Hace poco más de un año entré a formar parte de una bandada de madres gaviotas por pura casualidad. El nexo de unión fue, sin duda, el hecho accidental de llevar un tiempo sin volar por la falta de viento que empujara nuestras alas. Sobrevivíamos a duras penas, caminando en equilibrio al son de las olas, sin poder elevar la mirada y vislumbrar el panorama. Después de tantos años nos habíamos acostumbrado a ver el mundo a ras del suelo y las nubes nos daban vértigo: parecían un espejismo inalcanzable.
Creo que muchas teníamos un miedo
reverencial a volver a volar, tal era nuestra falta de práctica y la
resignación y el tedio que nos invadían.
Lo más dramático era el
aislamiento en el que nos encontrábamos, la pérdida del sistema de comunicación
y de contactos que nos diferenciaba de otras aves. Algunas estaban
prácticamente mudas.
Una leve brisa inesperada nos
reunió en esta playa. Poco a poco fuimos llegando tímidamente, volando bajo.
Nos miramos y nos reconocimos. Algunas exhibían, valientes, heridas de guerra entre
el plumaje. Otras teníamos cicatrices invisibles, de esas que sólo pueden ser
apreciadas por el corazón.
Desde entonces nos hemos
convertido en cómplices. Las palabras han vuelto a fluir, tejiendo una red que
nos une y nos impulsa hacia adelante. El miedo a las alturas se ha esfumado, hemos
tomado conciencia de que allí está nuestro lugar.
Juntas hemos descubierto que, a
veces, cuando el viento no es favorable no basta con invocar a Eolo para que
ruja el Mistral o el Cierzo azote, que los Alisios nos acunen o el Levante nos
enloquezca, que el Terral nos acaricie, la Galerna nos sacuda o el Poniente
sople a nuestro antojo. Tenemos que erguirnos y alzar el vuelo batiendo las
alas y llegar tan lejos como nos lleven nuestros sueños.
Y aquí estamos alzando el vuelo sobre el mar y mirando cara a cara a la línea perfecta del horizonte, que nos aguarda. Nadie podrá pararnos esta vez…
Este verano mi barco se
ha ido sin mí. Y no le culpo. Cansado del cielo gris y de estas
aguas turbulentas, puso rumbo a otros mares a pesar del Covid y de
las terribles tragedias que asolan el planeta, dejándome en tierra,
abandonada en este hastío vital como un pez en una playa sin mar,
errante como un taxi por el desierto de nebulosa que nos envuelve,
perdida en la oscuridad como Alicia en la madriguera del conejo
blanco…
Es un verano extraño. La
pandemia ha venido para quedarse. Se suceden las olas, como una marea
azul infinita. Y tenemos que aceptarlo: incluir toda su parafernalia
de normas, hábitos saludables, artilugios y vocabulario en nuestra
rutina diaria. No podemos bajar la guardia, debemos permanecer
vigilantes. La bandera blanca no se intuye en el horizonte.
Mi barco no ha entendido
mi inconformismo y mi falta de resignación ni tampoco la lógica
aplastante de mis argumentos. Contra viento y marea ha decidido
cambiar de aires. En su universo marino no hay restricciones, ni
mascarillas ni límites de aforo…
Pero en mi mundo terrenal
viajar en las condiciones actuales es un sucedáneo que poco tiene
que ver con el original que recuerdo con añoranza y melancolía.
Como dice con nostalgia el protagonista de “Yo Antes de Tí”, si
cerrara los ojos recordaría con exactitud cómo me sentía entonces.
Quisiera emprender un
viaje inolvidable, ligera de equipaje, tirar por la borda lastres
inútiles y pisar las calles desconocidas nuevamente con la mirada de
ayer y a la vez con la esperanza de un mañana alentador.
Espero que mi barco
vuelva a buscarme y nos reencontremos en algún punto intermedio
entre mi rebeldía y su indiferencia.
“Me dices que tenemos que levantar el vuelo, cambiar de aires, huir. Pero allí donde vayamos, iremos tú y yo y quién sabe si todo esto no vendrá también”. MANUEL RIVAS
Hace unos días un buen amigo me “regañó” por no escribir con más
asiduidad. Y tenía toda la razón: pese a mis buenos propósitos de Año Nuevo el
tiempo se me escapa sin darme cuenta. Tempus fugit, como decía Virgilio
en sus versos.
Sigo sin encontrar ratos de paz ni momentos para mí. Me pierdo en la inercia de las olas y no termino de agarrar con fuerza el timón de mi barco… La vorágine de la rutina es brutal aunque absurda casi siempre. Antes de ser madre no imaginaba que se pudieran hacer tantas cosas en un solo día. Pero la mayor parte de las tareas que me ocupan son de las que suelo llamar “trabajos en beneficio de la comunidad”, labores cotidianas, ingratas y deslucidas que, al parecer, pasan desapercibidas para el ojo humano y que, además, el resto de la familia da por sentado que son de mi incumbencia exclusiva.
Tenía pensadas varias ideas para el Blog, una serie de posts con un hilo conductor pero hoy la actualidad se impone y he organizado un hueco en mi saturada agenda para contaros mi reciente y fatal desventura.
Esta temporada todo parecía ir viento en popa a toda vela. Por
fin había encontrado un trabajo maravilloso que me encantaba y tenía, además,
motivos personales de sobra para sentirme más feliz que una perdiz.
Pues bien, el martes había quedado con mi nuevo jefe en el despacho para recoger el ordenador portátil. Era el primer paso de una nueva vida. La mañana transcurría conforme a lo previsto. Incluso (milagrosamente) me disponía a salir de casa con tiempo suficiente para ir tranquila, cuando las cosas se empezaron a torcer al estilo “Bridget Jones”.
Justo al mirarme en el espejo de la entrada descubro que un
botón estratégico de la camisa había desaparecido por arte de magia de su ojal.
– “¡Mierda, el botón!-exclamé en voz alta con fastidio.
– “No pasa nada, mami”, “en plan, ¿ese no te lo ibas a abrochar,
no?”- preguntó inocentemente mi hija, quitándole importancia.
– “¡Pues claro que sí!”- le contesté con impaciencia. “Acércame,
por favor las gafas”-le pedí con cierto deje autoritario.
En ese preciso instante veo la luz: mis gafas de sol multiusos e
infalibles sujetarían la camisa una vez colocadas de forma conveniente.
