidad y la autonomía y habla de pensamientos e ideales, de volar ligeros, sin lastres. Te señala que es el momento de cantar tu canción, recordándote que no siempre las cosas grandes son las que más se notan. También hace invisibles a quienes protege, camuflándoles para enfrentar los peligros de la vida
He leído en Internet que si un tótem gorrión ha entrado en tu vida debes preguntarte si te has olvidado de ti mismo y si tienes hundida tu propia autoestima.
Parece que Pajarín ha venido a decirme en silencio muchas cosas que necesitaba oir.
Y yo estoy aprendiendo a escucharle…
“Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma” (Julio Cortázar)