VARADA EN LA ARENA

Playa

Llevo varios días varada en la playa como una ballena moribunda. Sin fuerza para nadar a contracorriente, fui arrastrada por las olas hasta la arena. No sé si me desorientaron los sonares de alta potencia que alteran la paz de los habitantes del mar. O tal vez fue el trueno terrible del último temporal anunciando una tormenta perfecta espectacular. Lo cierto es que desde la súper luna roja de enero no levanto cabeza. Quizás esta vez la profecía se está cumpliendo y estamos ante el fin de los tiempos…No me extrañaría a la vista de cómo anda el mundo.

Me da pereza la vida: esa sucesión de rutinas inexorables y tediosas pero cuya variación imprevista a causa de disgustos o incidentes diversos me descoloca y altera. A estas alturas el destino no suele darte sorpresas increíbles sino contratiempos y adversidades que te hacen añorar la previsible monotonía que hasta ese preciso momento te aburría y asfixiaba lentamente.

No me reconozco. He llegado a la conclusión de que no merece la pena rebelarse contra las injusticias ni luchar por los valores que siempre he defendido como abogada empedernida de las causas perdidas. Tomar esta decisión me ha sumido en un estado de abatimiento y desánimo generalizado. Mi marido me dice que esto que me ocurre se llama madurar, que he tardado mucho en aprender lo que él sabe desde los ocho años…Lo cual me deprime aún más. 

Es preferible dejar correr cualquier asunto, no alzar la voz, no hacerse notar, mirar para otro lado, en fin, “resistir” como recomendaba alguien…Porque todo fluye, nada permanece que decía Heráclito.

Reclamar tus derechos, protestar ante los atropellos, defender tus ideales, recordar las promesas, reivindicar la coherencia, quejarse de las arbitrariedades y poner en evidencia la incompetencia de tanto inepto suelto desgasta el ánimo más guerrillero y roba tiempo y salud. 

Que el trabajo se lo dan a un enchufado sin currículum en lugar de a tí que tienes dos másters y un doctorado: es lo que hay.

Que un tipo sin más mérito que haber sido novio fugaz de una famosa y exhibirse en calzoncillos y gorra como un primate en Gran Hermano VIP gana diez veces más que un científico: tenemos la tele que nos merecemos, mira otro programa o lee un libro.

Que las personas que nos representan no son las mejores preparadas, ni las más brillantes ni buscan el interés general: ya se sabe que la política es así, al menos son mejores que Trump. Si alguna vez tuviste la intención de afiliarte a un partido o de contribuir de alguna forma a servir a la sociedad: borra esa idea de tu mente; no sobrevivirías en ese ambiente.

Que vas a un concierto para pasar un rato agradable y recordar viejos y felices tiempos  y el tipo de atrás, sin ningún miedo al ridículo se dispone a “cogerse un pedo de los que hacen afición” y a bailar por el exiguo espacio entre las filas de butacas del Palacio de la Ópera tirándote el cubata en una de sus carreritas alocadas empapando tu abrigo y el respaldo del asiento de forma que tienes que estar de pie o en escorzo imposible, amargándote el rato: pues no vas a ser tú la aguafiestas, que pareces la señorita Rottenmeier cortando el rollo a la gente, con lo bien que se lo están pasando. No pensarás ir a montar el pollo al azafato o a los encargados de seguridad y terminar poniendo una queja a los organizadores del concierto, que te conozco. 

Que tus vecinos cada dos por tres escapan de sus casas a primera hora y te dejan a ti soportando toda la mañana el ruido infernal de los corta setos, podadoras y demás utensilios atronadores en sus pretenciosos aunque minúsculos jardines, lo cual ya sabes que te va a poner de mal humor además de producirte la consabida jaqueca…pues hay que estar espabilada y largarse de compras en cuanto veas la furgoneta de Jardilandia. Cómo vas a ponerte a comprobar los decibelios de semejantes artefactos para ver si superan el límite establecido por la normativa. Eso no es contaminación acústica te pongas como te pongas. Ni puedes invocar la Jurisprudencia del Tribunal de Derechos Humanos a propósito del artículo 8 CEDH (derecho al respeto de la vida privada, familiar y del domicilio). Que tienes razón, mujer, que  es muy molesto, que sí, pero no es para tanto…

Que en la guardería privada del final de la calle los padres aparcan en doble fila, sacan a sus bebés dejando la puerta del coche abierta de par en par por el lado de la carretera y hacen maniobras ilegales y peligrosas creyendo que la carretera también es de su propiedad, con absoluto desprecio al Código de Circulación y sin consideración alguna al resto de personas que vamos a esa hora a dejar a nuestros niños en el cole o al trabajo: paciencia, las prisas no son buenas consejeras. Sal antes de casa y así vas relajada. No vas a adelantar nada con tu propósito de ir a hablar con la Directora del centro para explicarle lo molesto que resulta cada día circular por ese tramo y la conveniencia de recordar a los padres que tienen varias plazas de aparcamiento a escasos metros así como una rotonda para los cambios de sentido. Y mucho menos con denunciar la situación a la Policía Local para que vengan a poner fin a este caos, como tantas veces has estado a punto de hacer.

