Cuando cumplí los cuarenta me vi arrastrada a iniciar un viaje interior siempre aplazado por el ritmo frenético de la vida en general y por mis circunstancias personales en particular. Este periplo me ha llevado a conocerme, a aceptar mis luces y mis sombras y a encontrar por fin mi lugar en este mundo que nos ha tocado transitar. Durante este trayecto trascendental he estado sumida en una especie de letargo social del que quiero despertar con urgencia. Y elijo precisamente una fecha casi mágica para mí, veinte de diciembre, confiando en que los augurios sean favorables en esta aventura y que el viento impulse mis velas.
Hasta ahora he vivido a la primera y sin preparación, como una actriz representando una obra sin ensayo, como un boceto sin cuadro como afirma Milán Kundera en su “Insoportable levedad del ser”. Pero es posible aprender sobre la marcha y cambiar de rumbo, reinventarnos una y mil veces igual que cada día sale el sol después de la oscuridad de la noche.
Hace poco he sabido que este proceso es toda una filosofía vinculada a una técnica milenaria del lejano oriente llamada kintsugi que consiste en transformar objetos rotos en piezas únicas y más preciadas que exhiben sin complejos las heridas de su pasado con un método artesanal conocido como “carpintería de oro” en el que la fase final de secado es larga pero esencial ya que garantiza su perdurabilidad y consistencia.
Hoy estoy convencida de que mis errores y mis fracasos al igual que mis pequeños éxitos me han convertido en la persona que soy con mi mapa de cicatrices profundas y superficiales que me distinguen de los demás. Libre de las expectativas ajenas y de la necesidad incansable de agradar me siento más fuerte y con ánimo de navegar mar adentro, donde el destino me vaya llevando…Ojalá os animéis a acompañarme en esta travesía y me ofrezcáis una mano cuando vaya a contracorriente.
El nombre “La Pluma de Maat” es un deseo en voz alta de recuperar la confianza en la idea abstracta de justicia universal, en la verdad, el equilibrio y la armonía. En este tiempo de pan y circo en el que el ruido ensordece las palabras prudentes, los gurús demagogos manipulan a la gente, la educación ha pasado de moda, lo políticamente correcto inunda todo, los derechos y libertades retroceden bajo distintas excusas y la mediocridad vive su edad de oro es preciso el contrapeso de la pluma de Maat en el otro platillo de la balanza. Maat también guarda relación con uno de mis sueños rotos: aprobar la oposición de Judicaturas para contribuir humildemente a que la Justicia no sea tan ciega y es a la vez un recuerdo de otro anhelo hecho realidad gracias a la varita mágica de mi madrina que nos regaló una inolvidable luna de miel en Egipto.
Desde que tengo uso de razón he intentado no ver, no oír y no hablar para ser más feliz. Los tres monitos de la felicidad (ahora más famosos por los emoticonos de WhatsApp). Pero ha sido una tarea inútil hasta la fecha. Siempre miro y escucho más de lo que me hubiera gustado percibir. También hablo con discurso discordante como si fuera una extraterrestre en un planeta hostil y me callo por educación mientras muero por poner las cosas en su sitio. Para colmo tengo una memoria de elefante así que por mucho que me afane en permanecer en estado zen los disgustos diarios están asegurados. Maldita sensibilidad.
Por eso en esta ocasión mi propósito de Año Nuevo va a ser mucho más realista: Admitiendo, por fin, que a estas alturas no puedo cambiar voy a activar todos mis sentidos y a tener siempre a mano mi pluma para compartir mis reflexiones con todos vosotros. Sin reglas, sin convenciones, sin hoja de ruta. Con la coherencia como bandera y con la intención de no permanecer indiferente como brújula para encontrar siempre el norte.