– “No pasa nada, keep calm!”- me dije a mí misma mientras
me subía al coche, despreocupada y resuelta.
Había un montón de tráfico así que decidí dejar el coche en un
parking cercano para no ponerme nerviosa dando vueltas por el centro buscando
un sitio para aparcar. De paso podría sentarme un ratito en el coqueto café de
la esquina, que había descubierto el día de la primera entrevista, y conservar
ese estado zen anhelado y recomendable.
Efectivamente conseguí tomar un delicioso cafelillo y hasta tuve
ocasión de ir al baño a retocarme.
Allí mi control de la situación y mi supuesta templanza se
fueron al garete: descubro con horror que mi anillo había agujereado las
medias. (por qué se me habría ocurrido a última hora ponerme minifalda, maldita
sea).
Tratando de disimular el desastre, mis gafas, debido a la desgraciada ley de la gravedad se precipitaron al suelo, cayendo de la forma más peligrosa de todas las posibles, siguiendo las no menos inexorables leyes de nuestro amigo Murphy.
-“¡Mierda!-pensé por segunda vez esa mañana. “¡Lo que me faltaba!”- mientras comprobaba que las pobres gafas habían salido indemnes y rezaba en bajo para que el pequeño enganchón no se extendiera hasta hacerse visible para las miradas ajenas.
Por una vez mis plegarias fueron escuchadas y salí de la reunión
sin más sobresaltos. Recobrada la confianza en mí misma fui a hacer un par de
recados y luego a buscar a mis niños a casa para llevármelos a comer a un
centro comercial, donde nos reuniríamos con mi marido y aprovecharíamos para
hacer unas compras.
De camino, ya con mis pequeños a bordo, la mayor (que va sentada a mi lado en el asiento del copiloto) se pone a llorar sin motivo aparente. La someto a un tercer grado ¿Novio?, ¿Amigas?, ¿Estudios?… pero nada, no suelta prenda. Parece el típico bajón hormonal de la adolescencia. Opto por mi retahíla de piropos, mimos y palabras dulces pero no hay manera de calmarla. Por fin llegamos a nuestro destino y, en cuanto aparco el coche, le doy un fuerte abrazo y un montón de besos en esos mofletes tan lindos. Esto sí es efectivo, (menos mal): deja de llorar y se seca las últimas lágrimas. Resuelta la crisis respiro aliviada y me bajo del coche para comprobar que está dentro de la plaza. De pronto mi pie izquierdo resbala inesperadamente. Intento guardar el equilibrio pero no puedo: la caída es inminente e inevitable. Aterrizo como un Ecce Homo, con los brazos prácticamente en cruz (mi muñeca izquierda se apoya tímidamente en el suelo para tratar de amortiguar el impacto pero no tiene fuerza suficiente… nunca la ha tenido, ya en la clase de gimnasia en el cole no se me daba nada bien el ejercicio de colgarse de las espalderas: mis muñecas son diminutas y delicadas).
El desenlace es un golpetazo tremendo en la nariz. Para ser más
exactos, como le contó mi hija en un audio a alguien: un “hostión” en
toda regla. Por supuesto la reñí después convenientemente por el uso de esas
palabrotas, aunque tenía más razón que un santo, a decir verdad.
-“Ay, ay,ay… ¡Mierda!, qué dañoooo!”-me lamenté con voz lastimera sin poder mover un músculo.
Mis queridos polluelos vinieron a socorrerme asustados. Reconstruimos los hechos y vimos que la causa del accidente era una mancha enorme de aceite que, a simple vista, se confundía con un defecto de la pintura.
Me quitan la mascarilla y tengo sangre. Entran en pánico. Los pobres se movilizan angustiados para darme kleenex, coger mis cosas y avisar a su padre de mi peripecia.
Después de lavarme un poco en el aseo de la planta baja me empeñé en hacer una reclamación formal. Soy abogada por encima de todo. Así se lo hice saber a mi marido cuando me comentó discretamente que ya me valía ponerme a reclamar en lugar de ir directa a Urgencias.
-“Así soy”- le susurré mientras esperamos al responsable de seguridad. «Esta vez no es culpa mía y no pienso dejar las cosas así».
A continuación le resumí por lo bajo el control de la fuente de peligro, la comisión por omisión y todos los conceptos jurídicos que se me iban ocurriendo aplicables al caso. Lejos de tranquilizarle mi perorata debió surtir el efecto contrario e insistió en llevarme al hospital de inmediato. Quizás temía que con el golpe mi estado mental hubiera empeorado hasta el desvarío… no sé.
En la sala de espera tuve tiempo de reflexionar y de recordar la frase del filosófico y docto Diario de Bridget Jones: “Es una realidad como un templo que en el momento en que una parte de tu vida empieza a ir bien, otra se hace añicos”. En este caso mi nariz, para ser más exactos.
Lo cual me llevó a remememorar unas palabras de otra buena amiga. Al tratar de resumir su vida su vida comprobaba que a cada buena noticia, a cada estado de felicidad le sucedía un acontecimiento triste que le impedía disfrutar plenamente del momento de dicha. El destino caprichoso parece darnos una de cal y otra de arena.
Ojalá que “la arena” de esta buena racha sea este batacazo. Sólo
pido eso.
En
los últimos tiempos conjugamos más que nunca el verbo “rechazar”
en todas sus acepciones y soportamos en silencio el proceso que
arrastra consigo hasta convertirse en el temido y devastador
sustantivo “rechazo” que nos termina de hundir en las
profundidades del dolor y la frustración.
Desde que soñamos despiertos esta pesadilla de pandemia y salimos a la calle armados con geles hidroalcohólicos y con el escudo de la mascarilla marcamos una distancia de seguridad imaginaria que obliga al otro a retroceder como si fuera nuestro enemigo o un apestado del que conviene alejarse. Algunas personas incluso nos esquivan sin ningún disimulo o recriminan abiertamente a los demás metidos en su papel de guardianes de la moral y el orden (sus incumplimientos no cuentan, sólo ven la paja en el ojo ajeno: un día escuché a una señora que, después de reconocer abiertamente que cada fin de semana iba a su aldea a pesar del cierre perimetral de la ciudad con la excusa preparada de un problema en las tuberías, se jactaba de haber llamado la atención a unos jóvenes en una terraza por no ponerse la mascarilla inmediatamente después de beber del vaso) y ya ni siquiera cabe considerar estas conductas una muestra de mala educación. Tienen la bula del estrés pandémico y del miedo al contagio. Por supuesto no hablo de no respetar las normas, sino de llegar al extremo de erigirse en nuevos “ultraortodoxos” cívicos hasta los límites del desprecio a la ciencia. Pero no es este el peor sentido de la palabra rechazo.
