Al pensar en la palabra Educación me vienen a la cabeza los versos de uno de mis poemas favoritos…
“Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro
de tí.
Perdóname el dolor alguna vez.
Es que quiero sacar
de tí tu mejor tú.
Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.
Y cogerlo
y tenerlo yo en alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrás, a lo alto…”
Por supuesto Pedro Salinas no se refería a la relación educador-educando pero, sin duda, en el proceso de instrucción y enseñanza es fundamental la conexión entre los implicados y la formación y vocación del docente para conseguir sacar a la luz las cualidades, destrezas, habilidades y talentos del alumno y para provocar a la vez su interés e ilusión por saber así como una admiración incondicional. Una ardua pero maravillosa tarea.
Fue un alivio leer las opiniones en este sentido de Inger Enkvist, profesora y pedagoga sueca, defendiendo que la escuela es un sitio para aprender a pensar sobre la base de los datos, en el que existen reglas, es necesario el esfuerzo y el orden y el maestro es la autoridad que hay que respetar tanto como a los compañeros. Pensaba que no había voces autorizadas que se atrevieran a poner en cuestión la pedagogía moderna de un modo tan claro. Y no es que yo esté en contra de nuevas metodologías y avances tecnológicos. Ni mucho menos. Pero tampoco creo que haya que hacer “tabula rasa” y despreciar cualquier sistema que suene a tradicional. Seguramente en un punto medio se encuentre la solución, la piedra filosofal que nos catapulte a los primeros puestos del famoso informe Pisa.
El tema de la Educación es una de las asignaturas pendientes de nuestro país, lo cual es una lástima porque se trata de una materia troncal para la sociedad. El sistema educativo y el papel que otorga el Estado a sus profesores son su carta de presentación y su “marca” más valiosa.
Podemos perdernos en debates sobre enseñanza pública o concertada, religión sí o no, uso de las tecnologías, proyectos cooperativos, falta de medios de todo tipo, bilingüismo o plurilingüismo, diversidad, integración e inclusión de alumnos con discapacidad o capacidades diferentes y un largo etcétera de temas necesarios e importantísimos.
Pero no podemos olvidar la esencia: los sujetos activo y pasivo del verbo educar. Y tratar de conseguir que el educador se suba a la mesa “para recordar que hay que mirar las cosas de un modo diferente” como hacía el entrañable profesor de “El club de los poetas muertos” y que el alumno llegue cada día al colegio en condiciones óptimas para estudiar y formarse, le respete y se deje llevar de su mano para poder volar más tarde solo.
Como madre la educación de mis hijos es un reto diario, una de las labores de Penélope que nunca se acaba y que me desespera en muchas, muchísimas ocasiones. No pretendo que un colegio ni el propio Estado asuma mi responsabilidad. Sólo que caminemos juntos en la misma dirección. Que los niños entiendan que el esfuerzo tiene siempre recompensa, que la excelencia es un hábito, que el conocimiento nos hace libres, que los valores son el norte que debe guiar sus pasos y que, en definitiva, la educación es nuestro mejor traje para andar por el mundo. Que, en esta hora de los mediocres, no les corten las alas a los alumnos brillantes para obligarles a planear a la misma altura que el resto y les permitan llegar tan lejos como sus sueños y conquistar el cielo, cualquiera que sea; sin dejar de atender por otro lado a los que necesitan algún empujón para despegar y mantenerse en el aire a velocidad de crucero. Que se dignifique y reconozca la tarea del profesor porque muchos de ellos han marcado nuestras vidas para bien o para mal. Aunque no lo sepamos.
“Un niño, un maestro, un libro y un lápiz pueden cambiar el mundo”.
Malala Yousafzai, Premio Nobel de la Paz.