EL CARGUERO ROJO

Estrenamos el año con sol deslumbrante y un cielo completamente azul: una invitación a pasear y a admirar el océano con calma, intentando descubrir algún delfín entre la espuma blanca y fantaseando con las historias y esperanzas que se alejaron de la costa buscando un final feliz, o, al menos, otro final distinto al que aquí les aguardaba.

Estaba absorta en estos pensamientos cuando, de pronto, a lo lejos, entre la bruma, distinguí un carguero rojo pintado con la técnica del sfumato en el cuadro perfecto del horizonte. Y me pareció un buen presagio.

Ya sé que es una rareza mía interpretar sucesos poco extraordinarios como señales inequívocas de buenas o malas noticias. Quizás la culpable de esta imaginación desbordante siempre dispuesta a volar sea la lectura de tantas novelas de realismo mágico. No sé…pero no lo puedo evitar. Una cigüeña volando hasta el nido, una tormenta de rayos fantasmagóricos, granizo el día de las Nieves (5 de agosto) cubriendo el paisaje con un manto blanco, un zorro que me mira desde la acera mientras conduzco, la picadura de una abeja negra, una rata muerta en el jardín de al lado, soñar que comía agujas de coser, el hallazgo casual de un olvidado papiro de la Pluma de Maat… todo son guiños que me dedica la naturaleza o el azar.

Lo cierto es que la visión del petrolero me animó a no rendirme tras mi último batacazo y a intentar buscar otro confín. Sabía que era prácticamente imposible ganar un premio literario con mi primera novela. Me había mentalizado durante meses como un marine con todo tipo de argumentos y entrenamientos lógicos y realistas. Probaría por si sonaba la flauta de causalidad, nada más. Pero aún así cuando publicaron el nombre de la ganadora y de la finalista me quedé chafada, para qué negarlo. Soy una ilusa, siempre lo he sido. Cómo pude creer que existía siquiera una posibilidad remota de competir con escritores consagrados, con contactos en el mundo literario y activistas reconocidos en diversas causas justas… En balde había diseñado mentalmente la portada, redactado el texto de la contraportada y de la hipotética solapa y buscado con mimo las palabras precisas de la dedicatoria… Lo dicho: un caso perdido.

En las bases del concurso se establecía que el autor debía enviar una nota biobibliográfica. Estuve un día entero pensando qué escribir sobre mí…Es muy difícil resumir tu vida en unas frases y reflejar en ellas tu verdadera personalidad.

Después de mi presentación personal: «Nací en … el  .… Viví mi infancia y parte de mi juventud en …, donde cursé EGB, BUP y COU a la vez que asistía a clases de solfeo y piano y perfeccionaba el inglés con cursos y estancias en Inglaterra…«, seguí mezclando hechos con deseos e intereses: «Desde niña quise estudiar Derecho en la Universidad de… De esa época, además de la libertad recién estrenada y de la ingenuidad de mi mirada, recuerdo especialmente el Curso de Derecho Comunitario de la «Cátedra Jean Monnet» que me permitió apenas vislumbrar la magnitud y complejidad del proyecto de una Europa unida así como las clases de Derecho Penal que abrieron mi mente y formaron mi conciencia. Quizá por ello, junto con la idea de contribuir a que la Justicia deje de tener una venda en los ojos y sea igual para todos, decidí preparar la oposición a Judicaturas. No aprobé y ése es uno de mis sueños rotos. No obstante trabajé durante un tiempo como Jueza Sustituta y tuve la ocasión de comprobar cómo la teoría aprendida durante tantos años poco o nada tenía que ver con la realidad.

Enamorarme de mi marido y ser madre de tres hijos han sido mis mayores éxitos en la vida y la causa de aparcar temporalmente mi vida profesional y tomar un camino secundario que me permitiera dedicarles más tiempo y atención.

El destino nos trajo al norte, a …, ciudad en la que vivimos desde hace 18 años y donde hemos inventado nuestro sitio junto al mar.

Posteriormente decidí ampliar mis conocimientos jurídicos con la intención de cambiar de rumbo y reciclarme, realizando en la Universidad, los cursos de Doctorado en Derechos y Libertades Públicas, el Curso de Adaptación Pedagógica y un Máster en Asesoramiento Jurídico Empresarial, en el que elegí la especialidad de Derecho Medioambiental. 

Las prácticas del Máster en la Asesoría Jurídica de un periódico me acercaron al mundo del Periodismo y de la Publicidad, experiencia de la que aprendí conocimientos y habilidades y gracias a la que comprobé la energía desbordante y el entusiasmo que traen los nuevos retos.

Cuando cumplí los cuarenta me vi arrastrada a iniciar un viaje interior siempre aplazado por el ritmo frenético de la vida en general y por mis circunstancias personales en particular. Este periplo me ha llevado a conocerme, a aceptar mis luces y mis sombras y a encontrar por fin un lugar en este mundo que nos ha tocado habitar.

No concibo la vida sin la elocuencia de las palabras y sin la emoción de la escritura, mi forma de expresión favorita. Traspasar la puerta que separa al lector consumado del escritor novato ha sido un tránsito apasionante, humilde y firme a la vez.

Recientemente he creado un Blog: ”www.laplumademaat.com» sin otra pretensión que compartir mis reflexiones con quien se sienta una nota discordante, un extraterrestre en un planeta hostil donde el pan y el circo imponen la tiranía de la mediocridad y apagan la luz de la razón.«

Me quedé bastante contenta con el resultado. Mi hija me dijo que ella me daría el premio sólo por la lectura de la presentación. Pero, claro, no es nada objetiva…

O quizás nadie llegó nunca a leerla… no sé qué pensar.