Lo sutil suele ser aún más terrible que lo evidente. Comprobar que no te llaman, que no te aceptan, que no cuentan contigo … que no te quieren. Por mucha fuerza interior y muchos recursos psicológicos que tengas el rechazo invisible duele. Hakim Sanai nos intenta reconfortar en estos casos: «Si conoces tu propio valor ¿qué necesitas preocuparte sobre la aceptación o rechazo de los otros?” Pero a mí me afecta, no puedo evitarlo.
Ahora la vida se ha convertido en una sucesión de beneplácitos y rechazos. En el afán desmedido de las empresas de recabar datos y cumplir a rajatabla los preceptos del nuevo marketing que exige un feedback constante del cliente nos convertimos en jueces implacables a tiempo completo. Si adquirimos un producto tenemos que calificar a los pocos minutos cómo ha sido nuestra experiencia de compra, si nos atienden por teléfono para resolver cualquier trámite, nos piden esperar unos instantes al final de la conversación para puntuar la atención recibida, al abandonar un hotel recibimos a un correo electrónico para evaluar los servicios que ofrecen y que hemos utilizado, incluso al pagar en algún establecimiento la propia maquinita muestra una escala de grado de satisfacción a través de diferentes caritas que van desde el enfado a la sonrisa de oreja a oreja. Sinceramente, me parece cruel y poco fiable. Quizás nuestra aprobación o nuestro desagrado tenga repercusiones laborales para las personas involucradas. Y no sabemos nada acerca de quién es, qué situación atraviesa, qué problemas le preocupan… Y como si no tuviéramos bastante con este bombardeo de solicitudes de datos, mucha gente decide tomar la iniciativa y actuar como un crítico profesional de los restaurantes y establecimientos que visita, tomándose su tiempo para despacharse a gusto en las redes sociales sobre la calidad de la comida o su elaboración, el estado de las instalaciones, el trato dedicado, la limpieza, el ambiente… Cuando leo estas reseñas negativas me da mucha pena, pueden hundir la reputación de alguien que ha luchado mucho y que, simplemente, ha tenido un mal día. A veces me pregunto cómo viven esos comentaristas usurpadores, qué comen a diario, cómo son sus casas… igual tampoco pasaban la prueba del algodón. Pero como son clientes creen que tienen razón por defecto así como el peligroso súper poder de veto romano.
Buscar trabajo es una de la máximas expresiones de este tipo de sufrimiento. Nadie te explica por qué no eres seleccionado, qué competencias deberías mejorar, qué experiencia te sobra o cuál te falta, de qué soft skills careces… Sólo recibes la elocuencia del silencio: en este caso “no news” no son “good news”.
El rechazo no entiende de edad. Supongo que todos lo hemos padecido en algún momento de nuestra vida en una o en varias manifestaciones de su significado (aunque algunos nunca lo reconocerán en voz alta): un compañero del cole que te insulta o te pega, no resultar elegido delegado, no ganar un concurso, no ser seleccionado para algo, un amor no correspondido, un grupo del instituto que te hace el vacío, un profesor que te tiene manía, un compañero de trabajo que no te soporta, un jefe hostil y despiadado, un cliente borde, un proyecto personal que no se lleva a cabo, un ascenso denegado, propuestas descartadas, personas cercanas que te dan la espalda, una decisión vital incomprendida… Lo que nos diferencia es la forma de enfrentarlo y de encajarlo en nuestra memoria, en ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos que somos del que habla Borges: si nos ha servido para crecer, para aprender, para levantarnos con más impulso o por el contrario nos ha sumido en una profunda apatía.
Afirma
Eduardo Punset que “hemos
crecido en un entorno determinado y todo lo que sea diferente nos
causará (en primera instancia) desconfianza o rechazo”.
Lo malo es cuando lo diferente eres tú y eres, por tanto, el sujeto
paciente de este rechazo que muchas veces no comprendes…
Dice A. Camus
que “nadie se da cuenta de
que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para
ser normales”. Y estoy de
acuerdo. Es muy difícil sobrevivir en este absurdo que nos rodea.
La
acepción que más me gusta de la palabra rechazo es el de “vuelta
o retroceso que hace un cuerpo por encontrarse con alguna
resistencia”. Sí, hay veces en que nada se nos pone por delante y
rompemos barreras y moldes y lo que haga falta. Pero en otras
ocasiones el rechazo nos pilla con las defensas bajas y nos rendimos,
replegándonos de inmediato torpe y discretamente como un caracol. No
es una derrota final. Solo una batalla perdida. Necesitamos la
soledad de nuestro caparazón para encontrarnos de nuevo. Pronto
llegará el día en que atisbemos un rayo de sol y nos sintamos
preparados para salir a la arena con paso firme.
No podemos permitir que las palabras nos hagan daño. No deben detenernos ni impedirnos ver el horizonte. Aunque sean tan desoladoras como “rechazo“.
«Las palabras son solo piedras atravesando la corriente de un río. Si están allí es para que podamos llegar a la otra orilla, la otra orilla es lo que importa” J. Saramago
Dice Rafael Alberti que «las palabras abren puertas sobre el mar.» Y es verdad. En este año de ciencia ficción donde se prohibieron los abrazos nos quedó el consuelo de las palabras. Palabras que nos curaron, que nos acompañaron en nuestra soledad, que nos acercaron desde la distancia, que nos hirieron como flechas, que nos faltaron como el aire para respirar.
