La línea infinita del horizonte

La vida es una sucesión de encuentros casuales, a veces desafortunados, otras extraordinarios, y de despedidas casi siempre dolorosas.

Los caprichos del azar colocan en el camino a personas que nos acompañan fielmente durante un trayecto más o menos largo, acompasando su paso al nuestro, como si nos conociéramos desde siempre, sin importar las circunstancias que atravesemos ni la climatología adversa o favorable.

Otras son apariciones fulgurantes que nos deslumbran y se desvanecen dejando una huella indeleble o una profunda decepción, tal es el impacto que provocan en nuestra existencia.

En el rincón gris de la indiferencia permanecen aquellos apenas conocidos que forman parte de nuestro paisaje. No molestan. Tampoco nos inspiran un afecto especial ni filias ni fobias, ni sentimientos memorables. 

Pero, en ocasiones, los dados del destino nos castigan y nos llevan a una de las peores casillas del tablero: La de las personas indeseables, auténticas depredadoras que pretenderán arrastrarnos, obligándonos a deshacer lo andado o a desviarnos hacia una vereda tortuosa para abandonarnos a la intemperie una vez conseguido su propósito, cualquiera que fuera. Estos encuentros absorben nuestra energía, desgastan nuestra mente que se empeña inútilmente en buscar respuestas y nos dejan con el corazón temblando y la confianza maltrecha hasta que logramos sobreponernos y reubicar a estos individuos en el territorio plomizo de la apatía, de donde no deben salir nunca más.

Las despedidas nos producen una mezcla de sensaciones extrañas con efectos insospechados. Salvo excepciones, ni la religión ni la ciencia  han conseguido prepararnos para soportar la pérdida de un ser querido. Ni siquiera para afrontar de forma plenamente consciente nuestra propia partida, inminente o futurible. A fin de cuentas la famosa “Ley de Vida” no es más que una Ley de Murphy de perogrullo que repetimos sin reparar en su significado. Nunca decimos adiós del todo. Las ausencias están presentes en nuestro recuerdo y en nuestros actos aun de forma instintiva.

Separarse de alguien nunca es fácil. Aunque se trate de una decisión meditada, aunque sea lo mejor indiscutiblemente, aunque el que se aleja nos haya hecho sufrir, aunque hablemos de una crónica de una despedida anunciada…También hay hasta luegos que esconden cobardemente un hasta siempre y rupturas definitivas que resultan no serlo después de todo. De vez en cuando son despedidas acordadas civilizadamente, con deseos recíprocos, ciertos o falsos, de paz y buena suerte. Otras son terremotos violentos con destrozos y damnificados en ambos lados. También hay adioses forzosos y drásticos, sin margen de maniobra, sin culpa de nadie…El abanico continúa  con los cambios de rumbo que vamos tomando. Pese a guiarnos con la misma brújula crecemos y alzamos el vuelo, abandonando a los que no saben o no quieren seguirnos. Y, por último: la inercia de los acontecimientos, esa propiedad de los cuerpos subestimada pero a tener en cuenta en cualquier cálculo de movimientos y giros.

Sin embargo hay desencuentros que suponen un alivio, una recuperación de la paz perdida y de la alegría de vivir. Otros nos duelen en diferido, más de lo que en un principio hubiéramos pensado…Sea como fuere, todas las despedidas se llevan un trozo de nuestro ser y nos dejan un vacío. 

En mi contabilidad particular de encuentros y despedidas hay un saldo razonablemente favorable. Tal vez sea porque “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”, como dice García Márquez. Pero lo cierto es que la lista de encuentros que iluminan mi memoria compensan las despedidas que nunca hubiera querido afrontar y me siento agradecida incluso por los choques violentos que me hicieron descarrilar, por los tropiezos a causa de palos en la rueda y por los finales trágicos porque gracias a ellos aprendí a caer y a levantarme  y pude construir este barco desde el que escribo. Después de intentar camuflarme sin lograrlo en el territorio ajeno de los grises, continúo el viaje con ánimo y determinación deseando que la estela de este barco propicie nuevos encuentros del alma con trotamundos audaces y tatuajes de luz en nuestra piel.  

