
Estaba yo tan relajada disfrutando de mi caos veraniego particular que la vuelta al cole me pilló totalmente desprevenida.
Después de surcar durante meses mares en calma, con una suave brisa a favor, mi barco tenía que enfrentarse a marejadas, mares gruesas y arboladas así de repente y sin solución de continuidad, sin apenas tiempo para tomar una decisión lúcida acerca de cómo capear el temporal que me sorprendía en plena travesía de regreso a casa.
A veces hay que esperar a que amaine para buscar un puerto seguro. Pero eso exige serenidad y conocimientos náuticos y yo carezco de ambos a partes iguales… Por lo que la situación ha sido crítica y me he sentido perdida entre el ímpetu del mar y el viento.
Hubo momentos en que pensé tirarme por la borda y dejar a este endeble cascarón de nuez perderse entre el oleaje definitivamente. Pero rendirse es de cobardes y debo continuar el viaje y perseguir mis sueños, como decía el poema.
Afirmaba Joseph Conrad que “los temporales tienen su propia personalidad y después de todo, tal vez ello no sea extraño, pues al fin y al cabo son adversarios cuyas artimañas debe uno desbaratar, cuya violencia debe uno resistir y, con los que, sin embargo, ha de vivir en la intimidad de las noches y los días”.
En la contienda se fueron al traste mi calculada actitud de Epojé y mi propósito otoñal de ataraxia total. Tuve que mojarme, como siempre que me salpica alguna injusticia. Y esta vez me tiré de cabeza con tanto impulso que llegué hasta el fondo. No tengo remedio. No sé mirar para otro lado, permanecer neutral como Suiza, impertérrita como una geisha o hierática como una esfinge. Y así me va…
Entre las diversas olas montañosas que tuve que navegar y vencer esos días, no podía divisar ni tampoco imaginar la ciclogénesis explosiva que se estaba preparando. Las nubes grises aparecieron en la reunión inicial de curso.
Como hija de la antigua EGB debo aclarar con carácter previo que nunca viví este grado de involucración y compromiso que se exige ahora a los padres. Los niños entonces no éramos el centro de atención: por norma general nuestros progenitores apenas pisaban el colegio salvo trastada grave; si te castigaba un profesor sería con razón y te volvían a castigar en casa por si acaso; si alguien te pegaba pues algo habrías hecho; si te enfadabas con un amigo ya lo arreglarías tú solito y si suspendías tendrías que haber estudiado más y te fastidiabas el verano. Y punto. Principio de intervención mínima. Y aquí paz y después gloria. A veces me pregunto cómo hemos podido llegar hasta aquí…
Pero ahora resulta que nos han dado vela en el entierro. Que si tutorías, que si reunión inicial, que si encuesta de satisfacción, que si Master Class de padres, que si charlas varias, que si grupo aleatorio de Brainstorming, que si plataforma de comunicación, que si fiesta de la familia, que si celebración de la Paz, de Navidad, de Carnaval, de Fin de Curso…(En mi caso multiplicado por tres, lo cual supone escuchar tres veces el mismo rollo y a analizar detenidamente los tics, gags, coletillas y gestos del orador en cuestión)
Todo esto nos ha llevado a considerar que tenemos derecho a opinar y a ser escuchados por el Centro en los temas que verdaderamente nos importan, que son básicamente la calidad de la educación que reciben nuestros hijos y el refuerzo de los valores que deben venir aprendidos de casa.
El sistema ha conseguido que unas personas hechas y derechas, incluso profesionales relevantes estén agobiados por el examen de Mates, abrumados por los deberes de Social Science o se sepan de memoria la expresión oral de Lengua de su pequeño de siete años. También el menú de los comedores escolares es un motivo serio de preocupación. En una ocasión fui testigo de una conversación de más de una hora sobre la escasa aceptación del segundo plato de ese día y la conveniencia de poner una queja…¿Estamos locos? me preguntaba…el tema no no daba para más. Por no mencionar las actividades extra escolares y sus correspondientes competiciones que merecen un capítulo aparte.
Y por hacer autocrítica tal vez el sistema nos ha empujado a meternos donde nadie nos llamaba… Pero este es el precio que tienen que pagar por haber abierto la caja de los truenos.