«Toda palabra dice algo más de lo que debiera y también menos de lo que debiera expresar «afirma Ortega y Gasset. Por eso me gusta tomarme mi tiempo para elegir la palabra precisa que acaricie el alma, que sea una mano tendida, una sonrisa perfecta, una mirada constante, un beso con alas. Según Unamuno «la palabra sabia es aquella que, dicha a un niño, se entiende siempre aunque no se explique». No siempre lo consigo. Las palabras no siguen una trayectoria previamente determinada que pueda calcularse con una fórmula matemática. A veces lanzas una palabra en linea recta y se convierte en una curva que de pronto sube y luego baja desdibujándose en el camino. Otras gritas con fuerza la palabra y el eco traicionero la distorsiona, y la reduce a un susurro lejano. Muchas veces se pierden en la elíptica y no es posible encontrarlas de nuevo, quedando en tierra de nadie, en paradero desconocido, como un globo de helio aventurero que se escapa de nuestra mano. O se retrasan y ya no son escuchadas: Haruki Murakami asegura que “por algún motivo las palabras adecuadas siempre llegan demasiado tarde”. O son simple ruido de palabras vacías que no dicen nada, que nos aturden…Julio Cortázar pensaba que “no hay sustancias más letales que esas que se cuelan por cualquier parte, que se respiran sin saberlo en las palabras o en el amor o en la amistad”. Pero, a pesar de estos inconvenientes, si la palabra mejora el silencio, siempre es mejor pronunciarla y rezar para que produzca el efecto deseado. Porque hay ocasiones en que las palabras siguen la parábola planeada y se produce el milagro de la comunicación y, sobre todo, el de la emoción que nos une con nuestro interlocutor. Y es que «las palabras, como los rayos X, atraviesan cualquier cosa, si uno las emplea adecuadamente» ( A. Huxley).
Las palabras, cruzan océanos encerradas en botellas de cristal, se las lleva el viento si te descuidas, huyen hasta la nube y desde allí nos persiguen, acechándonos durante toda la eternidad, escriben la historia que debe ser recordada, rompen muros infranqueables, funden el hielo del corazón más frío, queman como un dardo de fuego, son luz en la oscuridad. Las palabras no reconocen más bandera que la libertad ni más letanía que los versos de un poeta. Decía Lorca que «la poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse y que forman algo así como un misterio…»
Aunque se ahoguen con mordazas en forma de mascarilla, como en este año maldito que nos ha tocado vivir. Las palabras son supervivientes natas. Se cuelan por cualquier rendija de la nueva normalidad. Para seguir uniéndonos, mientras nos quedamos a solas en casa, sin hacernos compañía.
Benditas palabras.
Brindemos por otro año lleno de palabras que lo digan todo en medio de este silencio.
“Estaba en la oscuridad, pero di tres pasos y me encontré en el paraíso. El primer paso fue un buen pensamiento, el segundo, una buena palabra; y la tercera, una buena escritura”. (Nietzsche)
Ahora resulta que vivo desde hace tiempo plácidamente en un océano azul. Que he seguido, sin saberlo, los postulados de Sun Tzu, gurú de cabecera de todo ejecutivo que se precie, y que vengo practicando el arte de la guerra de ganar sin luchar: como un pececillo que escapa despavorido del océano rojo, infectado de tiburones y demás depredadores del mar, para disfrutar de la calma de un nuevo horizonte lleno de oportunidades y con una fauna menos densa y mucho más pacífica, alejándose del ruido y de las asechanzas continuas que le impedían ser feliz.
En este océano azul todo
es posible. No hay guerras cruentas ni competencia feroz. Es un nuevo
espacio donde desarrollar ideas y poder encontrar tu propio
abracadabra. El silencio permite escuchar tus pensamientos y mirar
con perspectiva, sin prisa, valorando detenidamente pros y contras,
flotar mirando pasar las nubes o navegar con el viento a favor, sin
apenas esfuerzo, sólo dejándote llevar por las olas.
Algo así como el “shinrin-yoku” japonés, adentrarte en el bosque donde todo es silencioso y tranquilo para relajarte y vivir en el “ukiyo” o mundo paralelo alejado de las preocupaciones cotidianas, buscando el “ikigai”, verdadera razón de vivir que te impulsa cada día a seguir adelante y a intentar aportar algo a los demás, eso que define tu esencia y por lo que te gustaría ser recordada. Un oasis de mar azul cristalino entre las aguas teñidas de rojo.
De casualidad he sabido
que esto en realidad es una teoría económica de gran éxito creada
en 2005 por W. Chan Kim y Renée Mauborgne que, en términos
generales, vino a contradecir el dicho popular de que los mares
tranquilos no hacen buenos marineros, descubriendo nuevas rutas de
navegación y nuevos puertos donde atracar a las empresas, alejándose
de los confines conocidos. Ahora que parece que economía y vida son
incompatibles, una disyuntiva fatal, un dilema moral y social que
obliga a los gobiernos a elegir entre salvar vidas o evitar que la
economía se hunda me gustaría recordar que son dos caras de la
misma moneda. Y que las estrategias para evitar el naufragio son las
mismas. Y que si hay que elegir a quién salvar, por favor,
quedémonos con la vida. Siempre. Sin pretextos. Porque nunca se ha
visto un océano sin peces. Porque la economía o gestión de la
casa, según su significado original, debe satisfacer las necesidades
humanas y no al revés.
Por distintas circunstancias quizás tenga que abandonar este maravilloso océano azul y regresar al océano ensangrentado de donde huí. O tal vez sean las olas rojas las que están acercándose poco a poco, amenazando a mi pobre barco… es confuso el límite entre ambos océanos… Escucho cantos de sirena que me despiertan e intentan atraerme y llevarme de vuelta a la jungla marina y a la tiranía de los tiburones blancos. Y no quiero. Cuando has vivido en un océano azul es difícil adaptarse de nuevo a la guerra sin cuartel, sobrevivir a las emboscadas diarias, no morder los anzuelos dorados, no clavarse cientos de espinas… Y sobre todo, es imposible recuperar la inocencia perdida y volver a creer en los cuentos de hadas.
A menudo pienso en el silencio de los objetos que nos rodean, testigos mudos de nuestra vida, conocedores discretos de nuestro yo más íntimo y personal. Me gustan las cosas que tienen una historia, que nos evocan recuerdos, que tienen un valor incalculable por algún motivo, únicas e irreemplazables por otra exactamente igual, memoria antigua, libros abiertos de nosotros mismos que a veces nos sobreviven, como sombras de espíritus del pasado.
Por ejemplo, mis viejas gafas de sol, compañeras de camino desde hace casi dos décadas: unas clásicas Ray-Ban de color verdoso, modelo aviador, aventureras a la fuerza, con más vidas que un gato. Si pudieran hablar dirían que soy una calamidad de dueña pero fiel y leal donde las haya.