Me despido mirando la línea perfecta e infinita del horizonte que separa el cielo y el mar mientras recuerdo unas palabras de M. Benedetti… “Que llegue quien tenga que llegar, que se vaya quien tenga que ir, que duela lo que tenga que doler…que pase lo que tenga que pasar”.

 

Feliz y Blanca Navidad

Es evidente que estamos hechos de una pasta especial indisoluble e inmune a las desgracias y males ajenos. Sólo así se entiende esta capacidad natural de sobreponernos e incluso de ser razonablemente felices a pesar de todo. Saramago decía que “estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven”…

Muchas veces me he preguntado acerca de la posibilidad de ser feliz en un mundo donde una parte considerable de la población sufre por diversos motivos y donde todo tipo de calamidades se suceden cada día. Y a pesar de ello me invaden instantes de felicidad. Tampoco comprendo cómo puedo enredarme y perderme en trivialidades y pequeños contratiempos cotidianos, a los que dedico gran parte de mi tiempo y preocupación, a sabiendas de su insignificancia en comparación con los problemas de la humanidad. Creo que es un dilema irresoluble.

Los medios de comunicación, en especial la televisión y las redes sociales por el impacto brutal de la imagen y la voz en directo, son una gran ventana con vistas que nos acercan a dramas lejanos, guerras incomprensibles, desastres ecológicos, vulneraciones flagrantes de derechos humanos, injusticias insoportables…al DOLOR en definitiva de personas que han tenido la mala suerte de nacer o pasar por allí. Son llamadas de atención que agitan nuestras conciencias y que logran sacarnos durante unos instantes de nuestra piel. Pero una especie de instinto de supervivencia acude a nuestro rescate y nos devuelve la miopía innata que nos impide ver más allá de nuestras cuatro paredes y la sordina perdida para bajar el volumen de la aflicción del otro, dejándonos anestesiados de nuevo para seguir viviendo como siguen las cosas que no tienen mucho sentido que cantaba Joaquín Sabina.

En ocasiones he sentido el impulso de irme lejos, de hacer algo por los demás que diera un significado transcendente a mi vida. Admiro profundamente a aquellos valientes que abrazan una causa y la hacen suya. Pero en mi camino se cruzó alguien que, como Robert Redford en Havana me dijo “Si quieres cambiar el mundo cambia el mío” y me convenció de que mi sitio estaba aquí, donde también hay causas loables por las que luchar. Sólo hay que saber mirar y escuchar.

Ahora que la Navidad no es tan blanca por culpa del calentamiento global ni tal feliz para los que ya no somos niños por causa de las ausencias y de la complejidad absurda de las relaciones humanas, nos queda al menos esta época de tregua propicia para la reflexión, la solidaridad y la empatía con independencia de las creencias religiosas de cada cual.

Por eso aunque en este mundo al revés la corrupción de algunos dirigentes de ONG haya salpicado al resto de organizaciones honradas, poniendo en duda su encomiable labor, el crowdfunding haya sido utilizado para estafar a personas buenas con ansias de ayudar, las adopciones internacionales hayan sido, en algunos casos objeto de tráfico de dinero y sentimientos por parte de entidades amparadas por organismos públicos, el voluntariado se compute como créditos en la universidad y como mérito en el curriculum, las empresas implanten diversas iniciativas solidarias a costa de sus empleados para conseguir una bonita foto de responsabilidad social corporativa, la conciencia social y el reciclaje de productos y residuos sirvan para el lucro de unos pocos, las donaciones desgraven y las buenas acciones se publiquen en Instagram me gustaría pedir un deseo para este año que comienza:

Que el altruismo no pase de moda y que el dolor y la injusticia nunca nos sean indiferentes, aunque sólo sea durante momentos fugaces. Porque sólo así nuestra vida tiene sentido.