Hay otros mares y otros puertos.  Sólo tengo que seguir al carguero rojo que se pierde entre las olas. Y eso es lo que haré…

"Somos lo que soñamos ser
Y ese sueño, no es tanto una meta
Como una energía
Cada día es una crisálida

Cada día alumbra una metamorfosis
Caemos, nos levantamos
Cada día la vida empieza de nuevo
La vida es un acto de resistencia y de reexistencia ...” 

  (Manuel Rivas)



RUIDO

Una vez más sobrevivimos a la Navidad. Como decía aquel antiguo meme de whatsapp, se acabó por fin el simulacro colectivo de paz y amor y volvimos a ponernos el cuchillo entre los dientes y a gritar el habitual “sálvese quien pueda”. Ya se apagaron las luces, se recogieron los nacimientos napolitanos expuestos por todo el país, guardamos el árbol ecológico y, sin darnos cuenta, dejamos de escuchar villancicos en los Centros Comerciales e incluso en el súpermercado, después del asedio sin tregua desde el mes de octubre. Y llegó también el momento temido de tomar medidas drásticas para quemar el exceso de grasas, dulces, alcohol… Todo en esta vida tiene su cara y su cruz…

Pero este año la sirena que anuncia el fin de esta ilusión óptica navideña sonó antes de tiempo. De forma inesperada un ruido ensordecedor inundó el Congreso de los Diputados durante el debate de investidura, adelantándose a la llegada de los Reyes Magos de Oriente. Mucho, mucho ruido. Tanto ruido que era imposible explicar a mis hijos lo que estaba ocurriendo. Diputados que miraban sin disimulo el móvil y hablaban por redes sociales, alguno que leía con descaro un libro, otros de charla animada con su colega de al lado, muchos que no escuchaban, varios que interrumpían el discurso del contrario de todas las maneras posibles llegando incluso a exhibir panfletos, a proferir insultos y a gritar directamente, haciendo caso omiso a las llamadas de atención de la presidenta, algún grupito que abandonaba el hemiciclo cuando no estaba de acuerdo con el orador, uno que daba ostensiblemente la espalda al estrado para hacer constar su rechazo al grupo político que estaba en uso de la palabra…Todo ello durante su jornada laboral en el desempeño de una función que consiste en representar al resto de ciudadanos que les hemos votado para ese fin y sin importarles lo más mínimo que su comportamiento estuviera siendo retransmitido en directo (y previsiblemente con un elevado índice de audiencia) para todos los votantes en cuestión. Un panorama desolador.

En cualquier otro trabajo estas conductas serían causa de sanción disciplinaria e incluso despido. Y por mucho menos a un alumno de Primaria (no hablemos de Secundaria o de la Universidad) en su cole le habrían requisado de inmediato el móvil o el dispositivo electrónico de turno, avisando a continuación a sus padres, y además le habrían castigado convenientemente por varias faltas graves y muy graves conforme al reglamento interno de convivencia.

Por favor, un poquito de educación. Que aunque ahora los niños estudien en inglés el tema de la forma de Gobierno y la división de Poderes para intentar subirnos al tren de la modernidad que circula en ese idioma, estas cosas ponen en evidencia una imagen de país poco vanguardista y nada edificante. El ejemplo de estos señores es nefasto. Igual no se han enterado que ahora desde las aulas de Infantil se trabaja en equipo para preparar a los pequeños a ayudarse, respetarse y tolerarse, como deberán hacer cuando sean adultos en el desempeño de su profesión. Y en los equipos no suelen coincidir los amiguitos, sino niños con diferentes habilidades y a veces con caracteres e intereses muy diversos para favorecer la integración y el aprendizaje de escuchar, ceder, aportar, compartir y esforzarse para lograr un objetivo final.

Pero volviendo al tema de la Navidad… Dejando a un lado las desgracias ocurridas en el mundo durante 2019, que ya de por sí serían motivo más que suficiente para haber caído en una profunda depresión y gracias a ese don natural del egoísmo de la clase humana muy útil para sobrevivir pese a todo, después de un estudio exhaustivo de mi balance personal de alegrías y tristezas de estos doce meses, la verdad es que me alegro de que acabara. Definitivamente no fue un año memorable.

Comenzando por las cosas buenas: terminé mi primera novela, me atreví a escribir dos cuentos infantiles, combatí injusticias propias y ajenas con todas mis fuerzas, viví sorpresas agradables y momentos felices, encontré la paz en los mares del sur y conocí y  me rodeé de personas que merecen la pena.

Sin entrar en detalles innecesarios, las cosas malas pesaron más en mi cómputo anual y desequilibraron la balanza hacia el lado del descontento y el desánimo: decepciones profundas, problemillas de salud, desencuentros, disputas absurdas, distancias que duelen, sufrimiento de gente cercana, impotencia, desilusión.  Otro año en que los de siempre siguen ganando la partida porque el mundo está hecho a su medida.

Pese a todo tengo esperanzas en el 2020. Y también tengo propósitos y sueños por cumplir. Estos días he planeado nuevas tácticas y estrategias. Para seguir el viaje contra viento y marea. Porque como dice F. Pessoa:

"De todo, quedaron tres cosas: 
la certeza de que estaba siempre comenzando,
la certeza de que había que seguir
y la certeza de que sería interrumpido antes de terminar.

Hacer de la interrupción un camino nuevo,
hacer de la caída, un paso de danza,
del miedo, una escalera,
del sueño, un puente,
de la búsqueda... un encuentro.”