Además de sus cientos de aterrizajes forzosos sobre distintas superficies desde cierta altura (por culpa de mi manía de usarlas a modo de diadema o de sujetarlas de mala manera en cualquier blusa) y de sus variadas cicatrices (rayones, borrado completo de su marca impresa en el cristal, patillas deformadas, pérdida del color dorado del metal…), su odisea más épica tuvo lugar un día de Santiago de aquellos tiempos añorados de la vieja normalidad, cuando podías ir a la playa sin mascarilla y sin semáforos ni demás artefactos de control de aforo. Cuando podías instalarte en cualquier hueco del arenal, sin más precaución que no molestar a la gente y huir despavorido de esas sagas familiares charlatanas y gritonas que obligan al prójimo a escuchar su conversación, impidiendo la lectura o el descanso con el relajante sonido del mar.
Pues bien, era una mañana soleada y calurosa, de esas tan apreciadas en el norte, una rara avis que además coincidía en festivo. Estábamos en una playa de bandera azul, mar abierto y arena fina, con todo el despliegue de toallas y sombrilla ya listo y preparado, en un lugar más que aceptable y embadurnados convenientemente de crema protectora factor 50, como moldes de bizcocho a punto de entrar en el horno, cuando el móvil de mi marido sonó. Era una llamada del trabajo. Deduje que se trataba de un problema importante por su semblante serio y preocupado así que me dispuse a alejar a los niños de su radio de acción para que no le molestaran.
Armándome de valor, decidí llevarles hacia la orilla. Me encontraba maquinando cómo evitar bañarme en esas gélidas aguas atlánticas (tras meter tímidamente un pie) cuando una ola aparentemente inocente pero traicionera e implacable nos arrastró a mi pequeño y a mí, sumergiéndonos por completo en el mar. El mediano, de pura casualidad, estaba a salvo en la arena. Por una razón que nadie sabe (teniendo en cuenta especialmente su historial de visitas a Urgencias) esa mañana fue precavido y se mantuvo alejado del peligro. Y la mayor, que es una fuerza de la naturaleza desde que era un bebé, permaneció firme como una roca desafiando al oleaje y eso que tenía ocho años por aquella época. Valoró en décimas de segundo la situación y, al comprobar que una pareja muy amable se acercaba rápidamente a ayudarme, corrió a socorrer a su hermanito querido.
Cuando los cuatro nos reagrupamos y nos consolamos después del susto, comprobamos que el cabeza de familia seguía pegado al teléfono bajo nuestra sombrilla multicolor.
-“Podíamos haber muerto ahogados y ni se hubiera enterado”- concluí trágicamente.
-¡Y para colmo he perdido las gafas de sol cuando la ola me embistió!- seguí lamentándome a continuación.
Fuimos hacia nuestro campamento base y el muy iluso nos recibió con una sonrisa creyendo que por fin me había animado a darme un chapuzón con los niños. Recuerdo cómo le describimos atropelladamente el peligro del que habíamos logrado escapar y mi disgusto añadido por la pérdida de las gafas… No daba crédito. El mar parecía en calma desde allí, con diminutas crestas blancas que no presagiaban ninguna amenaza.
Con sentimiento de culpabilidad insistió en volver al lugar de los hechos para intentar buscar mis gafas… Yo le miraba incrédula mientras se adentraba entre las olas… era una misión imposible… como buscar una aguja en un pajar… mis gafas podían estar a estas alturas mar adentro, viajando al otro lado del Océano…
Cuando le vi salir entre las aguas como Poseidón blandiendo las gafas naúfragas y magulladas en la mano en lugar de un tridente me pareció un milagro. Pero claro, él siempre ha sido mi héroe con mil superpoderes, ésa es la verdad.
Después de semejante experiencia no volvimos a pisar esa playa embustera. Mi pequeño quedó traumatizado y no quería ver el mar ni en pintura. Y yo me prometí a mí misma cuidar esas gafas inmortales como oro en paño.
Pero pasado un tiempo volví a las andadas. Esta vez fue un descuido tonto. Cuando llegué a casa a última hora de la tarde las eché en falta. No aparecían por ningún lado. Entonces pensé que las había olvidado en el despacho de una amiga. De inmediato le pregunté por whatsapp pero ya no estaba allí aunque no recordaba haberlas visto… Quedó en decirme algo al día siguiente. Pero la mañana pasaba y no me escribía ningún mensaje así que volví a preguntarle, excusando mi insistencia por lo valiosas que eran para mí por su rescate insólito de las aguas bandidas que intentaron arrebatármelas por las bravas. Pero nada, no estaban en la mesa, ni en la silla ni en el suelo… Entonces me puse en lo peor: las di por perdidas para siempre. En medio de la tristeza y el aturdimiento recordé, de pronto, que tal vez las había dejado en una cafetería donde había ido después… Era mi última esperanza… Aunque con la cantidad de gente que habría pasado por allí en las últimas horas, no debía hacerme ilusiones…
Conseguí el teléfono y contuve la respiración mientras cruzaba los dedos esperando un nuevo golpe de suerte… Y… voilà… efectivamente mis queridas gafas quedaron abandonadas junto a la taza de café y fueron recogidas por el camarero y guardadas a buen recaudo esperando a ser reclamadas por su descuidada propietaria.
¡La vida me daba una nueva oportunidad! ¡Eran unas gafas mágicas, estaba claro!
Durante dos años permanecieron a salvo en mi poder, sin incidentes destacables a excepción de las inevitables caídas cotidianas, a las que ya estaban más que acostumbradas. Hasta hace una semana. Las dejé tranquilamente en el coche, en el asiento del copiloto, junto a mi bolso. Cuando entré en casa noté su ausencia. Entonces visualicé mentalmente dónde las había dejado y me di cuenta de que no había advertido a mi hija que debió venir sentada encima todo el trayecto sin inmutarse. Recé para que no hubieran sido aplastadas sin piedad por su precioso trasero y que hubieran logrado sobrevivir permaneciendo en la parte del asiento que se une al respaldo. Pero, desgraciadamente no. Allí estaban las pobres casi siniestro total. Desde luego mi hija no es como la Princesa del Guisante… Una vez más pensé que era el fin. Pero, afortunadamente, no. De nuevo mi Superman las arregló, con una operación maestra de cirugía de precisión digna de Anatomía de Grey.