Que tu hija va a un viaje cultural del cole con visitas programadas a museos y a lugares de interés y vuelve sin haber visto más que tiendas y centros de ocio con sus amigas, sin supervisión de ningún adulto, bajando y subiendo del metro con el conocimiento de los profesores: hay que ver el lado positivo, han llegado sanas y salvas y no ha ocurrido ninguna desgracia. Ya iremos toda la familia en otra ocasión. No es cuestión de pedir explicaciones, todos los padres están contentos, nadie comenta nada. Sólo tú que llamas indignada a un par de madres de confianza.  No vas a dar la nota, que parece que siempre andas con la escopeta cargada. Ya aprendiste la lección: para la próxima vez, no apuntes a los niños a esas excursiones, que siempre eres tú la que te empeñas en que vayan. 

Que el entrenador de fútbol, como cada año incumple sus propias normas explicadas por activa y por pasiva en la reunión de principio de curso: “esto no es un club, es un equipo de colegio y aquí venimos a aprender todos y a jugar todos, lo importante es la actitud, el esfuerzo, el comportamiento, el compañerismo, el compromiso, la asistencia a los entrenamientos, los valores, en fin, de nuestro centro etc, etc” y , como siempre, termina premiando a los niños que peor se portan pero que, a su entender, juegan mejor y contemplando a los padres que más protestan y presionan con que su hijo tiene que jugar todo el partido y además en tal o cual posición: hay que pasar… tú eres más inteligente y estás por encima de esas tonterías. Que ninguno va a ser Cristiano Ronaldo ni Leo Messi, por mucho que lo crean sus papás. Que le escribes un correo educado comentándole ciertas injusticias que ves cada día y no te contesta…Déjalo estar, no te cabrees. Olvídate de ir a hablar con el coordinador del club, con la dirección del cole y, sobre todo,  desiste de ese plan descabellado de ponerle entre las cuerdas como a Jack Nicholson en “Algunos Hombres Buenos” para que termine de confesar de una vez por todas que hace lo que le da la real gana y punto, que para eso es el entrenador y que las reuniones y los valores y todas esas paparruchas le traen al pairo.

Que tu hijo sale de clase con la huella roja en la cara de los cinco dedos de un manotazo propinado por un compañero sin venir a cuento en presencia de varios testigos y el profesor encargado de gestionar el incidente justifica al agresor con la teoría de la inflamación de la amígdala del cerebro y la ira incontrolada y el asunto se zanja  teniendo que pedir perdón tu pequeño agredido y magullado a esa bestia parda: respira y toma aire. No puedes decirle a ese profesor lo que piensas: que es un idiota y que el otro niño es un hooligan al que deberían parar los pies. Ya estuviste toda la tarde llamando «tonto» y «panoli» a tu hijo por pedirle perdón y recordándole que sólo Jesucristo puso la otra mejilla y que si no espabilaba iban a dárselas por todos los lados. Estabas dispuesta a hablar con profesor, jefe de estudios, director e Inspección de Educación si hacía falta. Porque no era la primera vez. Por la noche, cuando te desvelaste, repasaste mentalmente cuantos golpes, patadas y similares había recibido el pobre niño. Y habían sido siete por lo menos. De hecho llegaste a escribir de madrugada una carta despachándote a gusto. Menos mal que la rompiste con la luz del día y que, con la tensión de nervios, te dio un bajón y comprendiste que la salud es lo primero y que lo único que ibas a conseguir es que te diera un infarto a ti.

No sigo para no aburriros, pero la lista de trincheras abiertas es interminable…Y en realidad por causas poco importantes. Eso lo sabes. Y es lo que más te fastidia. Lidiar con problemas que no deberían existir. La educación, el respeto al prójimo y un poco de coherencia y de sentido común evitarían estos pequeños dramas cotidianos y permitirían emplear nuestras fuerzas en cuestiones más elevadas y transcendentes.

Y así estoy. Cansada de tantas batallas perdidas de antemano. Frenando cualquier impulso vital de combate. Envuelta en una mezcla peculiar de estoicismo, epicureísmo y nihilismo en los momentos más bajos. En huelga de brazos y reclamaciones caídos. Espero que esto de madurar se me pase pronto y vuelva a ser la ilusa justiciera de siempre. Que un canto de sirena me lleve de nuevo al mar y me conduzca con energías renovadas a esta feria de las vanidades de la que todos formamos parte queramos o no.