DIVERGENTE

«Y si se apagan las luces
Y si se enciende el infierno
Y si me siento perdido
se que tú estarás conmigo
con un beso de rescate
acompáñame a estar solo»
Ricardo Arjona

Estamos dejando de soñar. Si echamos a volar la imaginación la acrobacia termina en la mayoría de los casos en nuestro ombligo. No somos capaces de impulsarnos más allá. El horizonte se limita a la zona de confort, al territorio conocido. Los anhelos que nos mueven se traducen casi siempre en dinero, convertido ahora más que nunca en genio de la lámpara de los deseos y en llave de cualquier puerta. Todo y todos tenemos un precio. El surrealismo se impone a menudo como una realidad cierta y verificable. Hay noticias en los telediarios que parecen una inocentada. Pero no, resulta que no. El presentador no se ríe al acabar de hablar ni pasan una nota al pie comentando que se trata de una broma. Tomas aire y mueves la cabeza negando incrédulo, asimilando que el mundo está loco, que no puedes hacer nada…

Hemos desistido de la utopía. Nos conformamos con quedarnos como estamos, porque aún podría ser peor. No confiamos en nuestra capacidad de avanzar por la senda que nos trajo hasta aquí. No creemos que un mundo mejor sea posible. No somos felices a pesar del Estado de Bienestar y de los avances científicos y tecnológicos. Las novedades enseguida nos enganchan y nos esclavizan, creándonos necesidades que se vuelven adicciones en tiempo récord y nos controlan, absorbiendo la poca energía que nos queda. Las redes nos atrapan y nos obligan a estar expuestos en un continuo escaparate de atrezo. Y no nos damos cuenta de que somos la presa de un pescador anónimo que nos cenará el día menos pensado.

Es cierto que en todas las épocas han existido visionarios que previeron y anticiparon lo que iba a ocurrir varios siglos después o inventaron un mañana diferente, adelantándose incluso a las posibilidades de la ciencia. Pero ahora proliferan las distopías por doquier. Y lo que es peor: tienen muchas papeletas de materializarse en un futuro más o menos próximo. 

El presente que vivimos es desalentador: estamos destruyendo el planeta, vulnerando derechos humanos, contribuyendo a una desigual e injusta distribución de la riqueza, cronificando la pobreza, amparando la violencia, sometiéndonos a la manipulación del consumo y a la tiranía de las drogas, otorgando patente de corso a la locura de unos pocos que mueven los hilos de nuestras vidas, renunciando a la libertad aunque no lo sepamos…La yesca preparada para un gran fuego.

No es de extrañar que un buen día cualquier chispa prenda y arrase todo. Éste es precisamente el punto de partida de estas sociedades distópicas: una hecatombe terrible en forma de guerra cruenta, pandemia letal o desastre ecológico que marca un antes y un después en la vida en la tierra. 

Entonces una élite corrupta y sin escrúpulos recoge las cenizas de una humanidad perdida y articula una sociedad con una férrea división de clases donde la desigualdad es evidente e insalvable, ejerciendo un poder absoluto, despiadado y sanguinario sobre un pueblo oprimido y resignado al que despojan, sin contemplaciones, de derechos irrenunciables tan importantes como la dignidad y la propia esencia del individuo en aras de la seguridad colectiva. El recurso a los mitos clásicos o a juegos romanos como hilo conductor de la historia con un guiño a los reality shows contemporáneos y la omnipotencia de la tecnología como instrumento al servicio del mal son la guinda del pastel de estas representaciones ficticias y fatalistas.

Los únicos rayos de luz en este panorama lúgubre son la relación amorosa de  los protagonistas que les ayuda a vencer las dificultades, los valores de empatía, compasión, lealtad y hermandad que destacan frente a la apatía, egoísmo, codicia y ambición imperantes y, sobre todo, la existencia de alguien que lucha y se revela por subvertir este orden injusto y cruel.

Ese alguien es, por supuesto, altruista, inteligente y moralmente superior. Alguien que se ve obligado por las circunstancias a alzar la voz y a salir del anonimato gris de la colectividad dominada aunque eso le sitúe en el punto de mira. Alguien diferente al que, también por supuesto, intentarán doblegar y destruir. Su triunfo final representa la desaparición de esa etapa ominosa y la esperanza de que otro futuro sea posible para el planeta y sus habitantes.

Es cierto que la pertenencia a la masa nos proporciona seguridad. La fuerza del rebaño nos protege y nos da calor. Mirar hacia otro lado nos evita problemas, callar es lo más prudente.

La sociedad actual premia casi siempre al que no sobresale, al que no saca los pies del tiesto, al que no molesta, al que cede sin protestar. La envidia, la ignorancia, los complejos y sobre todo, la estupidez de los que ahora mueven el mundo son implacables con quien no se adapta a sus planes ni a sus objetivos disparatados.

Pero no por ello debemos dejar de soñar. La humanidad avanza gracias a esas personas divergentes que creen y luchan por sus ideales. Por favor, no les condenemos al ostracismo ni les cortemos la cabeza, dejémosles seguir soñando. Porque, si todo estalla un día y estos oscuros presagios terminan por hacerse realidad, serán ellos los que rescaten y nos devuelvan lo que hemos perdido por el camino…