También hay que añadir que acababa de terminar Merlí la noche anterior después de varias sesiones intensivas de tres capítulos de un tirón (tal era mi grado de enganche), una serie sobre las andanzas de un profesor de Filosofía que quiere hacer de sus alumnos de bachiller unos adultos críticos, que se cuestionen cuanto les rodea, recurriendo a veces a métodos poco ortodoxos que no dejan indiferentes al resto de profesores, padres y a los propios estudiantes de un instituto público barcelonés. Aún conservaba en la retina la libertad, el compañerismo, la solidaridad, la tolerancia, la humanidad y el debate constante y abierto que se respiraba en esas aulas y seguía conmocionada por su abrupto aunque coherente final.
Así que nada más entrar en el salón de actos se me cayó el alma a los pies. Una bienvenida tristona y sombría en un escenario oscuro, con caras serias y circunspectas que no presagiaban nada bueno.
El viento del norte me sacudió violentamente mientras escuchaba las novedades del curso y apenas podía sujetarme en los reposabrazos de la butaca.
La enésima constatación de que en muchas ocasiones el triunfo nada tiene que ver con las virtudes ni con los méritos siempre es desoladora y decepcionante. Pero si además te afecta especialmente por haber sufrido en tus carnes (o en las de tu hijo) las malas prácticas, modos e ira desatada y de todo punto injustificada de un personaje que ahora se presenta ante todos con un flamante cargo directivo bajo el brazo el dolor se vuelve casi insoportable. Que el Centro, teniendo constancia fehaciente de sus fechorías, le premie con un reconocimiento de este tipo es algo incomprensible, que escapa a cualquier intento de argumentación lógica y ética.
Pero aún había más. Y es que la sombra de la mediocridad se extiende como un vertido de fuel en el océano, formando una mancha perversa y pastosa que tiñe de negro el agua más pura y la arena más fina, con efectos devastadores e insospechados. Es tan mezquino intentar apagar a la gente que brilla con pretextos burdos e incoherentes en lugar de premiarla y valorarla como merece. Defender y ensalzar a quien no se esfuerza o es un incompetente no tiene excusa ni paliativos y no logra esconder la envidia que les mueve.
Para resumir la situación: A la profesora que más destacó, se preocupó y se desvivió por los alumnos el curso pasado, con un currículum impresionante y un montón de ideas innovadoras la apartaron a un lado y en su lugar pusieron al profesor que más quejas había recibido, incluso en Inspección. ¿Qué pretendía el Colegio con este movimiento? ¿Tal vez cortar las alas a la profesora excelente y disimular la incompetencia del profesor cuestionado? ¿Dar un golpe de autoridad en la mesa para demostrar a los padres que quejarse no vale de nada?
Pues bien, en este caso varios padres se indignaron de inmediato y se mostraron dispuestos a protestar de forma aparentemente unánime. Incluso alguien creó un grupo de Whatsapp y hubo ofrecimientos para redactar un escrito en nombre de todos.
Comenzó a llover con fuerza. Y aún arreció los días siguientes: la iniciativa resultó un auténtico fracaso cuando llegó la hora de firmar y retrató a más de uno: comenzaron a dividirse las opiniones, se asomó por la puerta el miedo a las represalias, se sucedieron las disculpas para no dar la cara bajo el disfraz de recelos, dudas, reticencias, peros, desacuerdo en comas y puntos y el famoso donde dije digo, digo Diego.
La lluvia cesó por fin pero no salió el sol. No conseguimos nada. Las intenciones de lucha se fueron disipando y terminaron de desinflarse como un globo. Me temo que cualquier día la profesora pierda la ilusión y piense que no sale a cuenta el esfuerzo y la implicación.
El colegio no escuchó nuestras razones. Ni veló por el bienestar de los niños. De antemano sabía que tenía ganada la partida al jugar con las cartas de la intransigencia y del ordeno y mando, con su mantra de siempre: Nunca llovió que no escampara.
Me acordaba entonces de mi Merlí y de las acciones colectivas de protesta en las que la unidad era sagrada e incuestionable y me deprimí profundamente, vislumbrando como única salida caer en brazos de la apatía y el desánimo.
Pero inesperadamente una fuerza interior que suele remolcarme en los casos graves de zozobra me hizo reaccionar y salir a flote. Las cosas no pueden quedar así, alguna vez tendrán que ganar los buenos, me dije. Y por intentarlo no pierdo nada. Así que he decidido aletear, como una inocente mariposa, a ver si algo cambia por fin en alguna parte.