
Anarquía, libertad, libros, despertar sin sobresaltos, tiempo, calma, buganvillas, rayos de sol, música, caminar sin rumbo, volar a cualquier parte, siesta, imaginar otras vidas, pensamientos desordenados, familia, silencio, desconexión tecnológica y vital, espuma del mar, recuerdos de otros veranos, soledad, películas hasta las tantas, adivinar la forma de las nubes, atardeceres infinitos, caracolas, lápiz y papel en una tumbona, abandonar con bandera blanca las trincheras y los frentes abiertos…
Por fin mi barco está en medio del mar en ninguna parte. Guardé en el armario mi uniforme de invierno de súperheroína y me alejé por completo del agobio angustioso de los días previos a las vacaciones: reuniones del colegio y de las múltiples actividades extraescolares y sus correspondientes fiestas de fin de curso (por desgracia proliferan por doquier las reuniones por cualquier motivo y las fiestas de tirar la casa por la ventana… qué afortunados nuestros padres que no perdieron tanto tiempo y nosotros que disfrutábamos como locos con los momentos de celebración, muchísimo más escasos y auténticos: los niños de ahora están hartos de hinchables y fiestas del agua, de la espuma, de pijamas, de cumpleaños, de graduación, de despedidas varias, de disfraces, de gymkanas, de primeras comuniones, de cucuruchos de chuches, de tartas, de búsquedas de tesoros…¡Una pena!), grupos de whatsapp con distintas disculpas y misiones pero similares comentarios redundantes y pelotas, exámenes finales y pocas ganas de estudiar, orden de armarios, revisiones médicas, recopilación de gafas de bucear, gorros, chanclas y demás utensilios veraniegos, torneos agotadores de última hora, compromisos, kilómetros absurdos y desesperados de un lado para otro, búsqueda infructuosa de huecos para escribir unas líneas, cansancio acumulado, imprevistos que atender y solucionar con carácter urgente, desaires inesperados, hartazgo social…
La perspectiva desde mi atalaya marina descubre otro horizonte. El reflejo del agua que me envuelve me deslumbra y me impide ver las imágenes de una realidad lejana ahora gracias a una bendita ilusión óptica, el sonido de las olas ensordece el ruido de todos mis miedos y mis batallas perdidas y los vientos alisios se llevan todo lo malo y me acarician el alma con suavidad.
Esta tregua permite descubrir una vez más que nos complicamos la existencia, que vivimos en una rueda cruel que no deja de girar, que cada día es una prueba de obstáculos desde que ponemos un pie fuera de la cama, como en esos concursos de televisión que consisten en superar retos disparatados en tiempo récord (solo que aquí no hay premio al final del día ni viaje a Cancún, ni coche último modelo ni apartamento en Torrevieja: únicamente estrés y ojeras), que nuestro equipaje importante cabe en una mochila ligera, que la vida es otra cosa, que no necesitamos apenas nada para ser felices.
Sólo hay que elegir muy bien a los compañeros de viaje o atreverse de una vez por todas a una reconciliación con la soledad, dirigirse hacia un mar en calma de noches estrelladas y luna llena, a salvo de piratas, corsarios, bucaneros, filibusteros y otros navegantes en general, arriar las velas dispuesto a perder el norte, el sur, el este y el oeste sin brújula ni mapas y con una isla a mano para naufragar, dejarse abrazar por la brisa, cerrar los ojos para olvidar, flotar libre sin lastre, bucear por los sueños y recuperar la paz perdida.
السَّلاَمُ عَلَيْكُم