Si alguien se preguntaba por qué llevo siempre las mismas gafas ahora ya sabe por qué. Mis gafas son parte de mis despistes y de mis desastres. También de mis sonrisas del destino, mis múltiples locuras y mis misteriosos presagios. Prácticamente son un ser con vida propia, clones de mí misma: Se caen y se levantan, se pierden y se encuentran, se hunden y salen a flote, se rompen y se recomponen… Exhiben sin reparo heridas y tiritas, derrotas y victorias, miedo y osadía, huellas y olvidos. Precisamente por eso las quiero tanto…
Recuerdo como si hubiera sido ayer una conversación telefónica surrealista con una mamá del cole.
Nunca habíamos hablado antes y se presentó como “la mamá de Fulanita” para invitar a mi hija al cumple de su pequeña. Pero, al escucharse a sí misma pronunciar esas palabras, enseguida corrigió: ”En realidad no soy la mamá de nadie. Soy Zutanita de Tal y Cual. Porque yo soy YO antes que madre”- aseguró en tono tajante y decidido. Con esta declaración de intenciones comenzó una perorata disparatada que parecía no tener fin. No sé por qué salió el tema de la función de Navidad y del rollo de la indumentaria de los niños (a la suya le había tocado de paje). Al comentarle que ya me había fijado, que era un traje precioso, me contó que lo había cosido ella misma, aunque no era modista ni mucho menos. Ella era una profesional, un ingeniera técnica más concretamente, con un cargo importante en una multinacional. Y así siguió hablando durante casi una hora en un monólogo delirante y agotador. No tuve ocasión de meter baza…
Cuando pude despedirme y colgar el teléfono pensé que la tal Zutanita era una pirada petulante y que debajo de su discurso debía haber muchos complejos e inseguridades… Como tantas veces, el tiempo me dio la razón.
Yo, sin embargo, estoy orgullosa de ser madre. No me importa ser la “mamá de” ni creo que por ello pierda un ápice de mi personalidad. Porque ser madre forma parte de mí. No existe un YO independiente de la maternidad. Zutanita, (con la que a partir de entonces tuve cierta relación por la amistad de las niñas) solía repetirme que un hijo era un problema, dos hijos dos problemas y tres, tres problemas, como si le consolara tener un problema en lugar de tres, como en mi caso.
Pues bien, no me importa tener tres problemas. Los asumo y me responsabilizo e intento comprender sus enunciados, buscar las premisas y el razonamiento más adecuado para hallar soluciones sobre la marcha a todos los interrogantes que se me plantean, que no son pocos.
Dice Saramago que ser padre es el mayor acto de coraje que alguien puede hacer. Tal vez tenga razón. Para mí es, sin duda, mi mayor hazaña.
Ser madre me ha ayudado a crecer, a enfrentarme a mis miedos, a ver el mundo con otros ojos, a simplificar, a buscar soluciones prácticas, a resolver conflictos, a desarrollar habilidades de negociación y de organización, a optimizar recursos y tiempo, a trabajar en equipo, a repartir tareas y a dejar de pensar en mí como centro del universo para poner por delante el beneficio común.
Es una pena que el sistema no aprecie el potencial de las madres y que la sociedad juzgue y condene a quien decide tener hijos y se ve forzada por distintas circunstancias a dejar su profesión durante un tiempo. Todas nosotras tenemos una historia que contar, imposible de explicar en una entrevista de trabajo. Y, a veces, el paréntesis inicial se convierte en unos puntos suspensivos que no conectan con ningún nuevo párrafo. Y ahí te quedas, perdida en el papel en blanco, suspendida en el limbo laboral.
Se me han cerrado muchas puertas por haber sido madre y por haber decidido encargarme del cuidado de mis hijos. Y eso que no me quedé de brazos cruzados: seguía completando mi formación con másteres, cursos de doctorado, idiomas… quitando horas al sueño o aprovechando ratos perdidos de espera en el cole o en las actividades de turno. No me arrepiento. En mi balanza ciega siempre ha pesado más su bienestar que cualquier otra cosa en el mundo.
Lo ideal sería que una madre no tuviera que elegir, que existieran medidas eficaces que facilitaran la conciliación. Durante este tiempo llegué a pensar que mi tren profesional había pasado y que ya no podría subirme a ningún otro. En estas estaba cuando llegó el confinamiento. El sueño de una hipotética oportunidad se desdibujaba por completo: la situación no podía haberse vuelto más adversa.
Pero, de pronto, como una flor en el desierto, apareció ante mí el Programa Reencuentra del Banco Santander, la ocasión de empezar de nuevo, de descubrir un horizonte diferente, de tomar por fin las riendas, de ser dueña de mi propio destino. Se trata de un proyecto para ayudar a las madres que abandonaron su carrera profesional por motivos familiares a reincorporarse al mercado laboral en empresas de su entorno, especialmente en aquellos casos en los que les está costando encontrar una oportunidad. No es una simple oferta de trabajo. Es mucho más. Aparte de una experiencia profesional en el banco, incluye acciones de formación, coaching y mentoring para generar valor e incrementar sus posibilidades de empleabilidad.
En medio del caos hice las entrevistas por Zoom, tiñéndome de forma improvisada el pelo en casa y poniéndome rulos y ropa formal para estar mínimamente presentable mientras rezaba para que los niños siguieran con sus clases on line y no gritaran ni entraran en mi habitación. Al final de todo el proceso resultamos elegidas cien mujeres entre más de tres mil candidatas. Cuando me llamaron de Recursos Humanos para darme la noticia no me lo podía creer…
Este Programa me prestó las alas que necesitaba para poder volver a volar. Es una oportunidad increíble que me ha ayudado a salir del letargo, a despertar de golpe con los ojos bien abiertos. Es una luz al final del túnel, una ventana al mundo laboral que me había excluído sin compasión. Antes me sentía en el bando de los perdedores, de aquellos que eligen la ruta equivocada. Hoy, sin embargo, veo que la derrota no ha sido definitiva, que aún quedan muchas batallas por librar. Me siento con más energía y, sobre todo, agradecida y comprometida con este Programa que ojalá sea un ejemplo para muchas empresas.
Está claro que cada día se puede comenzar de nuevo, abrir la mente y descubrir nuevas facetas, superar tus lastres y dar lo mejor de tí, retomando el camino con fuerzas renovadas.
Al principio pensé que el diablo se había puesto de mi parte. Y me sentí fatal. Con tanto afán había deseado que el mundo dejara de girar a este ritmo loco y absurdo y ahora, de pronto, mis súplicas habían sido escuchadas y se hacían realidad a costa de miles de muertes y de varios millones de personas infectadas por un virus terrible y despiadado. Nunca quise un escenario tan cruento y feroz. Ni en mis peores días de bajón por decepciones diversas del género humano.
El mundo se paró en seco. Los dedos invisibles que mueven las agujas del reloj del tiempo mientras tejen los hilos de la telaraña que nos atrapa pulsaron el botón rojo de parar motores en el planeta tierra.
Mi barco también echó el ancla. Antes tuve que hacer acopio exprés de provisiones y de todo lo necesario para sobrevivir una buena temporada capeando el temporal.
Por supuesto cada uno vivió esta experiencia de forma diferente y la ha escrito, dibujado, cantado, bailado, grabado en vídeos, inmortalizado en fotos, memes, o tweets en tiempo real que quedarán para la posteridad. La verdad es que el humor nos acompañó y nos sacó una sonrisa hasta en los peores momentos, lo cual es de agradecer…
Yo, sin embargo, he tenido que dejar pasar unas semanas para poder hablar con serenidad y con la perspectiva maravillosa de la calma tras la tormenta. Mi barco se convirtió en mi oasis de paz en medio del caos de las olas y de los naufragios. Pero aún así, a ratos tenía miedo y angustia por lo que pudiera suceder. Dormía mal, no lograba conciliar el sueño. Me dolía la cabeza todos los días y sentía la necesidad imperiosa de conocer las últimas noticias a cada rato. Lloraba y me emocionaba por cualquier vídeo lacrimógeno o por cualquier recuerdo, así sin más Y eso que intentaba ser positiva y valorar lo bueno que esta situación me ofrecía: por primera vez en años tuve tiempo para hacer ejercicio y cuidar mi dieta, leer, tocar el piano, tumbarme al sol y disfrutar del “dolce far niente” sin sentimiento de culpa y sin la tiranía de los horarios, las obligaciones autoimpuestas y la vida social.
Todo se simplificó de forma automática. Ningún plan ni ninguna cita ineludible se pudo cumplir ni organizar. Nos dimos cuenta de que todo era prescindible. Sólo importaba lo esencial: la salud y el bienestar de los nuestros.
Aunque nos robaron el mes de abril (y también parte de marzo y mayo) y los besos y los abrazos que nunca pudimos dar, esos ladrones de dedos invisibles nos dejaron cierta paz, una nueva visión de las cosas y el gusto por los pequeños placeres de la vida.
Los primeros días parecía que todos nos habíamos convertido en personas solidarias y tolerantes y que la desgracia nos había unido para siempre. España era un país ejemplar: aplaudíamos a los sanitarios, a las cajeras, a los periodistas, a los bomberos, a la policía, a las limpiadoras, a los que se quedaban en casa… en fin, a todos porque TODOS UNIDOS íbamos a salir de ésta. Muchos niños conocieron, por fin, a sus padres y pasaron ratos en familia, mientras que algunos adultos descubrieron a sus vecinos, e incluso a sus propias parejas, hablaron con los empleados del súper, se preocuparon de los mayores, volvieron a hablar por teléfono, cocinaron y prepararon tartas y bizcochos, hicieron favores a los demás, valoraron por fin a los científicos y compartieron lo que tenían: música, dinero, gracia, mano de obra, fábricas, comida, impresoras 3D…qué se yo…
La ola de buen rollo cruzó el océano y llegó hasta las Antípodas. La vi pasar pero no me impresionó. Mi barco ni siquiera notó su estela. Y es que nunca me he dejado llevar por los cantos de sirena. Mi mente racional y mi escepticismo empedernido no me lo han permitido.
Como los días pasaban y seguíamos confinados no me quedó más remedio que salir a la calle. Lo cual era casi una Misión Imposible para la que sólo nos faltaba la escafandra: guantes, mascarilla, colas, distancia de seguridad, mamparas protectoras, lavado de ropa y bolsas de tela y ducha al volver. Y, sobre todo, cruzar los dedos para que hubiera papel higiénico y harina.
Por razones que no vienen al caso tuve que atravesar España en coche y mi sensación durante todo el trayecto fue de total desolación: carreteras desiertas, ciudades vacías, gasolineras cerradas. Era como colarse en el rodaje de una peli distópica el día después de la catástrofe que asoló el mundo. Era mucho mejor permanecer en mi barco, ajena a todo mal.
Cuando nos dejaron salir a dar pequeños paseos en nuestra correspondiente franja horaria, la gente redescubrió sus barrios y se lanzó a hacer deporte como si no hubiera un mañana. Los habitantes de las ciudades dormitorio pudieron poner cara a los pasajeros de los coches que antes se cruzaban en las entradas y salidas de casa y hasta llegaron a saludarse o a entablar una pequeña conversación. Estos momentos eran un auténtico lujo al alcance de cualquiera. Aunque, como hay de todo en la viña del señor, algunos no quisieron arriesgarse y desarrollaron lo que se llama “síndrome de la cabaña” y aún sienten un pánico atroz al contagio. Muchos adolescentes tampoco sintieron esa necesidad de salir al espacio exterior, acostumbrados como están a la vida virtual que les ofrece Instagram o Fortnite y casi hubo que sacarles por los pelos. Es curioso, esta generación de nativos digitales estuvo en su salsa durante el confinamiento. Fuimos los pobres analógicos los que nos sentíamos como gatos enjaulados y mirábamos el reloj a ver si llegaba la hora de poder cambiar de aires y estirar las piernas, aunque sólo fuera un ratito.
Muchas veces pensé durante ese tiempo raro e incierto, la suerte que tenía de sentir que mi barco era mi trinchera y mi familia mis PERSONAS. Era el momento de recoger lo que habíamos ido sembrando con mucho esfuerzo durante nuestra vida. Y es que cuando llega la hora de la verdad, no sirven de nada las máscaras ni los disfraces. La verdad se nos presenta desnuda y sólo podemos mirarla de frente. No hay escapatoria posible. Para otros, quizás su hogar era una emboscada, obligados a convivir con alguien que ya no reconocían como ser querido, o, incluso con su peor enemigo. O un laberinto oscuro sin salida ni luz al final del túnel. No podía siquiera imaginar lo que estarían pasando…
La televisión fue nuestra ventana de excepción que nos trasladaba a un territorio hostil: ERTE’s, despidos, cierres de negocios, hospitales colapsados, colas del hambre, muertes y enfermedad. El culpable de todo era un ser no vivo, microscópico pero matón y camaleónico que recorría el mundo de cuerpo en cuerpo, esquivando balas y tratamientos. Después de innumerables conjeturas parece ser que salió de un mercado mojado chino y que su origen se halla en algún murciélago maldito. Pero aún hay cabos sueltos y varias teorías conspiratorias en el aire que me inquietan. Quizás nunca sepamos toda la verdad…
Fernando Simón, intentaba cada día informarnos y tranquilizarnos. (En mi caso no lo consiguió: demasiadas incoherencias y contradicciones que no he sido capaz de comprender ni de justificar). Primero nos aseguró que no eran necesarias las mascarillas ni los guantes. El sencillo gesto de lavarnos las manos con frecuencia era más que suficiente. Los anuncios y hasta los telediarios nos enseñaron a lavarnos las manos como auténticos cirujanos antes de entrar al quirófano. El alcohol se agotó en todas partes mientras que los geles hidroalcohólicos formaron parte ya de nuestra lista de la compra y del ritual de desinfección cotidiana.
Poco después resultó que sí, que las mascarillas y los guantes eran imprescindibles y entonces subieron su precio de forma desorbitada para que los de turno hicieran su agosto. Y así seguimos con la mascarilla a vueltas, ahora también hay que utilizarla en la playa y en los espacios naturales. Las mamparas protectoras son parte esencial del mobiliario de cualquier establecimiento abierto al público. Y lo que es peor: el miedo al contagio se ha colado en nuestro ADN desde entonces.
La economía se ha ido al garete. El turismo, nuestra joya de la corona, atraviesa horas bajas que los clientes autóctonos no podemos paliar. El simulacro de paz y amor se ha acabado y España vuelve a estar dividida en dos, como siempre.
El futuro imperfecto es más incierto que nunca. Se acabó la vida que conocíamos. Ahora vivimos la era de la nueva normalidad, que aún no sabemos en qué consistirá. Lo que es seguro es que echaré mucho de menos viajar y, sobre todo, la libertad que poco a poco nos están arrebatando con diversos pretextos.
Esto no ha hecho más que empezar. Los gobiernos han soltado amarras en verano para que no nos subamos por las paredes de la desesperación y nos amotinemos por el calor. Y, claro está, para dar un poco de tregua a la economía tras la parálisis total y absoluta de casi todos los sectores.
Pero ya se anuncia un nuevo brote en otoño y quizás tengamos que volver a hibernar… Así que , por si acaso, no me alejaré mucho de la costa ni sucumbiré a la insistente tentación de perderme en el horizonte rumbo a ninguna parte. Además ya no quedan puertos donde atracar…
Nada saldrá como habíamos planeado. No iremos a ese viaje sorpresa, no te comprarás un vestido nuevo, no irás de cena a celebrarlo, no te harás fotos en la playa, no te abrazarán tus amigos…
Intentaremos hacerte feliz en casa, con miles de mimos y besos, con una fiesta inventada de guirnaldas infinitas y globos imaginarios de alegres colores.
Dieciséis añitos…
Por fin podremos dedicarte tu canción favorita de Dani Martín…Incluso cambiarle la letra para que cuente que durante este tiempo te rebelaste contra el sol, cambiaste un poco el mundo para que fuera mejor y marcaste a paso firme el rumbo de tu vida, te disfrazaste sin ocultar apenas tu esencia, esa que te hace diferente y especial, fuiste valiente en todas las batallas que tuviste que enfrentar y nunca, nunca, te rendiste sin volverlo a intentar…
Quisiera hoy pintar un universo para ti de otro color, borrar las nubes grises y brindarte un horizonte azul de espuma blanca y barquitos de vela surcando el mar.
Pero estamos en medio de la pesadilla de un rodaje de película futurista con guión a medio escribir en la que todos somos actores forzosos y no hay ensayos ni posibilidad de repetición de tomas: es un Gran Hermano en tiempo real, grabado en vivo y en directo. Y no se ve el cielo: el decorado de cartón piedra oculta cualquier promesa de perspectiva alentadora.
Un buen día, sin previo aviso, alguien dijo: “Luces, cámara, acción” y dio un golpe seco de claqueta. Y así empezó todo…
Nuestras vidas se pararon, la tierra dejó de girar y se hizo la noche. Y ya nada volvió a ser como antes. Llegó el momento de mirar en nuestro interior, de crecer, de cambiar, de resurgir, de buscar nuestra verdad…un tiempo extraño, un paréntesis existencial, una especie de limbo etéreo de redención de la humanidad.
Aunque no nos queda mucho margen de acción, (somos sonámbulos que andan a ciegas en la oscuridad y desconocen al director, artífice y responsable de este delirio y también los verdaderos intereses de la productora) podemos elegir ser los protagonistas de esta historia o bien algún personaje secundario. De igual modo está a nuestro alcance escoger nuestra banda sonora particular y la luz que proyecte nuestros primeros planos. Y quién sabe, quizás desde este letargo, incluso seamos capaces de improvisar el final feliz de esta historia disparatada y cruel.
Y entonces podremos abrir de una vez los ojos para recuperar la vida y la libertad adormecidas y despertaremos de un sueño que nunca debimos soñar, sobre todo tú, mi niña, que sólo tienes 16 añitos y unas alas a punto de volar.
¡Feliz cumpleaños!
This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Cookie settingsACCEPT
Privacy & Cookies Policy
Privacy Overview
This website uses cookies to improve your experience while you navigate through the website. Out of these cookies, the cookies that are categorized as necessary are stored on your browser as they are essential for the working of basic functionalities of the website. We also use third-party cookies that help us analyze and understand how you use this website. These cookies will be stored in your browser only with your consent. You also have the option to opt-out of these cookies. But opting out of some of these cookies may have an effect on your browsing experience.
Necessary cookies are absolutely essential for the website to function properly. This category only includes cookies that ensures basic functionalities and security features of the website. These cookies do not store any personal information.